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domingo, 30 de diciembre de 2007

55. La chispa.

Francisco y Ernesto se acercaron con su “guía” a la fábrica abandonada. El conductor, primero reticente, comenzó a contestarles cada una de las preguntas que le hacían. Así supieron que adentro estarían probablemente un hombre cuyo apellido era desconocido para todos, el Motociciclista, Dalma, un custodio y no mucho más que el de seguridad de la entrada.

-Ahora vuelve a la avenida –le dijo Francisco al hombre- Al llegar le dijo -Bájate y vete. Puedes volver a la fábrica en dos horas. Dirás que te robamos el auto y te dejamos aquí. Si regresas antes de tiempo diremos que nos trajiste hasta aquí y te matarán. Ya sabes como son tus patrones. El hombre no dijo nada y se alejó.
Francisco arrancó el auto. Ernesto lo miraba atónito hasta que no aguantó más y le dijo. -¡Va a volver y se va a unir a los demás contra nosotros!
-No lo creo. No traía arma. Era un fisgón solamente. No hay cuidado. Olvídate de él. Ahora hay pensar en como entrar y qué hacer contigo…
-¡Eh! Yo quiero buscar a Martín. Puedo pelear si hacer falta.
Francisco pensó que el muchacho parecía fuerte pero que no sabía disparar… y eso era lo que necesitaba. No le iba a dar su segunda pistola. Ese chico no podría tener más de veinte años a pesar de su aspecto.
-Está bien, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga. Esto no es paintball, puedes morir de veras.
-Ya Lo sé. Pero usted está solo contra toda esa gente de adentro y podría necesitarme.
Era verdad. Estaba solo pero no quería arriesgar otra vida que no fuera la suya. De todos modos sabía que podría necesitarlo –Está bien, pero tienes que hacer cuanto te diga. ¿Entendido? – le dijo con cara de no poder hacer otra cosa.
-Entendido –contestó Ernesto de inmediato.

Martín y Dalma llegaron a la casa. Había dos patrulleros en la puerta y policías tocando el timbre. Nadie les había respondido. Se presentó, dijo que vivía allí y pidió que llamaran de inmediato el jefe del destacamento. Saltó la puerta del jardín y buscó la llave escondida en un agujero de desagüe, detrás de unas plantas. Necesitaba entrar y ver si Mariana o Lucía estaban allí… bien… Dalma esperaba fuera, mirando todo el movimiento. Estaba preocupada por su hijo.
Martín subió las escaleras -¡Mariana! ¡Lucía! –gritó, pero nadie le respondió. La casa estaba vacía. Llamó a lo de Carmen y la que contestó el teléfono fue… Lucía. Le volvió el alma al cuerpo. La alegría de ese momento fue como una chispa brillante en medio de la oscuridad. Ella le contó que Mariana estaba bien, lo que había pasado con Sonia y que Eduardo estaba en el hospital, pero que no estaba grave. Martín sintió una mezcla de alegría y emoción al terminar de escuchar que su familia estaba bien. Eduardo no, pero el Gordo era muy fuerte. Deseó darle un abrazo a su amigo por lo que había hecho pero no tenía tiempo. Antes de cortar le dijo a Lucía que no se moviera de su casa.
El jefe del destacamento de policía local tocó la puerta abierta de su escritorio. Martín lo hizo pasar.
Lucía no pensaba hacerle caso a su padre y tomó las llaves del auto de Carmen. Les pidió a Lola y a su Novio Lucas que la acompañaran. Les dijo que se trataba de algo importante. Lucas manejó y fueron para la casa. Quería estar con su padre.

Francisco no tardó más que tres minutos en saludar al guardia de la garita, tomarle el brazo y doblárselo por detrás de la espalda, atarlo, amordazarlo y colocarlo en el baúl del auto. Todo ante la mirada incrédula de Ernesto. Lo hizo limpiamente y sin golpes. –Disculpe usted, no es nada personal– le dijo al hombre, antes de cerrar la tapa del baúl del coche en donde lo metió.
Fueron a la puerta de la cocina por la que habían salido Martín y Dalma. Francisco preparó su pistola. No había nadie vigilando. Francisco no entendía que había pasado con la gente que se suponía que debía estar allí. Vieron luz en la oficina de arriba. Asomándose sólo alcanzaron a distinguir brevemente a un hombre con aspecto de guardaespaldas que hablaba con otra persona a quien no divisaban. Vieron una celda con señales de haber sido usada.
No podían acercarse desde otro lado. Tendrían que subir la escalera.
-Ernesto quédate aquí. Que no te vean.
-No haré demasiado quedándome aquí. Usted no sabe qué puede haber allí arriba. Francisco recordó las veces que había hecho cosas parecidas en las selvas de su país. Algunas le habían salido bien, de otras conservaba algunas cicatrices todavía… No tenía opción. Su instinto le decía que tenía que subir a aquel lugar. No sabía la sorpresa mayúscula con la que se encontraría en el piso de arriba.


Carlos llegó a alcanzar la camioneta del motociclista. Al acercarse le hizo un juego de luces con los potentes faros de su auto. El hombre aminoró la marcha, pero al ver los gestos del abogado para que se detuviera, aceleró más.
Al llegar a un semáforo rojo Carlos bajó del auto y se acercó a la puerta de la camioneta -¡No sigas! ¡Volvé! -le dijo.
El motociclista lo miró con desprecio pero ni siquiera se tomó el trabajo de contestarle. Carlos trató de abrir la puerta de la camioneta. Estaba trabada con seguro. El hombre le mostró la pistola y le hizo un movimiento con la cabeza cuyo significado equivalente en palabras sería “ni te atrevas”.
Al cambiar la luz, el Motociclista arrancó y Carlos volvió a subir a su auto. Aquello ya se había convertido en una persecución, no del bueno contra el malo sino entre dos hombres del mismo bando pero con dos puntos de vista bastante distintos en cuanto a las soluciones a aplicar. Uno de ellos bastante más radical que el otro, por lo que se estaba viendo.
El Porsche se cruzaba por delante de la camioneta con bastante facilidad pero en aquella avenida no era fácil que ambos autos se mantuvieran cerca. Así siguieron un buen trecho hasta que llegaron a un cruce por sobre el Acceso Norte, que corría paralelo a la calle colectora por la cual conducían. El motociclista dobló a toda velocidad para tomar el puente pero Carlos aceleró para cortarle el paso por la derecha, del lado de la baranda metálica. La sonrisa que se dibujaba en el rostro del motociclista era parecida a aquella que había tenido cuando vio sufrir a Martín por la supuesta muerte de Lucía. Esperó que el auto se acercara y dio un volantazo a su derecha embistiendo al Porsche azul que por su propia aceleración, sumada a la del impacto, golpeó la baranda metálica atravesándola y cayendo al vacío.

Nadie sabrá jamás qué pensamientos pasaron por la cabeza de Carlos antes de que su hermoso Porche 911 azul se estrellara contra el pasto del basamento de aquel puente muriendo instantáneamente. Pero si se nos permite saber que no fueron de odio.

El oficial de policía de la provincia escuchó la historia que, con prudencia y omitiendo bastantes detalles, le contó Martín, cuyo objetivo era ver si estos policías también estaban implicados con aquellos delincuentes, como Ortega.
-Lo que dice es bastante serio y vamos a necesitar pruebas, como usted comprenderá.
Antes de que Martín pudiera contestar Ortega apareció en el escritorio.
-Si, Martín, me parece que va a tener que mostrar alguna prueba de lo absurdo de sus acusaciones. Este hombre está un poco confundido seguramente. Debe estar afectado por lo que casi le pasa a su hija hace algunos días. Yo la salvé. Justo pasaba por allí. Pero… ¿Porqué está así vestido y con la camisa manchada? ¿Le pasa algo? Parece que no está en sus cabales…
Martín percibió que efectivamente su aspecto era lamentable, pero en ese momento notó que no tenía más la venda en su cabeza que le había hecho Dalma. En algún momento se le habría caído. La herida de la cabeza no le dolía…

domingo, 23 de diciembre de 2007

53. Números, letras y otras cosas.

En la casa estaban Mariana, Eduardo y Ernesto sin saber bien que hacer. No querían llamar a la policía hasta saber si Martín se había demorado deliberadamente sin avisarles. Decidieron que si a la mañana siguiente no tenían novedades, la llamarían. Eduardo insistió que en que Mariana se quedara esa noche con su familia, llamó a Verónica para avisarle. Allí estaría segura. Ella no quería dejar sola la casa por si Martín se comunicaba. Ernesto se ofreció a quedarse allí y avisarles lo que fuera. Finalmente la convencieron.
Esa noche Mariana durmió muy mal. Y cuando despertó recordó un sueño: Ella escribiendo en un gran pizarrón negro con números y letras en total desorden, hasta que una luz fuerte la sorprendía desde atrás… allí se despertaba. No le prestó demasiada atención. Quiso volver lo más pronto posible a su casa. Ernesto no había llamado… a eso de las siete de la mañana Eduardo y ella salieron. Verónica la saludó con un beso y la abrazó.
-Bueno, dijo Eduardo… creo que tendríamos que llamar a la policía…
-Si… –alcanzó a decir Ernesto.
Mariana estaba muy pensativa… y de pronto se le ocurrió algo –Esperen. Alguno de los dos acompáñeme a la esquina.
Eduardo y Ernesto la miraron con curiosidad. El chico se ofreció. Cruzaron la calle y llegaron a la esquina. Se acercaron a una casilla de vigilancia.
–Cómo le va señora -dijo el vigilador.
-Quería saber si usted había visto ayer a mi marido salir por la mañana…
-Si, lo vi. Se fue caminando por la calle de la vía, para el lado de la estación.
-¿Caminando? Ah… no subió a ningún auto entonces. Eh… quería preguntarle, sé que ustedes ven los movimientos de estas calles… si habían visto algo raro o que les llamara la atención…
-Bueno, ahora que lo dice, hablamos con los muchachos de la guardia que hay un par de autos que se estacionan enfrente de su casa todos los días desde hace como dos semanas y venimos anotando las patentes… Usted sabe que nadie toma nota de esas cosas, nosotros lo empezamos a hacer por seguridad, pero ahora es por diversión. El que acumula más patentes iguales al final de la semana, gana. No hacemos trampa porque…
¿Usted tiene las patentes de esos autos? –lo interrumpió Ernesto.
-Si, una de ellas es la del auto del policía que ayudó a la hija de la señora el día que casi la… bueno… yo pensaba que los estaban custodiando desde antes o algo, porque mire –el hombre les mostró un listado- acá aparece ese mismo auto en los días anteriores a lo de su hija y en los posteriores también.
-¿Me dejaría ver? Le dijo Ernesto. El hombre le señaló la patente del auto del policía. -¿Mariana a qué hora salió Martín ayer? La hora anotada coincidía con la hora de salida de Martín que más o menos Mariana recordaba. Ella relacionó su sueño con las patentes… Blanco sobre negro…
El hombre les dijo -Es más, uno de los dos coches de esas patentes está en este momento frente a su casa. Mariana y Ernesto apenas cruzaron una mirada tratando de disimular su sorpresa y un poco de miedo.
-¿Me puede prestar los listados? Es importante- dijo Mariana.
-Si, como no ¿Pasa algo…?
-Por ahora no, pero si ve algo raro, por favor no deje de avisarnos.
Ernesto guardó esos papeles y trató de disimularlos. Había alguien vigilándolos frente a la casa y el policía aquel… tenía algo que ver, tal vez con la desaparición de Martín también. Caminaron y ella le hizo una broma tonta a Ernesto para que se riera y poder disimular ante el extraño del auto. No alcanzaban a ver el interior, los vidrios eran polarizados. Pero no era el que le recordaban al policía.
Le contaron todo a Eduardo. Tal vez podrían seguir al tipo que estaba afuera, o hacer algo.
En ese momento sonó el timbre. Mariana observó por la mirilla de la puerta ¡Lo había olvidado! Era Francisco, el custodio de Sonia. Había quedado en que ella la acompañaría a ver a un médico conocido suyo hoy, aquella vez que se vieron en la embajada. En realidad con lo de Martín, todo lo demás había pasado a un segundo plano. No supo bien que hacer, le dijo a Francisco que pasara con Sonia.
Al entrar en la casa el custodio inmediatamente se dio cuenta de que Eduardo tenía un arma en su cartuchera debajo del brazo, la pistola de tiro deportivo que había sacado de la caja fuerte del estudio el día anterior y que siempre guardaba allí. Francisco comenzó a acercar su mano derecha hacia su arma. Eduardo notó el movimiento y la actitud de Francisco, pero no estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones, por lo que no hizo nada. Ambos se estudiaron la mirada.

El conductor del auto que vigilaba la casa estaba afuera y había llegado más tarde que Mariana y Eduardo, por lo que no los había visto entrar. Tenía que avisar de la llegada del auto de la embajada y sus pasajeros. Llamó por su radio –aquí Romeo, ¿Me escucha Anónimo?
-El Anónimo soy ¿Novedades?
-Tengo al pájaro que buscaba aquí, tiene cuidador también…
-Ah, bien. Llegaré en aproximadamente… quince minutos.
-Rápido, que me parece que se van. No se quiénes están adentro, solo vi a la mujer dueña de casa y a un chico de unos 20 años.

Mariana se dio cuenta de la tensión entre Francisco y Eduardo y dijo a los recién llegados –Ellos son amigos-. Ambos hombres armados se dieron la mano cautamente. Mariana les contó todo lo que estaba pasando. Francisco se preocupó porque allí estaba Sonia, a quien tenía el deber de cuidar aún a costa de su vida. Tomó el teléfono y pidió que urgente vinieran más hombres de la embajada, pero eso tardaría. Les pidió que se estacionaran a la vuelta y no al frente de la casa. Mientras, tendría que pensar algunas cosas. Le preguntó a Mariana por la disposición de la casa y le pidió que le mostrara los posibles puntos de ingreso. Luego los tres hombres empezaron a revisar que todo estuviese cerrado. Ernesto y Francisco subieron al piso de arriba a asegurar las ventanas.
En el piso de abajo Mariana y Sonia estaban en la cocina. Eduardo trababa las ventanas del lavadero, unido a la cocina por un pasillo interior.
Luego de quince minutos exactos, el Anónimo estaba allí. Con ese nombre le conocían. En los treinta y ocho años de edad que tenía había hecho algunos trabajos como ese y otros no menos graves. Más que nada robos y asaltos.
Al verlo llegar, el auto de guardia le hizo un breve juego de luces. El Anónimo estudió cómo podría entrar a la casa mientras miraba la fotografía de la mujer a la que tenía que matar, Sonia Jaramillo Andrade. Luego bajó del auto.
En la puerta de la cocina apareció sigilosamente la figura del Anónimo. Se había arriesgado a entrar por la puerta principal abriéndola con su juego de ganzúas, luego de cerciorarse de que no había nadie del otro lado, mirando por las ventanas laterales y escuchando desde el jardín. No tenía tiempo para perder.
Allí estaba, parado en el marco de la puerta. Miró a las dos mujeres. Se quedó estupefacto. Salvo por la ropa y algún otro detalle, no había casi diferencias entre cada una de ellas y la foto que le habían dado. Tenía sus códigos, no quería matar a ambas, le habían pagado para eliminar solo a una, pero no tenía mucho tiempo… Si era necesario mataría a las dos. Además ambas lo estaban mirando…
Ellas se quedaron paralizadas de terror detrás de la mesada que las separaba de la puerta en donde estaba ese desconocido y la pistola que las apuntaba. Lo habían visto aparecer de improviso. Mudas, sin capacidad de reacción estaban como petrificadas.
El anónimo pensó que todo parecía una broma. Eran exactamente iguales las dos. Jamás le había pasado algo como aquello. Dirigía su pistola con silenciador de una a otra sin decidirse a disparar.