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domingo, 25 de noviembre de 2007

45. Paloma o halcón.

Antes de salir, Mariana le había recordado que al día siguiente el militar colombiano y su mujer los habían invitado a un cocktail en la embajada de Colombia, como agradecimiento por lo que Martín había hecho por ellos. Les enviarían un auto con chofer para buscarlos.
En el estudio, Ernesto se había tomado muy en serio el tema del Remanso y estudiaba cada dato, cada documento y hacía todo tipo de suposiciones. Le intrigaba especialmente aquel papel manuscrito con nombres y números. Martín le explicó cómo lo había obtenido pero le dijo que no sabía nada más. Entre esas planillas llenas de cláusulas aburridísimas, aquel papel, llamaba la atención por ser manuscrito y por esos nombres. La letra era bastante rudimentaria y parecía estar escrita a los apurones. Los números parecían la combinación de una caja de seguridad: 35, 40 y 25. Faltarían los “a la derecha” y “a la izquierda”. Quizás había visto demasiadas películas de ladrones de cajas fuertes. Esos números quedaron dando vueltas en su cabeza.
Martín confirmó con Claudia Giménez que lo que había hecho le parecía correcto. Ambos sabían que la empresa sería fácil de vender si no llegaban a un acuerdo con aquella gente. Pero no estaba tranquilo, esperaba una movida de ellos en breve. Aunque tal vez aceptaran lo que se les había propuesto, tenía la corazonada de que no sería así.
A la tarde vio a Víctor.
Lo encontró más cansado, apoyado en su bastón.
¿Martín te importaría que salgamos a tomar un poco de aire? Acá nomás a la plaza.
-No hay problema. Caminaron despacio y se sentaron en un banco cerca de la calesita, ya casi llegando a Las Heras. No hacía frío, el sol había salido luego de la lluvia del día anterior.
-Bueno, cómo anda esa vida.

-Lo de ayer fue curioso. Pensaba que iba a pasar nervios, que me iba a equivocar y que Carlos me iba a pasar por encima. Pero no fue así. Mantuve mi plan inicial, dominé la situación y al final… creo que él sintió algo así como una derrota. Le debe haber costado bastante viniendo de mi…
-Tal vez el tenga una imagen de vos distinta a la que crees.
-Puede ser… No lo había pensado.
-Ibas a enfrentarte a un fantasma, a recuerdos mal digeridos, miedos… pero que en definitiva no tenían una dimensión real. ¿Te acordás de lo que hablamos sobre el pasado, el presente y el futuro? Esto es igual, en el presente él es como es, sin la mayoría de esas características que vos le adjudicás.
Las palomas de la plaza comían lo que les ofrecía un chiquito a quien sostenía una mujer. Les daba de a uno, unos granos de maíz pero las palomas le revoloteaban cerca de la cara y terminó dándoles todo el puñado por miedo a que lo lastimaran. Las demás se acercaron a comer lo que había caído al suelo.
-¿El monstruo lo fabriqué yo, quiere decir?
-Algo así. Pensá qué cosas, de las que temías, realmente se presentaron ayer. ¿Bastante pocas verdad?
Si… Lo peor es que después de haber disfrutado de eso, me sentí mal. Es como si el tipo real, es decir, el que estaba ahí, me hubiera dado lástima. Como si hubiera caído en su propia trampa.
-¿Compasión?
Uh, no sé si tanto.
-Bueno, tal vez alguna vez llegues a comprender porqué él era, es, así.
-Lo voy a seguir viendo, me parece que varias veces más.
-No creo que te comportes de una manera distinta a la que lo has hecho. Ya sabés cómo pueden ser sus reacciones o comportamientos.
-Todavía le desconfío.
-Es natural. Te ayuda a estar alerta y a preparar mejor el trabajo que tiene que ver con él. Esos sentimientos y sensaciones pueden ser utilizados con provecho.
Mirá ese chiquito de ahí enfrente. Pensaba que las palomas eran aves sin capacidad de hacerle daño pero aprendió por experiencia que podían tal vez lastimarlo. Después cambió su forma de ver a esos pájaros. Mirá como estira el brazo todo lo que puede para que no pasen cerca de su cara. Aprendió de una experiencia, si se quiere negativa, y puso un medio para arreglarlo. Algo así estás haciendo vos.

-La paloma, en este caso puede ser un halcón.
-Pero vos ya estás advertido y podes manejar la situación de tu imaginación para no darle entidad a esos pensamientos que te perturbaban. Lo redujiste a su estado normal ¡Un ser humano!
Ambos rieron.
Y Víctor agregó. Además nada ni nadie tiene que hacer que la confianza que tenés en vos mismo flaquée. Sos lo que recibiste y lo que escogiste ser. Creo, que has elegido bien. Nuestras elecciones están condicionadas y vos elegiste lo mejor que pudiste. Tenés todo los elementos necesarios para ser feliz, pero todo depende de lo que elijas, independientemente de lo que hagan los demás respecto a vos. Esa libertad no te la puede quitar nadie. Allí se libran esas pequeñas, o a veces grandes batallas que vivimos todos los días.
-Es cuestión de entrenamiento…
-Si, lo podríamos llamar así.
-Los últimos tiempos fueron mejores… Mariana me ayudó.
-Porque vos te dejaste ayudar y además buscaste ayuda cuando lo necesitaste.
-Aconsejado por los amigos.
-Y ahí nuevamente te dejaste ayudar y me viniste a ver. Son tus decisiones las que hacen tu vida, a pesar de todo Martín.
-Es verdad. Se hizo un silencio. El sol brillaba entre los árboles de la plaza. Los chicos jugaban.
-Pero bueno, esto es el final.
-¿De qué?
-Que ahora no me necesitás.
-Usted quiere decir que estoy curado o algo así.
-¿Pero quién te dijo que estabas enfermo? Tal vez confundido y triste, si. Las crisis de tu edad son difíciles a veces pero vos la estás manejando bien ahora y fijate cuántas decisiones acertadas has tomado.
-O sea que no necesito más ayuda...
-Siempre vamos a necesitar ayuda, hay que estar atentos para darnos cuenta cuándo nosotros o alguien cercano la requiere.
-Ya veo.
-Bueno, si querés acompañar a este viejo a tomar un poco de aire de vez en cuando te lo voy a agradecer.
-Tiene mi palabra.
Los dos caminaron por la plaza lentamente, como si el tiempo no existiera.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

44. Aguas Turbulentas.

Entró a la sala de reuniones de la fábrica, allí estaban el cuñado de Claudia Giménez, el contador, Carlos, un hombre que no conocía y al que curiosamente nadie le presentó, además de una secretaría.
El único que se levantó para saludarlo fue Carlos que le dio la mano. Elegante como siempre, tenía un traje gris impecable, una camisa blanca y una corbata bordó. Lo miró con esa sonrisa que nunca supo si era real o falsa.
Enfrente de cada lugar ocupado, había un vaso con agua y en el centro de la espaciosa mesa, una moderna jarra para que cada uno se sirviera más, si así lo quería.
-Nos reunimos hoy para tratar el tema de la proposición de la Sra. Giménez respecto a algunas objeciones que plantea respecto al modo de concretar la operación de venta de su parte de las acciones –especificó el contador.
-La posición de mi cliente es la necesidad de efectuar un cambio en la forma de pago. Desearía que en lugar de efectivo se hiciera una transferencia electrónica a una cuenta determinada en un banco en Nueva York –agregó Martín.
-Bueno, pensamos que las condiciones que se habían expresado eran claras. No vemos motivo para que deban cambiarse –añadió el contador.
-Desearía hacer una observación. Las condiciones no son impuestas por una sola de las partes. Esto es un acuerdo entre dos partes y mi cliente tiene necesidad de que esto sea realizado tal como expliqué.
- ¡Tenemos motivos… un cronograma que cumplir y esto sería un inconveniente que nos retrasaría! –dijo el contador levantando levemente la voz.
-Mi cliente tiene sobrados motivos para cambiar las condiciones en las que se realizará la venta, que como pueden ver, no implican nada extraordinario –dijo Martín bajando la voz y pausando cada palabra, dándole un tono absolutamente artificial a toda la frase.
¡Por qué Claudia es tan testaruda! – dijo el cuñado de la Sra. Giménez. Nadie le respondió. El contenido del vaso frente a Martín había empezado a oscilar. El nerciosismo se hacía sentir.
Martín lo miró, pero no dijo nada. Ya le había dicho su cliente qué clase de persona era el cuñado.
El contador dijo –Mire, esto nos toma por sorpresa y nos sería dificultoso efectuar modificaciones al respecto.
-Si ustedes no pueden resolver algo tan sencillo como eso, creo que podemos tomarnos, ambos, un tiempo más para pensar en cómo resolverlo ¿No les parece? Martín empezó a ordenar sus papeles como amagando retirarse de la reunión. La secretaria miraba nerviosa hacía los lados de la mesa.
-Martín –dijo Carlos- creo que no va a ser necesario que terminemos esto aquí. Para compensar a la Sra. Giménez por sus “molestias”, la Sociedad está dispuesta a resarcirla con un generoso porcentaje extra al realizar la operación.
Lo de agregar más dinero era una locura. Martín notó que era más que evidente que había tocado un punto sensible para ellos. Pero se veía que los dñolares no eran problema.
-Señores, pareciera que no han entendido que el problema de la Sra. Giménez no es de tipo económico, sino de otra naturaleza. Les repito que no se les está pidiendo nada inusual en una operación de estas características.
-Le recuerdo abogado que tenemos un preacuerdo, dijo Carlos.
-Si, un preacuerdo escrito que puede dejarse sin efecto por cualquiera de las partes si así lo vieran justo. Me parece que lo que propone mi cliente es justo, así que –Martín deliberadamente resaltó la frase- todo podría suspenderse hasta que todo se arregle o… definitivamente.
El agua se movía más dentro del vaso, llegando casi hasta los bordes.
-¿Me parece que ya es tarde para que nos echemos atrás verdad? –dijo Carlos seriamente.
-No veo porqué –respondió lacónicamente Martín.
Y siguió –Señores, creo que por lo que se ve, esto por ahora no está llegando a buen puerto. Deberían buscar la manera de poder acceder a lo propuesto. Mientras tanto creo que, por lo menos para mí, esta reunión ha terminado.
-El hombre que no le habían presentado golpeó la mesa con su puño derecho mientras miraba con los ojos fijos a la pared opuesta. Eso hizo que se derramara no solo el agua del vaso de Martín, sino la de todos los vasos que había sobre la mesa y que nadie había tomado.
Martín fingió no notar aquel episodio. Recogió sus papeles por segunda vez, los guardó en su carpeta y luego de saludar, bajó las escaleras hasta el estacionamiento de la fábrica.

Cuando se disponía a abrir la puerta de su coche, escuchó que alguien lo llamaba desde atrás.
Era Carlos –Martín, quiero que sepas que esta operación es importante para mi y…
-No Carlos, esto no es una cuestión personal, es un tema estrictamente profesional. Vos arregla las cosas con tus clientes, yo se lo que tengo que hacer por mi parte. No mezclemos las cosas, dejemos de lado lo personal –en realidad eso no era totalmente posible en su caso.
-Te recuerdo, -le dijo Carlos taimadamente- que en caso de que insistan con su postura podríamos ampliar el capital accionario y dejar a tu cliente en una posición absolutamente desventajosa. El precio de sus acciones bajaría mucho. Yo que vos lo pensaría…
Martín estaba preparado para aquello y le respondió –Si, pero ¿Eso tardaría mucho verdad? Me parece que tus clientes no tienen mucho tiempo para perder ¿O me equivoco? Además creo que tendrías que releer de nuevo los estatutos, porque, como seguramente lo recordarás, allí se indica que para la venta de acciones de alguna de las partes hace falta el consentimiento expreso de los otros accionistas y para la que hizo el cuñado de la Sra. Giménez al Remanso, no vi nada escrito ¿O sí? Además, vos sabés que esto puede llevar mucho tiempo en tribunales, un año, quizás tres…

La cara de Carlos palideció. Una gota de sudor corría casi imperceptiblemente por su sien derecha. Parecía que lo hubiesen golpeado. La sonrisa de aviso de crema dental había desaparecido.
-Bueno, ahora tengo que irme. Cualquier cosa me avisas.
Martín manejaba por la Panamericana y no pudo dejar de sentir satisfacción por cómo había salido aquello. Sabía que la situación se pondría difícil y que no terminaría allí.
Al entrar en su garaje, otro coche que estaba estacionado enfrente, abrió unos centímetros la ventanilla para arrojar una colilla de cigarrillo. Finalmente arrancó y se fue. Había estado allí todo el día desde antes de que Martín saliera, vigilando la casa.
Estaba por llover, pero Martín no pudo ver la tormenta que se acercaba por el horizonte y que caería indefectiblemente sobre su hogar.

domingo, 18 de noviembre de 2007

43. La antesala.

Si bien no alcanzó a perder el conocimiento, su cabeza golpeó al caer, pero la amortiguación de su hombro derecho, hizo que su frente no diera secamente contra el suelo. Esos pocos segundos perdieron dimensión real.

Al tratar de sentarse, vio la calle con una brillantez y vivacidad que asoció con la expresión ver las estrellas. Sentía dolor en el brazo izquierdo, pero lentamente comenzó a moverlo, sin que pareciera que aquel golpe de la motocicleta hubiera sido algo serio. Mientras trataba de incorporarse de a poco cerca del borde de la vereda, una voz femenina le habló.
-¿Está bien Martín? ¿Se lastimó? -era Dalma, la mujer del barco.
En su estado de aturdimiento inicial, no lograba relacionar aquella cara y esos bucles colorados con el lugar en donde se encontraba. El motociclista había desaparecido y no había más que tres personas a su lado, contando a la mujer. A esa hora de la tarde, la calle estaba casi vacía para los parámetros que conocía.
Al erguirse, vio sus papeles desparramados por el piso. Intentó recogerlos, pero la mujer le dijo –usted tómese las cosas con calma- yo recojo eso. Los hombres la ayudaron y en un momento sus papeles habían vuelto a la carpeta de cartulina.
-Me parece que debería ir a un hospital para que lo revisen…
-No, no hace falta. Creo que me distraje cruzando y ese motociclista no me vio… Por cierto, se fue y no paró…
-Ay, que cosa –la mujer miró hacia uno y otro lado. No había rastros del vehículo por ninguna parte.
Dalma le volvió a preguntar -¿Está bien?- parecía tener una real preocupación.
-Si, un poco aturdido pero nada más. Se tocó el brazo que todavía le molestaba un poco y sacudiéndose el polvo que le había quedado en la parte baja de su saco, le dijo –Pero qué casualidad, usted por aquí.
-¿Se acuerda que le dije que trabajaba cerca? La oficina de la empresa japonesa para la que trabajo esta ahí a la vuelta. Pero no creo en las casualidades, era necesario que estuviera aquí para ayudarlo.
-Si, puede ser. Dicen que las casualidades no existen.
-¿Quiere que lo acompañe a un hospital o a su hotel?
-No ya estoy bien. Muchas gracias.
-bueno, pero camino con usted unas cuadras, aunque sea para quedarme tranquila.
-Bueno, como quiera -le dijo él con una sonrisa. Tardaron pocos minutos en llegar.
-Bueno, ahora si, por lo menos llegó bien. Le agradeció otra vez y ella se despidió. Le notó algo extraño en la mirada… No sabía nada de aquella mujer, solo lo que le había dicho.
Al llegar a la habitación se quitó el saco, y se lavó la cara.
El brazo no le dolía pero sí la cabeza. Buscó entre sus cosas un analgésico. Se dio cuenta de que no había comido nada.
Mientras miraba los papeles que tenía, se quedó dormido.
¡Mire por donde cruza! -se despertó sobresaltado. Era lo que le había gritado el motociclista que lo llevó por delante. Muy curioso, pero el sueño le recordó esa cara y lo que le había dicho. Se dio una ducha y bajó a comer algo.
La verdad es que no tenía sentido quedarse hasta el otro día y si llamaba, tal vez podía reservar pasaje para volver en el último barco del día a Buenos Aires. Llamó por teléfono y lo consiguió.
Llegó a su casa a las once y media de la noche. Mariana lo esperaba con algo para comer.
Le contó brevemente lo de Montevideo y el pequeño accidente. Se durmió rápido. Ella lo arropó y le dio un beso en la frente antes de dormirse también.
Al otro día en la oficina, revisando los papeles que había traído, vio aquella media hoja de cuaderno manuscrito con los nombres de tres personas y unos números al lado de cada uno. Memorizó los nombres, pero no puso demasiada atención a esos números y terminó poniéndolo, junto con los demás documentos que había traído de Montevideo.
Allí estaba él preparando esa reunión en donde debería defender el interés de su cliente, tratando además de entender a los compradores. O por lo menos quiénes eran. ¿Acaso debería importarle eso? No lo sabía bien.
Allí, en su despacho, se sentía como en la antesala de un tribunal en donde sería juzgado y puesto a prueba. Tenía que encontrarse con el abogado de la contraparte. La presencia intimidante de Carlos objetivamente no podría perjudicarlo a él o a su cliente. Era uno de esos fantasmas del pasado que debía enfrentar, como si aquello fuera una necesidad vital.
La última vez que se habían visto, aquella olvidable noche en la que Lucía había llevado a su casa a Ernesto para presentárselo, se lo cruzó cuando salía a comprar unas botellas de vino, mientras Carlos manejaba ese llamativo Porsche. Habían cruzado dos palabras pero nada más.
Era la carga subjetiva del personaje la que le molestaba. Sabía que no debía dejarse llevar por esa visión pero era difícil hacerlo.
No le había querido contar nada a Mariana de lo que la aparición de Carlos significaba, pero sin ánimo de ocultárselo. Había aprendido dolorosamente que debía compartir más las cosas con ella. La otra forma casi había destruido la relación de ambos. Además ella le había demostrado que mientras más el se abría, ella mejor lo ayudaba. Pero en este caso presentía que el camino debía recorrerlo solo.
¿Era el miedo a darse cuenta de que tal vez no era tan buen abogado como Carlos? No, no era eso.
De todas maneras le parecía que estudiando bien el caso podría sortear con cierto éxito la situación, cualquiera que fuera.
Si ellos no aceptaban cambiar la forma y el lugar de pago del precio de las acciones, tenía algo que podría usar, como ya le había adelantado a su cliente.
El teléfono sonó, era Eduardo –Gordo quiero que escuches al tipo de Uruguay, está en la línea, te lo paso.
-Ah… si hola. Le hablo rápido porque estoy en un teléfono prestado. Anoche entró gente a mi oficina y me la dieron vuelta. Revisaron absolutamente todos los cajones y estanterías. No se lo que buscaban.
-¿Usted está bien?
-Si. Tenía miedo de que hicieran lo mismo en mi casa, por eso llevé a mi mujer a lo de su madre. Que revisen lo que quieran. Jamás llevo trabajo a mi casa. No voy a avisar a la Policía, me harían demasiadas preguntas… No sé lo que buscaban. La verdad es que esa sociedad de la que usted me pidió datos es la más rara de todas… bueno, las otras no son demasiado transparentes… pero esa es especial. Ya sabe… mis contactos, lo que le dije… No sé si tiene algo que ver con usted pero me pareció que le tenía que avisar.
-Por favor, cualquier cosa, vuelva a llamar. Gracias por comunicarse.
Martín cortó. Algo podía no andar del todo bien.

domingo, 11 de noviembre de 2007

41. Fantasmas.

Mientras cerraba la puerta de entrada pensaba en la visita recibida cuando escuchó el llamado de Lucía.
-Papá… me parece que Ernesto te puede decir algo que te interesa sobre ese papel membretado que estaba en la heladera.
-Si, yo lo puse ahí –dijo el chico.
-¿Vos lo trajiste? –preguntó Martín como si fuera el juez de un Tribunal Oral.

-No. En realidad me lo dio esa señora amiga de Mariana, la verdad es que no recuerdo el nombre porque la vi solo un par de veces. Ese día yo andaba buscando un zapatero para arreglar unos botines rotos y ella sacó de su cartera un bloc de hojas con ese membrete y anotó el número de un taller del barrio que según me dijo era muy bueno. Para no perderlo, lo pegué con un gancho de esos con imán a la heladera.
-¿No te acordás quién era la amiga de Mariana? -siguió Martín.
En ese momento Mariana entró en la cocina y dijo –Aquí estoy, escuché que me nombraban y…-vio las caras de todos, entonces preguntó -¿Pasa algo?
-Martín la miró y le sonrió levemente pero no respondió.
-Me parece, por la descripción que me hizo Ernesto, que quien le dio el número de teléfono fue Helena –dijo Lucía.
Mariana como siempre, trató de comprender rápidamente la situación: el papel, Helena y…
Todos miraban fijamente a Martín.
Él se sometió al proceso lógico de relacionar el papel membretado con quien seguramente estaría detrás de todo aquello. Helena era la mujer de Carlos… el que seguramente era… algo relacionado con El Remanso S.A.
Parecía una broma del destino. Una de las personas que más lo habían hecho sentir humillado durante gran parte de su vida tenía que ver con esa sociedad sobre la que no sabía casi nada. En parte, probablemente Carlos no siempre se hubiera propuesto someterlo a aquello, pero él lo había tomado siempre de esa forma.
Muchas de las cosas a las que había temido se le habían presentado de golpe, sin avisar. Como si el temerlas fuera una especie de aviso, como el instinto de conservación que le indicaba lo que efectivamente iba que suceder. Pero estar sobre aviso, en su caso, no había servido de mucho.
Volver a tratar con Carlos, era algo que le resultaba desagradable por algunas razones que había logrado comprender, sin embargo, había otras que inconscientemente estaban allí pero que no alcanzaba a ver.
Carlos parecía ser el típico ganador. En el deporte, había sido uno de los mejores jugadores de rugby de su club. Eso a él no le había importado mucho si no fuera porque esa popularidad, según había pensado, le había permitido, en su momento, conquistar a Mariana. Pero ese era un tema que ella se había encargado de hacerle comprender. Y muy bien.
En realidad lo que había sucedido después, su salida para trabajar con esa empresa que había sido cliente del Estudio le había molestado, más que por el hecho en si mismo, por la forma en que había sucedido. Pero había otras cosas.
Carlos tenía la rara virtud de hacerlo sentir una especie de perdedor frente a varias situaciones. En la comparación entre ambos, siempre salía perdiendo. Y se había comparado muchas veces. Nunca lo había podido evitar y no le pasaba con otras personas. Como si ese tipo hubiera sido la imagen que buscaba de si mismo. Eso no así en realidad, porque algunas de las cosas que ese supuesto modelo había hecho y sus actitudes, lo habían llevado a considerarlo con bastante desprecio.

Su postura ganadora frente a la vida, que arremetía lo que tuviera por delante con tal de conseguirlo, a veces haciendo pagar el precio a otros, parecía no haberle traído demasiados inconvenientes. Helena era una mujer extraordinaria y se había casado con él, por ejemplo.
De todas formas recordaba la frase inglesa que decía algo así como The grass is always greener on the other side of the fence. Probablemente no fuera todo perfecto para el tipo, pero no podía evitar esa sensación de que, en aquella comparación que se disparaba en su mente, siempre fuera el perdedor.
Había algo más. En ese momento consideró que lo que probablemente fuera la “arena” del enfrentamiento en esta etapa, fuera la pericia profesional de cada uno.
Carlos, el exitoso, el que había ganado una fortuna asesorando a empresas, contra un abogado como él, que si bien había hecho una buena carrera, no era considerado un abogado brillante. Para muchos en ese ambiente parecía que brillante y millonario eran sinónimos, pero en la mayoría de los casos no era así.
Y se enfrentarían. Lo sabía y en el fondo de sí mismo esperaría el desenlace inexorable de aquel enfrentamiento.
Ese fantasma, presente pero con mucha carga del pasado, lo iba a inquietar hasta que cruzaran armas, de una manera o de otra.
Martín no captaba algunas aristas del tema que terminarían siendo fundamentales en la resolución de aquel conflicto interior.
-Gracias Ernesto, dijo él volviendo a retomar el diálogo con los presentes.
Mariana no supo cómo reaccionar porque Martín no había demostrado exteriormente ninguna emoción visible. Eso era extraño tratándose de asuntos que involucraran a Carlos. Ella sabía, hasta cierto punto, todo lo que había pasado y entendía a Martín.
Nadie se movió de donde estaba, esperando alguna reacción de él.
Ernesto era el más extrañado de todos. Ya se ocuparía de averiguar algo. El tema del Remanso le interesaba, había escuchado hablar a Eduardo y a Martín en el estudio y su ahora nueva relación accidental con el tema lo motivaban aún más para tratar de entender todo aquello.
Martín se dio cuenta de la tirantez del ambiente y dijo –Bueno, está todo aclarado –dando por finalizado el asunto- ¿Quién me convida con algo?
- Acabo de preparar café –se adelantó Lucía.
-Yo también quiero -dijo Mariana.

Esa noche, hizo un bolso con ropa, ayudado por Mariana, para los dos días que pensaba pasar en Montevideo. Ella trataba de contenerse para no preguntarle sobre qué estaba pasando. Hasta que Martín le dijo:
-Antes de que te rompas la cabeza tratando de entender lo que pasó en la cocina te lo explico.
Pero no le contó todo. Por una parte, porque había partes del relato que se vinculaban al Remanso, tema del que no quería hablarle por varios motivos y por otra, porque era imposible explicar lo que todavía no podía entender.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

40. Del otro lado del río.

Si bien la percepción de sensación de molestia por las situaciones rutinarias no había desaparecido, estaba empezando a colocarlas en su lugar, de manera que no le incomodaran demasiado. Sabía, como ya había hablado con Víctor, que muchas de ellas eran necesarias.
Además, todo estaba marchando mejor desde hacia un tiempo. Algunas cosas lo habían ayudado. La incorporación de Ernesto estaba resultando interesante. El chico tenía ganas de aprender, era inteligente y tenía iniciativa.
Había cierta competencia entre Ernesto y Eduardo. La creatividad contra la experiencia; una especie de enfrentamiento que ganaba uno u otro alternativamente. Parecía un juego, una especie de esgrima. Muchas veces había tenido que hacer de árbitro entre ellos. La idea de sumar a Ernesto francamente había resultado positiva. Tanto él como Eduardo disponían de más tiempo para otras cosas y ambos lo estaban a provechando.
Esa mañana estaba revisando unos papeles del traspaso de El Remanso pero notó que en lo que le habían entregado figuraba que el pago por la venta de las acciones de Claudia Giménez se efectuaría, en efectivo, en un banco del exterior “a determinarse”. Eso era inexplicablemente absurdo. Semejante cifra no podía ser manejada de ese modo. Además creaba problemas a nivel impositivo que no sería fácil arreglar, con el agravante de la existencia de varias jurisdicciones, que ni siquiera se especificaban de momento. Claudia, le dio el visto bueno para negociar ese punto. Llamó a la empresa de su cliente y. se presentó. Le pasaron con un contador quien se mostraba impreciso hasta que finalmente dijo -Me parece que va a ser mejor que lo consulte con mis superiores. Lo llamarían en breve.
Más tarde le devolvieron el llamado de parte de El Remanso y quedaron en una reunión para la semana siguiente. Supuso que asistiría algún abogado que los representara. Al preguntar sobre quienes estarían presentes, le respondieron vagamente pero asegurándole que serian personas con poder de decisión.
La documentación evidentemente estaba redactada, o por lo menos revisada, por un abogado. Todas las hojas tenían un garabato, una especie de inicial en un determinado lugar del margen izquierdo de cada hoja, algo que había visto muchas veces en ese tipo de documentos.
Por la tarde, Eduardo llamó Martín a su despacho.
-Gordo, llamé a Montevideo para hablar con el tipo ese que nos trataba de averiguar cosas de esa sociedad y dijo que no podía darnos nada más. Pero lo extraño es que parecía querer decir todo lo contrario, o por lo menos que no quería hablar por teléfono.
-¿Será que quiere que le paguemos más?
-Puede ser, pero lo hubiera insinuado, creo. Me parece que hay que ir allá y ver que pasa. Estaría dispuesto, pero sabés que Verónica se descompone seguido con el embarazo y no quiero dejarla sola.
-Si, creo que hay que ir. Yo me encargo -dijo Martín.
Evidentemente, del otro lado del río podría averiguar algunas cosas más sobre todo el asunto.
Pensó en lo que tenía pendiente en esos días. Llamó a Mariana para consultarla e inmediatamente le pidió a Celia que le consiguiera pasaje en el ferry que salía por la mañana del día siguiente a Montevideo. Prefería eso al avión, era más relajado y lo podía tomar como un paseo.

A la tarde en su casa se cruzó con Ernesto que volvía de la facultad junto a Lucía. Mientras tomaban algo en la cocina él le contaba a ella que el sábado iba a poder jugar otra vez al fútbol con sus amigos, cosa que había dejado de hacer porque no había tenido tiempo.
-Lucía, yo había dejado aquí en la heladera un papel con un número de teléfono de un zapatero que me podía arreglar los botines de fútbol, esos medio rotosos que tengo –dijo Ernesto.
-¿Vos te referís a un papel membretado con un logotipo de “El Remanso S.A.”?
-Si, me parece que decía algo así.
-Papá estuvo como loco buscando quién podía ser el que había dejado eso ahí. Le preguntó a medio mundo pero nunca se me ocurrió pensar que vos podías saber algo de eso… ¿De dónde sacaste ese papel?

Mientras tanto Martín se acercó a la puerta. El timbre del portón exterior había sonado.
-¿Quién es?
- No se si me recuerda, soy Francisco el custodio de la señora Sonia… usted nos sacó del auto aquella tarde del accidente…
-Si… si. ¿Quiere pasar?
-Es solo un momento. No hace falta que entre, puedo hablarle desde la puerta, nada más.
-Por favor, pase -Martín abrió la puerta desde el interior y salió al porche a recibir al insólito visitante.
El hombre parecía saludable respecto a como lo recordaba del el accidente. No era muy alto pero si macizo y moreno. Se preguntó si cargaría con aquella pistola como esa vez.
El hombre se negó a entrar haciendo un breve gesto con sus manos y dijo -Solo vine para traerle esta invitación que le manda el coronel Jaramillo de Andrade… y agradecerle por habernos salvado la vida a la señora Sonia y a mi.
El acento colombiano denotaba un origen humilde pero usaba las palabras con mucha corrección y pausa, signo distintivo de muchos originarios de esa tierra.
-Bueno, no fue nada. Estaba allí y simplemente hice lo que me pareció que debía –dijo Martín realmente sin saber demasiado que responderle. No estaba acostumbrado a que le agradecieran ese tipo de situaciones que por otra parte y gracias a Dios, no se presentaban a menudo en su vida.
-Sabe, en Colombia valoramos mucho cosas como las que usted hizo. La vida parece algo no demasiado valorado por estos días. No me hubiera perdonado que le pasara algo a la Sra. Sonia. También se lo agradezco por mi familia –El hombre parecía sincero pero contenidamente emociónado.
-Bueno no se que decirle.
-He estado en situaciones como la que usted pasó y se que no es fácil. Sepa que estoy a su disposición para lo que necesite. Cualquier cosa en que le pueda ser útil no dude en llamarme por favor –Se desabrochó el saco, efectivamente cargaba su pistola y sacó una tarjeta de visita en la que escribió un número telefónico -Cualquier cosa, a cualquier hora y para lo que necesite.
-Bueno muchas gracias.
Martín pensó que, a pesar de que era evidente que aquello era una muestra de gratitud, esperaba no tener que llamarlo jamás.
Adentro, le esperaba otra sorpresa.

domingo, 4 de noviembre de 2007

39. Elefantes de la India.

Hola Carmen, espero no molestarte. Me invité a comer. -Martín solía caer a comer, sin avisar, a la casa de Carmen, madre de Mariana.
-No hay problema, pero esperame que bajo a comprar algo, es un minuto. Quedate con Lola que tiene que terminar de pintar un ejercicio.

-Hola Martín, ¿Cómo le va?
Ahí estaba Lola, con su aspecto ligeramente estrafalario, como la última vez que la había visto.
-Bien. ¿Que estás pintando?
-Ahora estaba tratando de aprender a pintar manos. Me gustan mucho, creo que son muy expresivas.
-Siempre me llamaron la atención las posturas de las manos en las bailarinas de ballet. Nunca entendí que significaban.
-Si, depende de la posición. Eso es lo que quiero pintar. Las manos del baile clásico son una forma de expresión perfecta. Me gustaría aprender a hacerlo ahora.
-Pero me acabás de decir que estás aprendiendo.
-Ah Martín, usted no me conoce. No me quedo con el intento, simplemente lo hago. Si termina la clase de hoy y Carmen me dice que está bien lo que pinté, bien, y sino también. Pero mañana empiezo a pintar las manos, bueno, si consigo los lienzos que necesito… pero eso es otro tema.
-Veo que sos bastante impulsiva.

-Mi novio dice lo mismo pero no, creo no serlo, es que no le concedo a la vida la menor oportunidad de privarme de lo que quiero hacer. Ya se encargará ella de negarme lo que le parezca conveniente.
-A tu edad ya le hacés reproches…
-Desde que me quitó a mi padre, no le regalo nada. Ella corre con ventaja, tiene todo el tiempo del mundo. Por eso no voy a dejar de hacer lo que desee, quiero decir, algo que realmente esté convencida que debo hacer. Ese es el motivo por el que bailo, aprendo violonchelo y pinto. Si mañana pienso que debería aprender a domesticar elefantes, no voy a dudar en conseguir lo que haga falta para ir a la India y hacerlo. Pero bueno, creo que para eso falta –dijo con una carcajada contagiosa, echando su cabeza hacia atrás como hacía Mariana.
-La vida. Hablás de ella como si fuera una persona o algo así.
-Si, ya sé, en realidad mis problemas con la vida son los que tengo con el señor de allí arriba, que se llevó a mi padre cuando tenía doce años.
Nunca más pude dirigirme a él sin pensar en el reproche que tengo para hacerle. No lo puedo evitar. Por eso no tengo otra opción que vivir con intensidad, no sé cuando me va a dar otro zarpazo, a mí o a los que quiero.
-Martín no supo que decirle. A él le había pasado algo parecido, pero no con ese grado de intensidad.
-Yo se qué está ahí y que se ocupa de todo pero mi corazón no ve eso y cada vez que quiero hablarle se interpone la imagen de mi papá.
-Tal vez sea una cuestión de tiempo.
-Si, pero mientras tanto no voy a esperar a que las cosas se arreglen solas. No creo que nada se arregle así. Tengo que vivir. No me voy a quedar lamentando lo que perdí. Hay otras posibilidades que no quiero desperdiciar. A veces no puedo aprovecharlas. Por ejemplo hoy tenía que elegir entre ésta clase o una de ballet. Elegí ésta y la disfruté a pleno.
-Es un buen punto.
-Abuso de lo que sabe Carmen -dijo riendo- es muy buena profesora, tiene técnica y sobre todo me gusta su instinto para saber por dónde tengo que ir en el aprendizaje.
-Si, es verdad, lo tiene para muchas cosas.
-Ella sabe lo que quiero y parece enseñarme lo necesario sin que se lo diga. ¿Qué le parece esto?
-No me trates de usted que no soy tan viejo. ¡Muy bueno! Estos trazos de acá parecen las manos de una bailarina…
-Lo acabo de hacer mientras hablábamos. Gracias por darme la idea.
-Veo que no perdés el tiempo.
-No. Es un lujo que no me quiero dar… Bueno, son unos trazos apenas. Vamos a ver que dice Carmen. Voy a limpiar los pinceles mientras ella vuelve. Entre otras cosas, no puedo perder el tiempo porque el trabajo que tengo no me gusta pero me permite hacer las cosas que quiero, como ésta por ejemplo. Entonces lo cuido. Cuando estoy ahí soy la empleada más eficiente del mundo. Ya tendré tiempo de buscar algo mejor. Ahora no.
Martín pensó en la energía que tenía esa chica. Le gustó su vitalidad y comprendió esa visión de la vida. El inconformismo nacido de un hecho doloroso la había movilizado. Le deseó íntimamente que tuviera suerte con sus proyectos. Alguna vez resolvería aquel problema...
Por un instante sintió envidia de esa actitud avasalladora hacia la vida de ella. En realidad esa postura había nacido a partir de un hecho doloroso… Curioso papel movilizador el del dolor…

-Acá estoy de vuelta -Carmen cargaba unos paquetes. Lola abajo está tu novio Lucas. ¿A ver? Ah, muy bien. Esa mano de… ¿Bailarina? Está muy bien, si, muy bien.
-Fue Martín quien me inspiró para pintarla.
-Bueno, ella ya quería hacerlo, solo hablamos de eso.
-Ah, Martín no desprecies el papel de la inspiración y menos ¡Frente a Lola!
-Pero no hizo falta convencerla.
-No claro que no.
-Bueno me voy Carmen. Gracias y hasta la semana que viene. ¡Gracias por la charla Martín! Lo disfruté mucho. Algún día le presento a Lucas ¡Se parece mucho a mi!
Mientras almorzaban Martín le dijo a Carmen -Me impresionó esta chica.
-Es muy talentosa. Si se lo propone puede llegar lejos pintando. Sucede que su vitalidad se dispersa y quiere todo al mismo tiempo. Pero es joven, ya le llegará el tiempo de decidirse. A esa edad parece que uno lo puede todo.
-Si, y cuando maduramos parece que el tiempo tuviera vencimiento y creemos que tenemos que elegir entre una cosa u otra, aparentemente excluyentes entre si, sin demasiadas opciones.
-Abrir una puerta cerrando otras, algo así querés decir.
-Es la idea.
-A veces también podes abrir una ventana o pintar una, si querés, que es casi lo mismo.
-Se nota que sos una artista…
-Es la edad Martín, es la edad –dijo Carmen.
-Pensando así siempre vas a ser joven.
-¡Es que para pensar así tengo que ser vieja! –le dijo ella entre risas.
-No es cierto, Carmen… Mirála a Lola.

miércoles, 31 de octubre de 2007

38. Los que llegan.

Esa mañana Martín salió temprano y corrió cinco kilómetros. No estaba nada mal. Había ido mejorando de a poco y estaba bastante conforme con el resultado obtenido.
Mientras desayunaba con Mariana dijo -No quiero ir a trabajar.
-Parecés Lucía cuando era chiquita y no quería ir al colegio cuandi tenía una prueba o simplemente quería dormir -le dijo ella risueña.
-Si, pero tengo que ir. Después te llamo para contarte cómo fue todo.
-Tal vez quiera hablar con vos antes…
Mariana recibió un beso por toda respuesta.

El cielo era especialmente luminoso en aquellas cuadras arboladas que separaban su casa de la estación del tren.
-Entonces ¿Te parece bien la idea?
-Si, si, la verdad es que ahora el tiempo nos va a venir bien… Eh…
-¿Si?
-Eh…
-Si “Eh”, ya te escuché ¿Eh qué?
-A Verónica y a mi digo, nos va a venir bien el tiempo extra. Ella… está embarazada.
-¡Qué bueno gordo! Martín le dio un abrazo a Eduardo a quien por poco despanzurra.
-Gracias enano. Estamos contentos, pero Verónica se asustó un poco al principio, por la edad.
-Todo va a salir bien, vas a ver. Además ella es joven tiene treinta y ocho años.
-Si, supongo que sí. Ayer, pasado el tercer mes decidimos que lo íbamos a empezar a contar.
Martín se alegró por ellos pero en el fondo algo ensombrecía la noticia que le había dado su amigo… no entendía que podía ser.
-Doctores, afuera está la persona que esperaban –les avisó Celia, solícita.
-Ahí viene el chico.
-Ya lo voy a calar nomás por la pinta.
-No seas prejuicioso, además recordá que está saliendo con Lucía…
-¡Ja!, “saliendo”.Sos un antiguo. ¿No era el novio? -Eduardo sabía que Martín deliberadamente evitaba la palabra "novio" para referirse a Ernesto.
Lo recibieron los dos en el despacho de Martín.
-Pasá, cómo estás. Los tres se dieron la mano.
-Bien, gracias –dijo Ernesto. A pesar de que se manejaba con soltura, demostraba cierta incomodidad. Era evidente que no estaba acostumbrado a usar ropa formal. En realidad que se lo hubiera puesto, era una señal de respeto en ese mundo de abogados de traje gris y zapatos negros bien lustrados. Además. No todos los días uno iba a una entrevista de trabajo con el padre de su novia.
Martín explicó cuál era el motivo de la búsqueda de una persona de su perfil.
Trató de separar el conocimiento que tenía del chico para evitar subjetividades y que se mezclaran demasiado las cosas. Mientras tanto Eduardo estudiaba a Ernesto con la mirada y se decía, sabiendo que era prejuicioso –Si este pibe jugó, debe ser bueno - El “jugó” en el caso de Eduardo, significaba haber jugado al rugby. No había caso, era su deporte favorito, el único que valía la pena y en el que además había sido muy bueno.
-Eso es lo que tenemos para ofrecerte. ¿Estás conforme?
-Si, además lo de los horarios son compatibles con los de la facultad.
-Nos interesa que estudies y que te recibas, es beneficioso para todos.
-¿Hay algún campo que te interese más? -preguntó Eduardo.
-Me gusta el derecho empresario… pero definitivamente prefiero todo lo penal.
-Bien -pensó Eduardo.
-Qué mal –pensó Martín.
-Bueno acá hacemos de todo un poco –dijo Martín- pero Eduardo es el especialista en temas penales.
-Eduardo fijó la vista en Ernesto tratando de buscar en alguna de sus reacciones algún punto débil. El derecho penal tampoco era para cualquiera, según su visión. El chico lo notó y le devolvió la mirada con la misma disimulada fiereza.
-Bueno entonces ¿Estarías dispuesto a empezar cuando te confirmemos?
-Si no tienen inconveniente, en el caso de que se decidieran, me gustaría terminar el mes con mi trabajo actual, no quisiera irme dejando el cargo sin cubrir.
-Parece justo, dijo Martín.
Terminaron de hablar algunos detalles e intercambiaron algunas impresiones.
Cuando se fue, Martín dijo -¿Y, qué te pareció?
-Me parece que es demasiado alto para Lucía.
-Martín pasó por alto la broma y le dijo ¿Lo incorporamos o no?
-Si enano. En realidad me cayó bien. Además si jugó y le gusta el derecho penal…
-Bueno pero vamos a hacer que aprenda un poco de todo. Como nosotros cuando empezamos…
-Si… cuando conseguimos los primeros clientes. Me acuerdo que primero hicimos algo para el padre de Mariana y de ahí siguió lo demás.
-Si. Fue duro pero bueno aquello.
Martín se quedó pensando mientras revisaba papeles el por qué la noticia que le había dado Eduardo lo había alegrado pero a su vez, de alguna manera, lo había entristecido.
Respiró profundo y apoyó su espalda reclinando hacia atrás el sillón. Se sintió muy mal por lo que descubrió. Era simplemente envidia. Eduardo podía ser padre otra vez y él no. Pero, no podía tenerle envidia a Eduardo, era su amigo… pero si se la tenía. El ya no podía ser padre porque Mariana…
-¡Basta!- se dijo a sí mismo. Mientras salía de su despacho e iba a lo de Eduardo pensó en aquello que le había dicho Víctor el día anterior “El ayer no se puede cambiar y el futuro no existe, se puede ser feliz solamente hoy” o por lo menos esa era la idea.
-Eduardo, me alegro mucho por lo de ustedes –le dijo mientras le apretaba fuerte el brazo izquierdo- En serio. ¿Ya lo sabe Mariana?
-Seguramente sí.
-Vamos a festejarlo los cuatro juntos. Yo invito.

-Hola mi amor.
-¿Cómo te fue? –respondió Lucía.
-Convencí a tu padre de que no hay otro mejor que yo y no pudo resistirse.
-¡Yo sabía! Te dije que te iba a ir bien. Mi viejo y Eduardo son tipos muy buenos.
-Ese Eduardo me miraba medio mal.
-No, es un tipazo. Ya lo vas a conocer.
-¿Jugaba de pilar?
-Qué se yo. Pero lo logramos, ahora vas a tener más tiempo para estudiar y para mi ¿No?
-Si, gracias a Dios.

miércoles, 24 de octubre de 2007

36. Lo que sabía Verónica

En el cuarto del hospital zonal, el coronel le presentó a Sonia, su mujer. Martín la saludo estrechándole levemente la mano, no pudo dejar de sorprenderse otra vez del parecido con Mariana, viendo además el color de sus ojos, que si bien no eran de ese azul-celeste profundo como el de su mujer, el marrón claro de Sonia no desentonaba para nada con su cara.

-¡Con que aquí esta mi salvador! -dijo ella con una sonrisa.
-Bueno, yo solo la saqué del auto...
-Pues, pero muchas gracias de todos modos. Solo Dios sabe lo que hubiera podido pasar.
Mariana tocó la puerta de la habitación. Se hicieron las presentaciones correspondientes. Esta vez fue el militar el que se sorprendió del parecido de Mariana con su mujer. El hombre le explicó que el auto de la embajada los llevaría de regreso. Quedaron en verse una vez que aquello acabase.

El viaje de regreso fue corto. A la tarde, se quedaron haciendo cosas en la casa, afuera seguía la lluvia.
-¿Hola, hablo con la casa del nuevo héroe?
-¿Vas a empezar con eso? -le dijo Martín a Eduardo que ya estaba enterado de todo por Verónica, su mujer, a quien ya se lo había contado Mariana.
Martín continuó y dijo -No sabés el miedo que tenía...
-¿Por qué después de llevar a Mariana a lo de su madre no te venís a casa?
-Pero no tengo que llevar a Mariana a ningún lado...
-Error.
-Uf, todavía no me lo dijo a mí y ya lo sabés vos.
-Después de que la lleves, te esperamos.
Luego de que efectivamente Martín llevara a Mariana a lo de su madre, se lo había pedido inmediatamente después de que colgara el teléfono, fue a lo de su amigo. No sin antes pasar a comprarles algo a los chicos. Calculó que lo necesario serían no menos de tres kilos de helado. Y tal vez se quedara corto.
-Miren quién vino -dijo Eduardo a dos de sus hijos, los terribles mellizos. Después de saludarlo ellos miraban a Martín y al helado alternativamente.
-Lleven eso a la heladera y ¡No lo abran hasta que su madre les diga! ¡Es para todos!
¿Cómo anda ese héroe? –siguió Eduardo.
-Basta gordo.
-¡Hola Martín! -dijo Verónica apareciendo desde la puerta que daba al jardín.
Eduardo ¿No querés ir a comprar algo de la confitería de la otra cuadra para que convidemos a Martín junto con el café?
-Dale enano, vamos.
-No, debe estar cansado, vení Martín sentáte y contáme lo del accidente.
-Bueno voy solo.
Cuando Eduardo salió, Verónica le dijo -Martín, en realidad quería hablarte de algo, aprovechando que Eduardo no va a estar por unos minutos.
No era común que Verónica actuara de esa forma.
-El prometió, en realidad le juro a Esteban que jamás te lo diría pero a mi me parece que ahora deberías saberlo y además yo no prometí nada a nadie.
-Martín la miró sorprendido. No imaginaba que clase de promesa le podría haber hecho Eduardo a Esteban ni por qué.
-Ella dijo entonces -Cuando Carlos dejó de ser socio de ustedes, dejándolos a los dos con su parte de la hipoteca impaga del estudio, nosotros no podíamos con la deuda que nos tocaba, ya te acordarás de todo eso –Martín asintió- Esteban le ofreció una cantidad de dinero a Eduardo para poder afrontar su parte, bajo condición de que nunca te lo contara a vos. Eduardo no quería aceptar, pero no encontraba otra salida, sabés lo que pasó después…
Martín se acordaba muy bien de la etapa alcohólica de Eduardo -Ahora entiendo lo que me dijo de Esteban hace unos días –pensó.
-Bueno, quería que lo supieras. Sin esa ayuda no sé que hubiéramos hecho. Te acordás que aquellos años fueron duros… los chicos recién nacidos…
-Si… Muchas gracias por contarme Verónica. De verdad te lo agradezco. Lamentablemente me di cuenta tarde de muchas cosas.
Espero que Eduardo no se vaya a enojar por lo que me contaste.
-No que va, esta semana me va a perdonar todo lo que haga, vas a ver.
Martín estuvo pensativo toda la tarde y se contuvo de preguntarle a Eduardo por qué no le había dicho nada. En realidad no hacía falta, era un tipo de palabra y no le habría contado aquello de todas formas. Además la ayuda a Eduardo indirectamente había sido para él y Esteban seguramente lo pensó así.
Sabía que la decisión de no contarle había sido inteligente. Tal vez su amor propio le hubiera jugado una mala pasada y no lo hubiera entendido, pensando que se inmiscuía en sus cosas o algo así.
-Carlos… ¿Cuántas cosas negativas de su juventud habían tenido que ver con él? Haberlos dejado como los dejó, llevándose algunos de los pocos principales clientes que tenían, era solo una de las cosas que lo habían afectado, no solo a él. Por lo que veía a Eduardo mucho más aún de lo que sabía. Y lo de Mariana antes… para qué volver a recordarlo. No quería saber nada con él. Era como un fantasma del pasado que prefería no invocar. Helena, su mujer, veía a Mariana, eran amigas, incluso alguna vez, por lo que sabía, iba a su casa.
Verónica lo dejó al ver llegar a Eduardo.
-Bueno estoy de vuelta. Traje… ¿Qué pasa?
-Nada gordo. Convidame con algo.
-Esa mirada rara ya la conozco…
Vieron pasar rápidamente dos sombras que se escondieron entre los muebles.

-¡Ustedes dos, vengan para acá!
-Qué tienen ahí ¿Helado?
-Si.
-¿Si qué?
-Si señor -dijeron a coro los mellizos.
-No. La respuesta correcta es si papá. Habíamos quedado que “si señor” era de las películas norteamericanas y aquí no íbamos a usar esa expresión.
-Si papá.
-Vayan arriba…
¡Vuelvan! ¡Dejen ese helado en la cocina! -dijo Eduardo tratando de contener la risa.
-Bueno, tienen a quién salir.
-¿El señor Superman va a querer café o hay otra bebida de su planeta natal que prefiera?
-Muy gracioso.
-La capa roja te sentaría bien.
-Basta gordo.

domingo, 21 de octubre de 2007

35. Lluvia.

Martín decidió, no sin desgarro interior, quedarse con esa gente a la que no podía ayudar demasiado. A lo sumo trataría de que no se ahogasen en ese terreno casi inundado por la lluvia.
Solo restaba esperar algún tipo de desenlace, sin saber bien que podía ocurrir. No vio más a Mariana, no tendría que haberle pasado nada... o al menos eso lo que él quería creer.
Mientras cavilaba aquellos pensamientos se dio cuenta de que el sonido del gas había cesado. Espero unos segundos y se incorporo para ver que sucedía. Efectivamente, el gas había dejado de salir.
No sabía que hacer porque la lluvia seguía y el agua cada vez subía mas en el lugar donde estaban aquellas dos personas. Se acerco a la mujer y sostuvo delicadamente su cabeza para ayudarla a respirar. Una autobomba se acercaba. Dos bomberos bajaron de ella con rapidez, él les grito -¡Traigan una ambulancia!
A los pocos minutos llego la ayuda. Martín fue hacia donde se concentraba la multitud. Corrió entre los bomberos, la policía y los curiosos pero no vio a Mariana. Su corazón empezó a latir furioso. No pudo hacer más que gritar -¡Mariana! -busco entre la gente. Se acerco a un policía -¿No vio a…? -¿Usted iba en el otro auto con la señora que estaba en la ruta? -Martín creyó que todo le daba vueltas.

-Ella esta en la ambulancia. La llevamos allí porque estaba para que no se enfriara...
Corrió hacia ese vehiculo y abrió su puerta trasera.
-Pero ¡Por qué saliste! ¡Era peligroso! ¡Te dije que...!
Ella lo miraba con esos ojos suyos serenos, le estiro los brazos debajo de las mantas moviendo sus dedos para que se acercara y la abrazara.
-Martín la miró como diciéndole ¿Por qué? En ese momento sintió aflojársele todo el cuerpo y recibió la percepción del frió que no había notado hasta allí. Se dio cuenta de lo mucho que necesitaba a Mariana. Querer y necesitar eran lo mismo, pero en ese momento su perspectiva de necesidad era más notable. Se sintió egoísta. Reflexionó en lo que se convertiría su vida si no estuviera ella. Recordó lo que el hombre de Córdoba le dijo sobre Esteban y como le había afectado la muerte de Mary...

Se alojaron en un hotel cercano al Hospital. Los bomberos habían remolcado su auto hasta un taller cercano. Le dijeron que se ocuparían de hacerlo revisar. Exteriormente no tenía daños. Parecía más un gesto de agradecimiento por lo que había hecho por esas personas.
Al otro día no bien se despertó, se quedo mirando a Mariana que dormía en la cama de al lado y pensando en que era un privilegiado.
-¿Cómo está mi héroe? Le dijo ella al despertar.
-Me asustaste mucho ayer…
-Vos también…
-La mujer del auto se parecía mucho a vos.
-¿Sí? ¿Cómo estarán esas personas?
-Vamos a verlos. Si bien le interesaban, tenia verdadera curiosidad por saber quién era la mujer que tanto le había recordado a Mariana y sobre todo por qué ese hombre le había apuntado con una pistola.
En el hospital había un ambiente extraño, aparte de la policía, vio varios uniformes militares, algunos de ellos le parecieron de otro país que no pudo identificar pero no se detuvo y siguió hasta el mostrador de la guardia. Un bombero lo interceptó antes de llegar –-¿Usted sacó a esas personas del auto?
-Si –dijo parcamente Martín.
-Mucho gusto, soy el jefe de la estación de bomberos de la zona ¿Sabía usted que era bastante probable que esa tubería estallara y que todo a cincuenta metros quedara carbonizado?
-Algo de eso imaginé.
-De milagro no se produjo esa explosión. La válvula de seguridad ante la pérdida de presión cortó la salida del gas. Con la tormenta y el coche accidentado con posibles desperfectos eléctricos, era muy probable que hubiera fuego… Permítame que le de la mano.
-Gracias –dijo Martín. Mariana le pidió al bombero si podía recoger algunas cosas que habían quedado en el auto. El ofreció que alguien la acompañara.
Martín finalmente preguntó por los accidentados a la enfermera de guardia.
El hombre se encuentra en observación, la señora está bien.
-Por favor ¿Podría decirme quiénes son?

-Allí está el esposo -dijo la enfermera señalando a un uniformado que impresionaba por la cantidad de insignias de condecoraciones que tenía sobre el bolsillo de su chaqueta. El hombre no era muy alto pero si bastante macizo, tenía un bigote a la usanza de los militares de esta parte del mundo y lo miraba con una franca sonrisa.
-Soy Alberto Jaramillo de Andrade, mucho gusto –le estrechó la mano con fuerza. Gracias por salvar a Sonia, mi mujer y a su chofer.
-Ah, encantado. Usted es…
-Soy agregado militar de la embajada de Colombia en la Argentina –Martín dedujo que era coronel a juzgar por sus insignias.
-¿Cómo se encuentra ella?
-Bien. Le agradezco profundamente que la haya salvado. El hombre trató de ser demostrativo de su agradecimiento.
Sin más preámbulos Martín le preguntó -¿Por qué el chofer me apuntó una pistola a la cabeza cuando trataba de sacarla a ella del auto?
-Ah… -dijo el hombre- que se quedó unos segundos pensando -él en realidad es su custodio mas que chofer. Le pido disculpas, tiene instrucciones muy precisas.
-Bueno, no hay cuidado, estaba casi knock out y sangraba bastante.
-Francisco está bien pero a su herida le dieron varios puntos y tiene aconsejado reposo. Le vuelvo a pedir disculpas. Ella tiene custodia permanente en todos los lugares a los que vamos y Marcos es muy eficiente… me temo que esta vez tal vez haya sido demasiado celoso en su tarea. Ya… hemos recibido varias amenazas. Gracias a Dios no de aquí.
Si quieren salir para Buenos Aires, hay un coche de la embajada a su disposición.
-La verdad es que nos vendría bien, gracias.
-Sonia quería darle las gracias personalmente. Subamos a verla, si me hace el favor.
Ambos subieron a la habitación.

miércoles, 17 de octubre de 2007

34. Destino

Finalmente vio el destello de los faros que se aproximaban velozmente desde su diestra. En fracción de segundos razonó que
no podía maniobrar hacia la izquierda porque posiblemente lo que se acercaba arremetería del lado de Mariana. Decidió girar bruscamente a la derecha, hacia la banquina. El otro auto al llegar el pavimento, por donde venía Martín, resbaló y realizó un giro en el mismo sentido del tránsito, lo que permitió que el coche de él pudiera salir del camino, en dirección opuesta, sin ser tocado. Instintivamente luego de la maniobra y mientras las cuatro ruedas se deslizaban torpemente por el pasto, Martín estiro su brazo derecho para proteger a Mariana. Luego de hacer varios metros derrapando de costado, sabía que no debía girar bruscamente el volante ni frenar porque podía provocar un vuelco, el coche aminoró la velocidad debido a la resistencia de los grandes charcos que levantaban cortinas de agua, elevándose como alas mientras los atravesaba. Finalmente se detuvieron.
-¿Estás bien? le dijo a Mariana.
-Si ¿y vos? le contesto ella tomándose el cuello. Los cinturones de seguridad habían hecho bien su trabajo.
-¿Qué fue eso? -preguntó ella.
-Un auto. Pero no puedo verlo, mejor será que baje. Por favor quedate adentro. Llueve mucho, podría ser peligroso.
La lluvia era torrencial. Trató de correr un trecho hasta el camino y pudo ver a un Mercedes blanco de los grandes, no sabia que modelo, incrustado de costado contra un grueso tubo que parecía estar en el medio de lo que había sido una casilla de madera, a unos diez metros del camino. El coche había atravesado la mano por la que venía Martín, y se había estrellado, pasando a través de una protección perimetral de hierro y alambre tejido.
-Bueno, por lo menos los autos en la realidad no explotan como en las películas...
Al acercarse vio que el caño en donde estaba incrustado el coche, era amarillo, una especie de válvula. De algún lugar de entre esa casilla derrumbada y el tubo, salía un chorro blanco como si fuera un matafuegos... eso era gas. El impacto del coche, que estaba comprimido contra el tubo y las maderas del lado del conductor, había roto algo. Y tenia que apurarse.
Se acerco a la puerta del acompañante. Allí, a través de la ventanilla pudo ver a una mujer rubia con la cabeza echada hacia atrás, sostenida por su cinturón de seguridad y contra un airbag. Por un momento pensó que se trataba de Mariana, era muy parecida... Trato de abrir la puerta. Tenia traba. No podía acercarse desde el otro lado porque el gas le impedía el paso, pero vio desde allí un hombre corpulento al volante que se encontraba en la misma posición que la mujer. No podía romper el vidrio a patadas sin peligro de herirla a ella. Al mismo tiempo que pensaba que hacer, escuchaba el sonido seco del gas escapándose. Tomó una tabla de madera rota de las que había allí y se subió al capot del auto, en ese momento escuchó: -¡Martín!
-Era Mariana que se acercaba corriendo, empapada.
-¡Por favor Mariana alejáte, corré paralela al camino y no te acerques! -Ella se fue de la forma que le había dicho.
Desde el capot comenzó a golpear el parabrisas con la madera, una, dos, tres veces. A la cuarta, el parabrisas comenzó a astillarse y a la quinta se deshizo. El ruido del gas saliente parecía rugir enfurecido buscando victimas que todavía no se había cobrado.
Martín pudo notar su sudor frío, no producido por el esfuerzo físico sino por el miedo. Tenia que introducirse a través de ese parabrisas roto. No lo pensó mucho más y lo hizo. Las bolsas de aire dificultaban sus movimientos. No lograba abrir la puerta del lado del acompañante, estaba trabada. Buscó el botón para desbloquearla y lo encontró, gracias Dios todavía funcionaba el mecanismo. Comenzó a desabrochar el cinturón de seguridad de la mujer. En ese momento vio algo que se movía a su lado. El que estaba en el asiento del conductor le apuntaba con una pistola. La cabeza y los ojos de ese hombre estaban bañados en sangre y parecía no estar muy consciente -¡Suéltela! –le dijo con tono imperativo el conductor.
-¡Baje esa pistola, si la dispara volamos todos! –gritó Martín, pero el hombre no lo escuchó y dejo caer su brazo con el arma que fue a dar entre los asientos. –Lo que faltaba- pensó. Sin considerar más aquello, salió del auto, tomó a la mujer por ambos brazos. Logro arrastrarla, diez, veinte, treinta metros, hasta el otro lado de la ruta, cerca de su coche.
Tenia que volver por ese hombre.
Se introdujo nuevamente en el auto e intento desabrochar el cinturón de seguridad. Mientras lo hacía miró a su derecha, al encendedor de cigarrillos y sintió un escalofrío que le corrió por la espalda. El cinturón no cedía. El hombre sangraba más. Buscó algo que pudiera ayudar a destrabar el mecanismo pero no lo encontró. Probó otra vez con el botón. Luego de varios intentos pareció escuchar un ruido seco en la pieza de enganche, que finalmente cedió. El problema era que el conductor era muy pesado. Le costaba moverlo desde ese lugar. Usó de todas sus energías y pudo apenas sacarlo del asiento, pero el ruido del gas que lo ensordecía le dio más bríos y logro tirar de él, con una fuerza que le pareció sobrehumana, hasta que logró sacarlo.
A lo lejos veía faros que habían comenzado a detenerse.
Arrastró al hombre lentamente hasta donde estaba la mujer y lo colocó a su lado. Mientras acomodaba la cabeza de éste, inspeccionaba la herida, no parecía ser algo grave, intentó ponerle su pañuelo empapado a modo de compresa pero no sirvió de nada. Notó que tenía una porta pistola en bandolera debajo de su saco, en el brazo izquierdo.
Allí en la lluvia estaban los tres. Él trató de darle calor a aquella mujer. No sabía qué efectos podían causar la lluvia y el frío en alguien sin conocimiento. Por momentos le pareció estar abrazando a Mariana. Trató de que aquel hombre tuviera algo en su cabeza como apoyo y fundamentalmente para que pudiera respirar sin ahogarse por el agua o por su propia sangre.

La lluvia parecía arreciar cada vez más y oía deformado el ruido del gas saliendo de aquella cañería enloquecida.
Algo iluminó el cielo. A los pocos segundos el estruendo de un trueno resonó en aquel paisaje.
¿Dónde estaba Mariana?
Todo podía explotar en cualquier momento.
Pero ¿Por qué los bomberos, cuyas sirenas se divisaban, habían detenido su marcha a ciento cincuenta metros? Del otro lado parecía que también los coches estaban estacionados, iluminando hacia el lugar del accidente, aproximadamente a la misma distancia.
El estaba con la mujer y aquel hombre que lo había apuntado con una pistola a solo treinta metros del auto y del gas.
Si todo estallaba, era muy probable que ellos no salieran muy bien de esa situación. La lluvia no cedía. Otro relámpago y otro trueno.
Sin embargo, él podía huir pero ¿Dejaría a esas personas allí solas? ¿Podía ayudarlos si ellos no eran capaces de valerse por si mismos para alejarse? Era imposible llevarse a los dos ¿Qué debía hacer?
Por Dios, ¿Y dónde estaba Mariana?

domingo, 14 de octubre de 2007

33. La imagen del espejo.

Vieron algunas cosas más, cartas, la casa misma, pero Martín comprendió que ya había encontrado lo que había ido a buscar. Dieron alguna vuelta más, se despidieron de Miguel y su hijo, y partieron.
A la tarde le propuso a Mariana dar un paseo por la sierras. El sol de esa época del año le daba a ese paisaje una extraña luminosidad.
En la confitería de un pueblito serrano Mariana tomaba su taza con la mirada perdida.
-Y ahora que le pasa a la señora -dijo Martín sin el menor tono interrogativo.
-Pensaba.
-Si no es secreto de Estado tal vez podría enterarme. Pero no más sorpresas como ayer, le dijo guiñándole un ojo.
-Si no querés no te digo...
-Uy, ahí vamos otra vez...
-Sos igual a él.
-¿A quién?
-A Esteban.
-Martín la miró sorprendido esperando alguna aclaración, pero sin decir nada.
-Si, sos callado, prefiriendo sufrir en silencio antes que hacer sufrir a otro, generoso, responsable, reservado...
-Basta Mariana. Me voy a poner colorado.
-¿Mi amor, pensabas que no ibas a heredar ninguna característica de quien en definitiva fue tu padre?
Por segunda vez en la tarde ella había logrado dejarlo sin respuesta.
-¿Te acordás de esa conversación que tuvimos en casa en donde te dije por qué me había casado con vos?
-Si, cómo no acordarme, respondió Martín mirando hacia la mesa.
-Todas esas características tuyas estaban también en Esteban y no creo que haya sido por casualidad. Sos como la imagen de un buen espejo. Te lo digo para que valores a esas dos personas.
-¿A quiénes?
-A él y a vos. A veces me parece que no valorás lo que la vida te dio… Creo que ahora todo eso es más evidente para vos y lo podés entender. Y cuando hablo de lo que te dio la vida no me refiero a mí…
Martín inmediatamente pensó que Mariana era lo principal para él.
-Ahora podés entender lo que Esteban dejó, no me refiero a la casa ni nada de eso, sino a lo otro que heredaste de él. Es cierto que, por lo que sufrió, alguna parte tal vez más oscura también te legó, pero ahora sabes por qué.
Si te importa saberlo, lo que quiero decir es que te quiero así, con ambas partes.
-Si me importa.
Martín sabía que lo que ella le había dicho merecía, por lo menos, ser considerado en profundidad. No era algo menor, un comentario dicho al pasar.
-Bueno y ahora que querés que hagamos -le dijo él.
-Vamos al cementerio… ¿Te parece?
-Si.
El lugar no era muy grande y no les costó encontrar la lápida de ella. Solo tenía su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte. Mary Webster, aquella mujer que había elegido por su propia voluntad aceptar casarse con Esteban y queriendo un hijo que no era el suyo, igual a lo que había hecho el hombre que ella amaba. La historia de Esteban y Mary era realmente triste. Jamás podría haber imaginado nada de eso.
Mariana quiso dejarle unas flores que fueron difíciles de encontrar. Por fin pudo conseguirlas más tarde gracias a los datos que le dio un hombre del lugar.
Ella, que se sentía unida a esa mujer que nunca conoció, de alguna manera, debía agradecerle lo que había hecho y más aún lo que había querido hacer.
Esa noche, ya en la habitación del hotel, Martín dijo -esto no cuenta como vacaciones.
-Te tomo la palabra.
Martín no supo por qué parte de su boca empezar a besarla pero ella se le adelanto mientras se soltaba el pelo.
-Estaría dispuesta a escuchar que me decís que me querés -se escuchó en voz baja.
-Estaría dispuesto a decírtelo, le dijo el riéndose -ella le pellizcó la cintura.
-Eso no se hace. Ya vas a ver...

Al la mañana siguiente ella le habló al oído. El le respondió con una sonrisa un “gracias” que terminó en un beso.
Se fueron a eso de las diez de la mañana de un día nublado y frío. Cuando ya estaban saliendo de la zona urbana, Martín aminoró la velocidad.
-Esperá, volvamos -manejó por el camino de vuelta por la Avenida Argentina y se detuvo en la esquina de la casa. Abrió con su llave y miró unos segundos aquel columpio... entró, subiendo directamente al escritorio del piso de arriba y tomando, del grupo de cartas que habían leído, aquella, en la que Esteban decía que Mary seria una excelente madre para él... Al salir, impulsivamente se llevó una foto de Esteban y Mary.
-Al llegar al auto Martín, sin decirle nada, le mostró el sobre y el retrato a Mariana, guardando todo en la guantera del coche. Ella se alegro porque eso significaba que Martín estaba dejando asomar más sus sentimientos. Y eso le parecía bueno. Martín también se alegro, porque en cierta forma, y de una manera más racional, había pensado lo mismo.

Estaba bastante nublado y oscuro a esa hora de la mañana. Martín encendió los faros altos. No había muchos coches en el camino. Comenzó a llover muy fuerte y encendió el limpiaparabrisas.
En cierto paraje en donde el camino tenía dos manos de ida y otras tantas de vuelta, separadas por una franja ancha de pasto, un enorme coche blanco que venia por uno de los carriles contrarios perdió un neumático. El auto salio del camino y avanzo descontrolado por el pasto, hacia donde iba manejando Martín.
No vio llegar a través de esa lluvia la tromba blanca que se acercaba por su derecha y se dirigía directo hacia ellos.

miércoles, 10 de octubre de 2007

32. Cartas de amor.

A Martín no le importó dormir “atrapado” por Mariana, que paso la noche aferrada a su brazo. Se había despertado varias veces pero volvió a dormir con la ternura de la figura que buscaba su protección. Debía ser algo fuerte lo que había experimentado para que se la viera así, tan frágil.
Al salir el sol, fue ella quien lo despertó con un beso. Tenía brillo en la mirada. Ese brillo que irradiaba cuando había logrado resolver algo después de darle varias vueltas.
Cuando bajaron a desayunar, Mariana eligió una mesa frente a la ventana, desde la que se divisaba el valle verde, aunque bastante seco, bañado por la fuerte luz de un cielo despejado y muy azul.
Martín dudó pero quiso deliberadamente contarle lo de su sueño -sabés, ayer en la casa vi el retrato de una mujer que ví varias veces en sueños, tenía dudas de que fuera mi madre pero no lo es -Le contó sus impresiones y los detalles de todo.
-Yo también vi otro retrato de ella y pienso que era… la mujer de Esteban.
-Pero ¿Qué…?
-Si Martín, escuchame con cuidado porque no quiero que sufras por lo que significa lo que voy a contarte. Me puse mal ayer… pero eso no es lo importante.
-¿Sabías algo de antes…?
-No, solo lo que vi ayer.
-Me imaginaba, le dijo el afectuosamente sin disimular algo de ansiedad.
-Quien aparece en tus sueños, era la mujer de Esteban, hay fotos de casamiento y los novios eran ellos dos… y ella… ella después se enfermó y murió. Por eso la recordás, porque eras muy chico cuando la viste por última vez posiblemente.
-Pero ¿Cómo sabés?
-Hay una foto de ella muy pálida y con un pañuelo en la cabeza… igual que yo cuando me hicieron la quimioterapia y lo demás… Ella no lo logró.
-Martín entonces comprendió lo que le había pasado a Mariana la tarde anterior, le tomó la mano y se la acarició con sus dos pulgares. Deseó abrazarla.
-Pero lo más importante que creo que pasó, es que Esteban no te contó nunca nada para que no volvieras a sufrir la nueva pérdida de una madre. Me dijiste que recordabas a la mujer muy afectuosa, entonces…
-Mariana continuó -trató de que la olvidaras, cosa que él mismo no pudo hacer, por eso te mantuvo alejado de todo esto. Me imagino como habrá sufrido. Pobre Esteban, hizo todo eso para protegerte pero él no lo pudo superar. Recordá que el también era joven en esa época.
-Si…
-Vamos a la casa, pero no olvides que te quería. Todos lo demás no tiene importancia al lado de eso. Sí fue un padre, no te olvides de lo importante -le dijo ella tratando de que viera lo que seguía sin angustiarse, ya que estaba sobre aviso.
Antes de subir al auto, el la abrazó, la miró a los ojos y le dio un beso, de esos que no acostumbraba a darle en público. De todas maneras allí no había nadie. A Martín le hubiera dado lo mismo que en ese momento estuvieran en medio de una multitud. En otras épocas si le hubiera importado.
-¿Y esto? –dijo Mariana conmovida.
-Es solo algo que quería darte por lo de ayer… pero es solo una muestra…
El entendió perfectamente que ella se había visto reflejada en esa mujer y aquella imagen le había transmitido su sufrimiento. No se le ocurrió otra cosa y le dio ese beso que a ella le pareció muy dulce.
En la casa utilizó sus llaves, ya que nadie los esperaba allí tan temprano. Martín vio las fotos con detenimiento y todo parecía concordar con lo que Mariana había dicho. Incluso encontró una foto suya en donde ella lo abrazaba. Mary Webster…
En una carta, Esteban le escribe a ella desde su barco, en Yokohama y le dice: “…en los tiempos de descanso no puedo dejar de pensar en vos y aprovecho para escribirte. Quiero que sepas que te extraño y no sé como pasar las horas en estos cielos desconocidos de mares oscuros. Pero las estrellas me guían y se donde dirigirme para rezar y pedirle a Dios que te proteja, que te cuide mientras yo no puedo, te cobije y te guarde. Tengo una foto tuya muy gastada de tanto acariciarla, pero no sos vos. Aunque tu risa, tus ojos y tus manos son las mismas, no puedo tocarte, no puedo decirte lo mucho que te quiero…”
Martín jamás pensó en ver algo escrito por Esteban como lo que acababa de leer. No era una persona de decir una cosa por otra. Las cartas no mentían, estaba muy enamorado de aquella mujer.
-Martín, quiero que leas esto -le dijo Mariana- La carta decía: “Dear Mary, no puedo esperar que vuelvas de Inglaterra, esta todo preparado para la ceremonia…” -en otra parte se leía “…Estoy emocionado por saber que por fin Martín va a volver a tener una madre. Vos sabés, pobrecito, como extraña a la suya y yo se que lo querés como si fuera tu hijo (…) todos sabemos, que sos la mujer perfecta para ser su madre…” -Mariana, mientras él leía, apoyó su cabeza sobre el hombro de ell.
-No hay cuidado, estoy bien –dijo Martín entendiendo el gesto de Mariana.
En una carta fechada un tiempo después, los padres de ella le dicen que había empeorado de su enfermedad y que por favor volviera. El remitente era de La Cumbre pero iba dirigida a Trieste. Como marino mercante Esteban pasaba mucho tiempo fuera del país.
Los recortes del diario del pueblo hablaban del casamiento… pero otros, de fechas posteriores, de la ceremonia en el cementerio local. Se habían casado y ella había muerto ese mismo año.
¿Qué habrá sido de los padres de ella? Le dijo Martín a Mariana. Allí se los veía en una foto.
-Volvieron a Inglaterra luego de morir la señorita Mary, dijo un hombre muy mayor de cabello blanco que estaba parado en la puerta del escritorio. Ellos no lo habían escuchado acercarse, estaba con su nieto, el que los había recibido la tarde anterior.
-Usted es…
-Soy Miguel, era el cuidador de la casa. Trabajaba para la familia Webster. No mucho tiempo después de que se fueran a Inglaterra, también murieron, no tenían otros hijos y ya eran mayores…Tal vez fue la tristeza.
La Srta. Mary era una muy buena persona, dulce y cariñosa con el Sr. Esteban y con usted. ¡Pero cuánto tiempo ha pasado! Recuerdo como ella lo ayudaba a subir a la hamaca del jardín y como se columpiaba… Pero seguro que no se acuerda de mi -le dijo tomándolo de ambos brazos- no recordará cómo jugábamos con el perro de la Srta. Mary, Captain, un Border Collie hermoso… por ahí hay una foto. Mire.
Usted no sabe como sufrió su tío Esteban con la muerte de ella. Pensábamos que iba a volverse loco o algo peor.

domingo, 7 de octubre de 2007

31. Regreso a Choique.

El viaje transcurrió soleado, sin contratiempos. Pararon en el camino a comer, ya en Córdoba, a los pies de las sierras.
-Que bueno que hayas venido –le dijo él mirándola profundamente a través de esos ojos azules.

-¿Hace cuánto que no tomamos algo solos en un bar? –dijo ella sonriente.
-Martín se tapó la cara con las dos manos como asumiendo la vergonzante culpa de lo que había pasado la última vez en la costanera de Vicente López… pero ella le dijo: –Empecemos a contar desde hoy y dentro de un año, me lo preguntás vos a mí. Hoy vale por la primera.
A eso de las seis de la tarde llegaron a La Cumbre. Decidieron que antes de alojarse pasarían a ver la casa. Preguntaron por la dirección. Avanzaron por aquella calle ancha, Avenida Argentina se llamaba, a cuyos lados había viejas casonas y plátanos, casi sin hojas, las que se arremolinaban por el viento en aquella tarde de agosto.
-Avenida Argentina y Boucherville, en la esquina, dijo Mariana.
-Si, es aquí, dijo él señalando la casa y sonriéndole.
Allí estaba, sobre la puerta de entrada al jardín había un cartel curvado, de metal, en donde con letras pintadas de esmalte blanco podía leerse “Choique”. Parecía un típico chalet inglés de principios del siglo pasado pero con detalles en granito. Bajó del auto. No quiso utilizar las llaves que tenía y decidió tocar el timbre.
A los pocos minutos se asomó desde el jardín un chico, que no tendría más de dieciocho años y que le dijo –Usted debe ser el señor Martín.
-Si.
-Avisaron que vendría. ¿Quiere pasar?
-Martín miró a Mariana que bajaba del auto con decisión.
-Vamos por la puerta que da al jardín de la otra calle, que es la que tengo abierta y…

-Pero Martín, ya no escuchó más porque estaba allí. Era la misma.
La hamaca de cadenas, casi en un rincón, como en el sueño, con su tabla gastada por el sol. El césped un poco más seco de lo que recordaba, tal vez por la época de año. Se acercó a ella mientras Mariana miraba a su lado.
Martín se paró frente a ella palpando esas viejas cadenas y trató de recordar algo más, pero no pudo.
El chico los siguió y se quedó un poco atrás, pensando simplemente en que esas dos personas estaban revisando la propiedad.
-Ya estuve aquí –dijo Martín.
-¿Cómo?
-Que ya estuve aquí. No se hace cuantos años ni porqué, pero recuerdo este lugar perfectamente.
-Mariana no dijo nada.
-Entraron en la casa que parecía bien mantenida pero con signos de no haber sido ocupada por mucho tiempo. Estaba muy limpia, de todas formas.
La sala tenía muebles antiguos pero no lujosos. Había algunos cuadros con láminas de caballos o escenas campestres, algún óleo y varias fotografías. En una mesa, al lado de un sillón y junto a una lámpara, había un retrato. Martín lo tomó y observó con atención esa fotografía.
Se dirigió al chico -¿Sabés quién es la persona de este retrato?
-No, no sé, pero mi abuelo seguro que sabe porque trabajaba para el dueño de la casa. Mañana le puedo decir que venga si usted quiere.
-Eh… no, no por ahora no hace falta, gracias.
-De todas maneras me dijo que le gustaría verlo cuando viniera.
Una vez recorrido el piso de abajo le preguntaron al chico si podían subir.
Martín se interesó por el escritorio, de la planta alta. La escalera de madera crujía como la de su casa. La multitud de fotos que se agolpaban a su vista le daban una respuesta pero inicialmente no la pudo ver.
Había fotos de sus padres, de Esteban, de la mujer del sueño, de fiestas, reuniones familiares, viajes, La torre de Londres y otros lugares que no conocía. Pero Martín vio todo eso fragmentado sin una unidad que le diera sentido lógico. La emoción nublando a la razón, situación en la que se sentía muy incómodo.
Mariana de un solo golpe de vista vio lo mismo que Martín pero su intuición la llevó mucho más lejos. Reparó en una de las fotografías. Una mujer joven que en su cuello llevaba la cadena con la rosa que Esteban le había dejado a Lucía. La mujer se veía muy pálida y delgada pero sus facciones eran vivaces y tenía un pañuelo que cubría su cabello. Ella entendió lo que esa foto significaba y sufrió. Nadie como ella para comprenderla porque, de alguna manera y con algunos claros, había podido cerrar ese círculo que parecía la vida de Esteban. Una nube de angustia le oscureció el semblante y se quedó allí, como adolorida.
Martín obnubilado como estaba, no la vio y se acercó al escritorio amplio y de muchos cajones. Casi como pidiendo permiso, a Esteban que no estaba allí, los fue abriendo y encontró algunas cosas que le resultaron familiares: una lapicera que recordaba, un reloj de bolsillo. Había allí también cajas con cartas muy bien atadas y envueltas en varios grupos.
Decidió desatar uno de los paquetes. El remitente era siempre el mismo: Mary Webster. Ese nombre no le decía nada…
Mariana le pidió a Martín si podían volver al otro día porque se había sentido descompuesta.
-No es nada, es por el viaje –le dijo ella, sabiendo que probablemente no fuera cierto y que todo se debiera a la impresión por lo que había visto y entendido.
-Él la vio pálida y guardó todo en los cajones preparándose a salir.
Volverían allí mañana temprano.
Martín no entendía por qué ella le había tomado fuerte del brazo los diez o quince minutos que habían tardado en llegar hasta el lugar en donde se hospedarían.
-Vení abrazame fuerte -le dijo ella, ya en la habitación.
-Prometéme que no te vas a poner mal mañana. Es decir, no hay nada por que preocuparse, pero prometéme que no vas a sufrir…
Mariana nunca imaginó que el pasado que esa casa mostraba, de alguna manera, la había alcanzado. Se sentía vulnerable, quería dejar de abrazarlo pero no podía y pensó incluso que lo aprisionaba más junto a sí.
-No entiendo mi amor –le dijo acariciándole el pelo y apartando las lágrimas de sus ojos- ¿Qué te pasa? ¿Qué viste?
-Nada, es que soy una tonta -y volvió a poner su cara en el pecho de él.
-Estoy un poco cansada… Mañana… prometéme…
-Martín dijo sabiendo que lo hacía a ciegas -Lo que quieras mi amor. Te lo prometo.
Por lo menos ahora sabía que la mujer que se le aparecía en sueños era la que había visto en el retrato en la casa. Pero no era su madre.