miércoles, 15 de agosto de 2007

16. La barranca

Mariana tenía ganas de hablar y le propuso a Martín ir a ese lugar abajo de la barranca de Martínez, que tenia vista al rió.

Él aceptó enseguida, quería tratar de compensarla de alguna manera por lo de la noche anterior. Habían dejado al bebé con una amiga de Lucía que a veces lo cuidaba si ellos necesitaban salir.
Cuando entraron al bar, Mariana quedó sorprendida: En una esquina, estaban Lucía y Ernesto. Él la estaba besando y no había nada que pudiera hacer para evitar que Martín los viera. No va a pasar nada -se dijo, dando crédito a la actitud que tendría Martín-. Al entrar él, sin alcanzar a distinguir el beso, los vio; se adelantó y acercó a la mesa.
Los chicos no lo vieron llegar.
-Hola -les dijo, como si el encuentro le pareciera lo más común del mundo.
Mariana había apurado el paso para ponerse a la par de Martín.
Lucía, nerviosa, se vio en la obligación de decir: -¿Quieren sentarse...?
Los segundos pasaron lentamente. Mariana, Lucia y Ernesto pensaron casi al mismo tiempo "¡Que diga que no! Por favor ¡Que diga que no!," -Martín respondió como mejor pudo -No, muchas gracias, hablen tranquilos, después nos vemos. -Mariana suspiró aliviada y buscó una ubicación desde la cual Martín no pudiera ver a su hija y al chico.
-Martín quiero que después de este bebe, por lo menos por un tiempo, no recibamos ningún otro.
-La propuesta lo tomó por sorpresa.
-¿Por qué?
-Porque vos estás mal y no estamos en condiciones, ninguno de los dos, de seguir con eso. Creo que necesitamos más tiempo para pensar algunas cosas.
-Instintivamente Martín trató de mirar hacia donde estaban su hija y Ernesto. Mariana lo tomó del brazo y le dijo –Vinimos acá para hablar más tranquilos pero si te vas a distraer, podemos ir a otro lado o volver a casa.
-No, está bien.
Mariana continuó: -Yo puedo esperar a que superes lo que sea que te pase pero no entiendo porqué tenés que excluirme. Cuando llegás, ni siquiera me preguntás sobre el desarrollo de software para esa empresa de comunicaciones en el que estoy trabajando y que sabés que me ilusiona. Soy una especie de repentino fantasma en tu vida. Desde hace un tiempo que ni siquiera me tocás... Por favor, decíme algo porque sino voy a pensar que no te intereso más o que… hay… otras cosas… que te interesan más que yo. Vos no sos así. No eras así. -Martín tuvo que obligarse a responder -¿Creés que me gusta estar así?
-Que me digas eso ya es algo ¿Vés? Lo que si parece que te gusta es llevarlo solo y no compartirlo con nadie, por lo menos no conmigo y eso si me molesta, es más, me duele.
-Mariana se fue soltando y ofuscando ante la mirada resignada que le devolvía Martín, y continuó:
Nunca te lo comenté pero siempre quise trabajar afuera, Lucía ya se las arregla y no va a estar más el bebe. Te gusta que te espere al llegar del trabajo y lo hago porque lo sé, además a mi también me gustaba esperarte, pero en vista de lo que pasa, no va a ser más así. Voy a buscar trabajo afuera de casa. –Mariana dijo esto para ver la reacción de Martín, no sin cierto remordimiento. Su trabajo de Analista de Sistemas lo hacía desde la casa hasta ese momento.
-No te puedo impedir que lo hagas… si querés –dijo Martín volviéndose a sentir un idiota… como la noche anterior.
-¡No te das cuenta que lo que quiero es que reacciones! ¡Que hables! ¡Que me digas algo! –gente de otras mesas miraba con curiosidad, ya que Mariana había ido levantando un poco la voz. Lucía también se había dado cuenta de que algo no iba bien en la mesa de sus padres.
Martín buscó en su cabeza y le contestó -No… hay mucho que pueda decirte. Debe ser cansancio. –En realidad podría haberle dicho algo más, pero no sabía cómo. Estaba terriblemente incómodo, jamás le había pasado eso con Mariana. Nunca. Parecía un extraño allí sentado frente a ella sin poder decirle que… su vida parecía no tener sentido. No, no podría hacerlo.
Pensó en salir de esa situación asfixiante de cualquier modo. Se puso de pié y caminó a la mesa de los chicos. Mariana lo miró incrédula, mientras Martín decía, ya en la mesa de su hija: -Dónde pensaban comer?
-Eh... no lo habíamos pensado -dijo Lucía.
-Vamos a casa. ¿Vos jugás más tarde no? le dijo Martín a Ernesto.
-Si...
-Bueno entonces vamos a casa y comamos bien.
Mariana tenía otra cosa preparada para el almuerzo pero Martín quiso que Ernesto comiera pastas que le preparó él mismo.
-El chico comió sin decir mucho.
Hablaron de cosas triviales ese mediodía. Mariana casi no pronunció palabra.
Cuando Ernesto se fue, Martín le dijo a Lucía: -Cómo pedido de disculpas está bien, creo. Hubiera sido demasiado darle de comer en la boca ¿No?
Lucía lo miró agradecida pero inmediatamente cruzó una mirada con su madre que permanecía silenciosa sin poder entender porqué Martín no había reaccionado a lo que ella le había dicho. El problema parecía más serio de lo que creía.
Esa tarde, Martín deliberadamente quiso salir de la casa, buscó el coche y manejó para la costa. Afuera estaba bastante nublado y había viento.
Mariana, cuando salió Martín, levantó el teléfono y marcó un número.

domingo, 12 de agosto de 2007

15. Lucia y Ernesto.

-¿Cómo está tu viejo? -le pregunto Ernesto a Lucia mientras sorbía de su café con leche en un bar cerca de la Facultad de Derecho.
-Mal, no se hablan mucho con mamá. Ah, Me dijo que te quería pedir disculpas por lo de la otra vez.
-¿En serio? -Tiene bolas el tipo- pensó Ernesto.
-Si, pero le dije que no hacía falta, que ya te había hablado yo.
-¡Pero si quiero una disculpa! -dijo enfáticamente Ernesto golpeando la mesa con su índice cerca del lado de la mesa de Lucía y sin dejarla decir nada, le tapó la boca con su mano.


Ella dijo -Me preocupa ¿Sabés? Se hizo unos estudios, pero todavía no nos dijo nada…
-¿Y vos cómo estás?
-Bien, y ahora que terminamos los parciales mejor. Vamos a hacer algo mañana.
-Si -dijo Ernesto- ¿Sabés que se me esta haciendo mas difícil estudiar y trabajar? Sobre todo porque en el laburo cada vez me quieren más tiempo y se lo quité al estudio y a otras cosas. Igual te paso a buscar mañana cerca del mediodía; aunque sea vamos a tomar un café. A la tarde tengo partido.
-¿Una de esas "cosas" soy yo? -dijo Lucía- Ernesto miró al techo como pensando exageradamente y finalmente le dijo -Si, creo que si. -Ella hizo una mueca de sonrisa artificial.
-Vamos a tomar algo al bar abajo de la barranca de Martínez.
-¿Te querés acordar de algo…?
-Quizá. O tal vez sea que me quiero despedir en el mismo lugar en donde empezamos...
-¿Por qué empezamos Ernesto?
-Tal vez pasó que estaba borracho esa noche.
-Ella lo miró con cara de “no me importa”. El le tomó las manos y se las cubrió sobre la mesa. Lucía se quedó observándolo y le dijo -a mi me gusto que me hicieras reír esa noche.
-¿Nada más?
-Bueno también me gustó ese clavel blanco de servilletas de papel de bar que sabés hacer y que me diste. Todavía lo tengo.
-¿Y de mi arrollador atractivo físico qué?
-Tonto. Pero nunca me dijiste porqué te había gustado yo.
-Ernesto pensó un rato, tomó un trago de su café y le dijo. Creo que al principio fué que no me andabas persiguiendo y después fueron... tus ojos brillantes y... -Ernesto no dijo más, porque había unas cuantas cuestiones físicas que habían terciado en la elección.
Lucía era hermosa pero su deseo era distinto al que había experimentado por Valeria. Con ella todo había sido más físico. Algo más instintivo. En fin, Valeria no estaba en el panorama.
-Bueno, algo es algo -Le contestó Lucía.
-Ernesto era bastante tímido para expresar sus sentimientos, prefería darlos por sobreentendidos, pero Lucia siempre le estaba pidiendo que le dijera que la quería. Y él simplemente pensaba que las palabras podían ser huecas a veces. Lucía estaba venciendo su resistencia.
Esa noche comieron los tres juntos, luego de ocuparse del bebé, Martín y Mariana fueron a su cuarto. Mariana se cepilló el pelo y después buscó abrazar el hombro de Martín que ya se había acostado. Él le agarró la cabeza pero sin darse vuelta y se limitó a dejar una de sus manos sobre ella mirando a… la nada.
Mariana le dijo, -Por lo menos dame un beso.
-Hasta mañana -le dijo él dándole el beso casi mecánicamente.
-Mariana suspiró pero él no pudo captar el significado de esa exhalación.
-Qué estúpido. ¿Qué me pasa?. Se dió vuelta e intentó que ella lo mirara.
-No, así no Martín. -Mariana pensó en que no podía presionarlo, pero igual sintió el rechazo, porque era evidente que Martín había tomado la iniciativa por obligación.
Martín se quedó inmóvil mirándola. Ella simplemente cerró los ojos.
El volvió a su lado de la cama.
-Definitivamente, soy un idiota.

miércoles, 8 de agosto de 2007

14. El Remanso S.A.

Martín había estudiado los papeles de Claudia Giménez y comprobó varias cosas. El cuñado habia transferido las acciones de su mujer con un poder especial, a una sociedad llamada el Remanso S.A., a su vez propiedad de otra radicada en Uruguay, llamada E.R. S.A., que tenia un objeto social amplísimo, inusual en la Argentina; se había quedado como gerente y le pagaban una remuneracion altísima, casi exorbitante. Claudia habia firmado las actas correspondientes. Los estatutos lo permitian. Se habia publicado en el Boletin Oficial la venta y los edictos. Martin pensó que todo era simplemente para reducir la carga impositiva que la aplicacion de las leyes uruguayas permitía.
Nada surgia de la documentacion existente sobre quiénes eran los dueños de El Remanso S.A.
Estaban exportando mucho de acuerdo a los números que vió. Un 45% más que el año pasado. Un gran aumento en realidad.
Había varias notificaciones de solicitud de aumento de capital de la empresa dirigidas a Claudia, pero eran cartas comunes, no tenian valor legal. Debia ocuparse de ese tema antes de que su cliente perdiera el 50% del capital y de los votos de la Asamblea de Accionistas. Eso debia resolverse en una próxima Asamblea con ella, su cuñado y un tercero que tenia el 3% de las acciones y que probablemente fuera era un prestanombre de su cuñado o de otro.
-Se ve que les esta yendo bien. Muy bien. Quieren ampliar el capital...
Le sonaba el nombre de El Remanso. Averiguaria más aunque le iba a costar porque la sociedad controlante estaba radicada en Uruguay.
-Che gordo, -dijo Martin asomándose al despacho de Eduardo que estudiaba una voluminosa carpeta.
-Enano no te olvides de que hoy te reviento en el frontón.
-Si, hasta estoy dispuesto a ir a menos para que no lo pases tan mal.
-No te agrandes, eh, que apenas me habrás ganado… unas… cuarenta veces este año. Te voy a dar una paliza como nunca en tu vida.
-Este juego es una de mis tareas caritativas de la semana. Además cuarenta, de cuarenta y cinco partidos que calculo jugamos este año, no está nada mal.
-No te hagas el vivo. ¿Qué hay? dijo Eduardo bufando.
-Necesito de tus contactos en Uruguay por los papeles de Giménez Lorea.
-La viudita...
-Si.
-Bueno dejáme ver si encuentro al tipo ese de Montevideo.
-Eduardo, al salir Martín, marcó un número de Montevideo, en la Ciudad Vieja. En realidad Eduardo era capaz de hacer cualquier cosa por Martín. Literalmente le había salvado la vida y sufría porque sabía que no su amigo no estaba bien ¿Sería esa mujer?. Se sentía un inútil tratándo de ayudarlo. –Soy demasiado bruto para estas cosas- se lamentaba, pero pensaba muy seguido qué cosa podía hacer por él.
A las siete empezaron a jugar a la paleta. A los quince minutos, Eduardo se detuvo en seco, parecía que hubiera metido una pierna en un agujero con cemento.
-Es la rodilla, me crujió y no la puedo mover –dijo con gesto de dolor Eduardo.
-Fueron al hospital en donde le sacaron radiografias y le hicieron una ecografía.
-Son los ligamentos- dijo el médico. No más paleta para Ud.
-Para tratar de distraerlo, Martín dijo: -Bueno gordo, podes jugar al ajedrez.
-Eduardo lo partió al medio con la mirada pero enseguida capto la intención de su amigo. Martín siguió -Ya algo se nos va a ocurrir ¿Natación: Cómo lo ves?
-Podría ser -dijo Eduardo con la voz apagada y mirando al suelo.
-Martín recordó que el lunes le tocaba a él ver a su médico.
Lo sentia por el gordo que disfrutaba especialmente de la actividad fisica. Además el deporte había sido uno de los pilares de su recuperación del alcoholismo y no quería dejarlo solo en ésta, era su amigo.
Martín tenía pocos amigos, pero se tomaba esa palabra muy en serio, casi le tenía respeto: Amigo.

domingo, 5 de agosto de 2007

13. Casi una suegra.

-Mamá no se qué le pasa a Martín. Nunca lo había visto así.
-Carmen, la madre de Mariana, se limpió las manos con un repasador de cocina.
-¿Hace cuanto tiempo que no salen juntos, solos, a algún lado?

-Bastante...
-Además este año no se fueron de vacaciones.
-Si, por el bebe, recién nos lo entregaban y era muy chiquito.
-Hace muchos años que tienen los bebes chiquitos. Ser un hogar de tránsito, exige mucho tiempo. Lo que hacen es muy bueno pero el costo sería muy alto si se resiente la relación. Además la idea es que los chicos tengan un hogar con padres y no dos personas que simplemente los cuiden.
-Bueno, es lo que tratamos.
-Por lo que me decís creo que es más importante por ahora que le des prioridad a Martín. Se que te esforzás mucho por hacer de madre con esos chiquitos pero Martín y vos están primero.
-Siempre lo ponés a Martín antes cuando hablas de los dos, ¿Lo notaste? -dijo Mariana.
-Si...
Carmen y Martín habían congeniado desde el instante en que se habían conocido. A Martín le gustaba la actitud racional, comprensiva y alentadora de su suegra y esa rara intuición.
Cuando Carmen enviudó, Martín iba a visitarla como si fuera su propia madre, incluso a veces Mariana no se enteraba de eso. Y hablaban. Además a él le gustaban los cuadros que pintaba su suegra, témperas u óleos, tenía varios de ella colgados en la casa y en el estudio.
-Yo también me estoy sintiendo un poco sola.
-Bueno entonces cuando entreguen este bebe, no reciban otro por un tiempo.
-Con Martín queríamos mucho esto.
-No tiene sentido que algo muy bueno termine siendo malo para ustedes ¿No?
-Mmm. A veces veo a Martín con la mirada perdida como en cosas lejanas u otras personas, no se...
-Mira, No creo que Martín esté con otra mujer, si a eso te referís -Se adelanto Carmen -Fijáte, este octubre cumple cuarenta años, no es un detalle menor. Se afectuosa, acompáñalo, no lo dejes solo. Martín es un hombre que no lo demuestra demasiado pero valora mucho el cariño.
-Si, pero parece cambiado, como impermeable a lo que hago en ese sentido.
-Con tu padre pasamos muchas cosas pero siempre salimos adelante juntos, aunque alguno haya tenido que llevar el peso de la relación afectada. Ese tiempo de mayor sacrificio me dio mucho más de lo que yo entregué. Fui muy feliz con él. ¿Sabés una cosa? Nos decíamos muchas veces que nos queríamos.
Si a ustedes les pasa algo malo lo voy a sentir por partida doble –Dijo Carmen, mirando por el ventanal que daba a un balcón terraza cerca de donde tenía el caballete y sus cosas de pintura.
-Mama, parece que Martín fuera tu hijo.
-No seas celosa, le dijo Carmen con aire de fingida severidad.
-Martín siempre dice que sos "casi" una suegra.
-Ya lo sé.
-Sonó el timbre. Era Lola la hija de la vecina de arriba, que tomaba clases de pintura al óleo con Carmen.
-Carmen definía a Lola como una artista en el sentido más amplio de la palabra. Tenía 25 años y su pelo oscurísimo contrastaba con la palidez y el verde opaco de sus ojos. Al principio Carmen pensó que, por su vestimenta un tanto estrafalaria y su forma de vivir, era un poco irresponsable con su vida, pero luego de conocerla entendió su actitud abierta a lo creativo independientemente de sus peculiaridades. Además le gustaba hacer artesanías, bailaba clásico, escribía poesías y quería aprender a pintar.
-Carmen le traje un regalito -dijo la chica- Se trataba de un collar largo hecho con distintos tipos de maderas, que formaban un conjunto bastante homogéneo dentro de su heterogeneidad. A Carmen le gustó.
-Muchas gracias Lola. ¿Conocés a Mariana?
-No, mucho gusto. Usted debe ser la hija de Carmen.
-Si. Como estás.
-Ah, ella me habla mucho de usted. Perdone Carmen pero se demoró mucho el colectivo. Salí en hora pero, bueno, no se que pasó con el tránsito.
No te preocupes.
-Bueno, las dejo así no perdés tu clase.
-Mariana lo decidió. el que ahora tenían era el último bebe que aceptarían; ya vería en el futuro. Ella amaba a Martín y quería que él la siguiese queriendo, no sacrificaría eso por nada del mundo. ¿Cuánto hacía que él no le decía que la quería? ¿Y ella?

miércoles, 1 de agosto de 2007

12. Es hora.

-Me llamaste.
-Vení, sentáte. ¿Querés tomar algo?


-Si, un poco de agua.
-Siempre tan sobrio vos. ¿No me acompañarías con algo más fuerte?
-Te acompaño con el agua. ¿Cómo te fue en tu viaje?
-De algo vinculado a eso quería que habláramos.
Su tío Esteban era quien lo había criado desde los cuatro años, cuando sus padres habían muerto en un accidente de tren rumbo a Rosario.
De su padre conservaba un crucifijo de metal, que había quedado doblado por el accidente. Una de las pocas cosas que tenía de él.
Martín pensaba en su tío como en un solterón. Lo juzgaba con cierta severidad e imaginó que había tenido muchas mujeres pero que en realidad no había conocido verdaderamente a ninguna.
Marino mercante retirado, contrabandista para sus amigos y gran lector, era, en definitiva, lo más cercano a un padre que había tenido. Cercano a veces, porque sus viajes, sus desapariciones, como las veía Martín, eran de tres… seis meses. A él lo cuidaba entonces doña María, una mujer bastante mayor que trabajaba para Esteban y que había fallecido hacía más de quince años.
En aquella época vivían en una casa cerca de la estación, a pocas calles de la suya actual. Ya no existía, la habían derribado hacía unos años.
Por muchos motivos había querido a Esteban y por otros no tanto. Nunca lo había entendido del todo.
-Quería que guardaras esto- dijo Esteban -y le entregó una llave de bronce labrada que Martín conocía bien porque era la del escritorio de su tío, la del único cajón que tenía llave.
-¿Te pasa algo? -le dijo Martín mostrándole la llave.
-Quiero que la tengas. Es que ya va siendo hora de arreglar ciertas cosas, ahí hay papeles y documentos. Sabés, me cansé de no estar en casa, de no verte a vos, a Lucía y a Mariana, de estar solo.
-Martín lo escuchó un tanto sorprendido pero no dijo nada.
-Yo se Martín que nunca fui un padre para vos, nunca pretendí ocupar el lugar del tuyo porque no hubiera podido. Traté de hacer lo que pude…
-Si –dijo en voz muy baja Martín.
- Lo que pude –Repitió Esteban con un gesto de dolor que Martín no vio, conociendo el viejo reproche que su sobrino nunca llegó a decirle con palabras.
-Te pido perdón si no fui como hubieras necesitado.
Martín le volvió a preguntar -¿Pero te pasa algo?
- Es que ya es hora.
- Ay, Ay, Esteban, nunca das explicaciones, es todo si, o no. Hay que hacer algo y se hace, pero vos apenas si aclarás algo.
Esteban, le hizo un gesto con la mano para que lo esperara y volvió enseguida con otra llave. Y se acercó a la vitrina aquella, la del cochecito azul.
La puso en la cerradura, le dio dos vueltas y tomó el auto primero con la mano derecha y luego con la otra, lo miró un momento y se lo dio a Martín.
Cuando lo tomó, Martín lo miró fijamente y...nada, fue como si hubiera esperado una conmoción o una victoria. Nada. Lo que había imaginado que sucedería desde su infancia, no tuvo lugar, simplemente no sucedió.
-¿Por qué hoy? ¿Por qué después de tantos años? –se escuchaba Martín pronunciar incrédulo esos “porqués” que pensaba desterrados.
-Esteban lo escuchó paciente y cuando supo que Martín no iba a preguntar más dijo:
-A tu padre, un muy buen ingeniero, le regalaron ese auto en Módena, por un trabajo que hizo para una empresa de allí. Así fue que compró la casa en la que hoy vivís. Pero por el esfuerzo y la creatividad que puso en eso, además le dieron esto que está catalogado como una obra maestra de las réplicas en miniatura. Es único, la escala es perfecta respecto de su original, el Bugatti modelo 37-A de 1929. Tenía un gran valor afectivo para él. Nunca supe bien cuál sería el momento de dártelo.
-Martín miró el auto largamente y caminó a la vitrina, se detuvo, lo contemplo otra vez y volvió a colocarlo en el lugar que ocupaba hasta hacía unos minutos.
-Creo que por ahora esta bien aquí, gracias Esteban – dijo Martín con cierta sequedad que intentaba disimular el verdadero estado interior que se estaba generando.
Su tío no entendió lo miraba paciente y en silencio.
No hablaron de mucho más esa tarde.
Al volver, manejando por Libertador, Martín dijo en voz alta: -No quiero llorar– pero no pudo evitar que se le humedecieran lo ojos. -¿Todas las cosas que en mi vida no entiendo tendrán una explicación tan inesperada y emotiva como ésta? –No le gustaba llorar.
-El agua de lluvia se escurría por el parabrisas del auto, mientras pensaba en ese viejo cochecito azul que tío Esteban guardaba en la vitrina de su living del departamento de Belgrano y que siempre había estado esperándolo.

domingo, 29 de julio de 2007

11. Dos cafés.

Ese lunes Martín se levantó temprano, no desayunó, fue a ver al médico y se hizo unos análisis.
Llego al estudio a eso de las once con una docena de medialunas. Celia les añadió un jarro de café.
Al rato llego Eduardo que no se había afeitado la barba.
-¿Y la afeitada?


-Verónica se convenció de que soy absolutamente irresistible así.
-Se vé que tardaste un poco en convencerla porque mirá la hora que es -le dijo Martín riéndose.
-Es que fuí a llevar las armas a limpiar.
Eduardo era aficionado al tiro deportivo desde que uno de sus clientes, un tanto alterado por una causa penal que no había salido como hubiera querido, le había puesto una cuarenta y cinco milímetros en la sien derecha y al irse había decorado el frente de su casa con tres tiros.
-No me gustan las armas, ya lo sabés.
-Si, pero las traje a la caja fuerte de mi despacho, en casa no las dejo, por los chicos.
-Mmm. contáme lo de Bioalimentos.
Eduardo le expuso la situación del cliente de Córdoba, mostró alguna documentación y opinó sobre lo que le parecía que debían hacer.
-Doctor esta presente la Sra. Giménez de Lorea -Les avisó Celia con cierta afectación en la voz.
-Los dos hombres captaron la indirecta y se miraron como preguntándose qué iba a pasar ahora.
-Yo me arreglo -dijo Martín.
-Cualquier cosa me chistás, igual voy a estar escuchando detrás de la puerta -dijo en broma Eduardo.
-Si, claro y hacéle un lugar a Celia de paso.
-Ella no necesita estar para saber lo que va a pasar acá porque es bruja.
-¡Ya lo escuché! -gritó Celia desde afuera.
No había arreglado ver a la mujer, solo que le mandaría unos documentos,
Apareció en el despacho una muñequita rubia de no más de seis anos, con un tapado celeste y un gracioso flequillito que le llegaba casi hasta los ojos, de un color azulino semejante a los de su madre.
Claudia avanzó hacia él con una tímida sonrisa y le presentó a su hija menor.
La muñequita le extendió la mano como si fuera una princesa. Los dos rieron.
Martín no dejo de notar que Claudia se veía mas tranquila que la última vez que la había visto, lo que le daba un aire lánguido y un raro... un no se qué.
Agradeció para sus adentros que no hubiera venido sola, en ciero modo la presencia de la hija de Claudia lo tranquilizaba, le evitó el nerviosismo del encuentro anterior.
-Le traje lo que me pidió y mañana le hago llegar el poder. -Dijo la mujer con tono de estar haciendo su parte de la tarea. Hablaron sobre la empresa de su padre y de su cuñado que seguía sin darle explicaciones sobre lo que hacia con el negocio familiar.
Se despidieron. En la puerta estaba Eduardo que forzó la presentación.
-Ahora entiendo más, no esta nada mal la viudita. –Dijo Eduardo, socarrón.
Entró Celia: -¿Quieren un café o agua helada? –dijo con tono de "Si, soy una bruja ¿Y qué?".
Los dos abogados se miraron y soltaron una sonora carcajada. Celia los conocía bien a los dos.
-Martín, llamó su tío Esteban- dijo la mujer-. No quiso interrumpir, y pidió que lo llamara después.
-Gracias Celia, el agua no hace falta, mejor ¿Pueden ser dos cafés?.

miércoles, 25 de julio de 2007

10. El cochecito azul.

Allí estaría sin duda.
No puedo recordarlo sin pensar en todo aquello, aunque ya no signifique lo mismo.
Lo deseé muchas noches y muchos días interminables.

Lejanas habían quedado las lágrimas por ese cochecito azul de colección, que tío Esteban guardaba en la vitrina de su living del departamento de Belgrano.
Se lo había pedido. Había rogado, suplicado.
Si apenas hubiera podido tenerlo en mis manos por un instante, hubiera sido completamente feliz. Así lo creí.
Ese pequeño juguete fue dilatando mi deseo en un anhelo de posesión absoluta, ansioso y creciente.
Sabés que no habría podido robártelo. No hubiera sido lo mismo. Lo quería, pero deseaba además que vos me lo dieras.
¿Por qué nunca lo hiciste? ¿Por qué jamás quisiste prestármelo ni por un minuto siquiera?
Imaginaba que podías tener todos los modelos, colores y tamaños. Llegué hasta a pensar que, si querías, habrías tenido el original de cada uno.
Me diste otras cosas. Aviones a escala, barcos antiguos, trenes que serpeaban su vapor por incontables metros de vía y otros coches, muchos. Juguetes carísimos y a veces exóticos de Shangai, Singapur o Yokohama; de Alejandría, Trieste o Nápoles; Amberes, Liverpool o Hamburgo, adonde viajabas durante meses y nunca pude acompañarte.
Soñé con ése pequeño fuego azul. ¿Sabías que me despertaba llorando muchas noches?
¿Alguna vez supiste que otras tantas lo hacía preguntándome porqué no querías dármelo?
¿Sabías que me lastimabas y que esa herida se agrandaba cada vez más?
Creía, bien se ahora que eso no era cierto, que mi cariño por vos hubiera sido perfecto si me lo hubieras dado.
Mucho tiempo, tal vez eras, tuvieron que pasar para que me prohibiera hacerte esa pregunta hasta que aprendí a no decir ni pensar en el porqué.
Me engañaba tratando de convencerme de que jamás te iba a interrogar otra vez.
Allá a lo lejos quedó mi cara caliente y mojada mirando la vitrina. Con mis dedos tocaba el vidrio, apenas lo alcanzaba. Esos centímetros que me faltaban para llegar hasta él se convertían en distancias inimaginables. Desde allí presentí desiertos tormentosos, montañas oscuras y mares interminables, sucediéndose unos a otros. Siempre.
No hay cosa que haya dejado de hacer para que supieras que lo quería.
Tu cara imperturbable de gesto lejano me confundía.
Llegué a pensar en un castigo, que yo era para vos una carga indeseable, o tal vez en el odio. Pero me demostraste luego que estaba equivocado.
Imaginé también que me veías malo. No, no fue así.
Y después crecí. Otros lugares, otros amores se sucedieron, pero en el fondo, después de todos mis días, de los meses que separan las primaveras de los otoños, seguí recordando ese cochecito azul que todavía está en la vitrina de tu living del departamento de Belgrano.