domingo, 9 de septiembre de 2007

23. ¿Sillón o diván?

Eran las cinco de la tarde y dudó bastante antes de entrar. No solo por la clase de persona con la que se encontraría allí sino por la otra persona con la que, en teoría, tendría que enfrentarse como consecuencia de todo aquello: él mismo.
El consultorio era bastante antiguo, las paredes incluso mostraban la pintura un poco descascarada y los muebles hacían juego con las paredes. Esperó sentado en un sillón en donde casi se quedó dormido–buena señal -se dijo –quiere decir que no estoy tan nervioso.
El Dr. Víctor Aguirre apareció por una puerta, delgado, de unos sesenta y cinco o setenta años, con el pelo blanco y cierto aire despistado. Se dirigió a él con una franca sonrisa.
-Martín pensó inmediatamente –este tipo no me va a ayudar… No me va a ayudar…. -Lo veía demasiado viejo como para entender su problemática de tipo de cuarenta años -en fin, veremos, se dijo resignado.
-Mucho gusto, Hugo me habló de usted –dijo el doctor.
-Ah, si. Muy considerado de su parte, gracias.
-Hugo es una gran persona y a veces atiendo gente que él me manda. Ya casi no tengo pacientes, ahora me dedico a mis nietos, son once, pero por favor, pase, póngase cómodo.
-Martín vio dos sillones enfrentados y un diván. Pensó – ¿Pretenderá que me acueste en ese diván?
-Venga, aquí –señaló con la mano el anciano médico, cosa que hizo que Martín mirara de reojo al diván.
-El Dr. Víctor le dijo, detectando la mirada y el significado -ese diván es donde descanso después de almorzar. A veces me quedo dormido con algún libro ahí.
Todas las paredes estaban ocupadas por libros, salvo por las ventanas y algunos diplomas académicos.
-Bueno, hijo, que lo trae por aquí.
-No se por dónde empezar.
-Siempre es lo mismo, por el principio o por donde se pueda, dijo condescendiente.
-Creo que estoy mal por la edad que voy a cumplir, por algunas cosas de mi vida que no he asumido bien y algunas rutinas que… bueno me molestan.
-¿Qué edad vas a cumplir?- Martín se sorprendió gratamente por el tuteo, pensaba que esta clase de médicos ponían mucha distancia con sus pacientes.
-Cuarenta.
-Vaya, edad. Se podría decir que es la mitad de la vida.
-Mientras hablaba, Martín notó que el hombre no lo hacía como repitiendo algo sabido sino como si fuera una especie de reflexión elaborada en el momento.
-Por favor contáme cómo es tu familia y lo que hacés.
Martín hizo un resumen de lo que le había preguntado el médico pero cuando habló sobre Lucía dijo que tenía “solo” una hija.
-¿Porqué decís “solo” una hija?
-Uf, este tipo sabe en donde meter la cuchara eh -pensó Martín –Ese es un tema sobre el cual le tendría que hablar también.
-No te preocupes, vamos por partes, le dijo sonriendo el doctor.
-¿Tus padres? Te preguntaba porque no mencionaste nada de ellos.
-Martín tardó algo en responder -No tengo.
-Ah -el doctor captó la mirada sombría de Martín y no dijo más sobre eso pero le preguntó otra cosa ¿Estás contento con tu trabajo?
-Eh, si… creo que si -Martín se dio cuenta de que no había sonado muy convincente -creo que ahora lo veo como algo bastante rutinario, a veces pienso en revisar algunas cosas… -Martín vio que sus rutinas no eran solamente laborales sino que iban bastante más allá y habían estropeado su relación con Mariana -En realidad pienso que hay algunas otras cosas que podría cambiar.
-El hecho de que estés aquí ya significa un deseo de cambiar y que lo hables con quien pienses que te pueda ayudar, también resulta positivo.
-Martín no tuvo más remedio que asentir a eso. Desde que había hablado con Mariana, la relación había cambiado sustancialmente, podía decir que estaba feliz en ese aspecto.
-Bueno, antes que nada, si te parece bien, quisiera que hiciéramos un psicodiagnóstico, le dijo el doctor.
-Nunca hice ninguno.
-No te preocupes, es algo que bien hecho muestra muchas cosas, está compuesto por una serie de test.
-El doctor le dio los datos de la persona especialista.
-Cuando tengas esto nos volvemos a ver. Va ayudar a que sepamos mejor lo que sucede. Mi función sería, siempre que vos quieras, acompañarte en parte del proceso pero el camino ya lo empezaste vos ye so es algo muy esperanzador.
- Martín perdió la noción del tiempo mientras hablaron.
-Cuando se dispuso a salir eran como las 20.30.
-Adiós doctor.
-Por favor, llamáme Víctor, Martín.
-En el camino a su casa Martín pensó que el tipo parecía saber lo que hacía y que él lo había prejuzgado. Se sentía extraño como si hubiera tomado consciencia del principio de algo. Ahora había que ver como seguía.
Nada tonto había sido el cura Hugo con la elección de la persona y es estilo, pero no quería adelantarse, por ahora estaba satisfecho.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

22. Caymanes y perfumes

Lo que Martín soñó era algo curioso: Una mujer, cuya cara no alcanzaba a distinguir, le decía: “Come on baby, come with me, come with…” -entrevió su cabello castaño oscuro, corto y recordó unos labios rojos enmarcados por un rostro muy blanco pero no logró captar las facciones que presentía jóvenes ¿Su madre tal vez? Tenía la sensación de que en ese sueño esa mujer le resultaba familiar y que él era un niño. No estaba del todo seguro de esto último pero ¿Por qué, su madre o, quienquiera que fuese la mujer del sueño, le hablaba en inglés?
Mariana lo saludó como antes, con el beso en la cara con espuma de afeitar. El le respondió con otro, olvidándose del jabón. Ella reía mientras se limpiaba la cara llena de jabón con una toalla. Desayunaron juntos en la cocina a la luz blanca de esa mañana de invierno.
Martín sabía que Eduardo estaría esperando que le contara lo que había pasado la noche anterior. Al llegar al estudio saludó a Celia, y ella en el acto comprendió que todo había salido bien. Pero saldría mejor con lo que había planeado para ese día y que no contaría a nadie. Se había encariñado con esos dos abogados que de alguna manera contribuían a llenar su vida, que por otra parte no estaba vacía.
-Hola gordo. –dijo Martín como si fuera un día cualquiera.
-Bueno… ¿y?
-¿Y qué?
-Mariana, vos…
-Ah si, estuvimos hablando de pintar el techo del garaje porque la humedad…
-Idiota.
-Ja, todo bien… Muchas gracias –Martín hizo algo inusual en él: abrazo a Eduardo a lo ancho de la maciza humanidad de su amigo, quien se quedó inmovilizado, aunque conmovido, ante semejante muestra de afecto no esperado.
Para cambiar de situación, con la cara más colorada de lo habitual, Eduardo dijo -Tengo un sobre con los papeles de Montevideo por lo de esa S.A. El Remanso.
-Ah si, dame a ver. Accionistas individuales: ninguno. 100% propiedad de Backwater Inc. con sede en Gran Cayman… Uf. La consabida sociedad off shore armada para pagar menos impuestos… y de paso hacer turismo en una isla paradisíaca. Dirección de Contacto P. O. Box 1865 GT Cardinal Avenue, George Town Grand Cayman…. Leyó un rato y finalmente dijo:
-Gordo, decíle a ese tipo de Montevideo si puede averiguar los contactos de Backwater allí, alguien tiene que haber.
-Dr. la Sra. Giménez de Lorea al teléfono –le avisó Celia.
-Martín quieren que venda, quieren ampliar el capital en un… quinientos por ciento. ¿Puedo llevarte los papeles a la tarde?
-Si, cuanto antes mejor, le paso con Celia para que agenden la hora ¿Bien?
-Ah, gracias, confío en vos…
-Martín notó el tuteo, que antes no había existido, pero no le dio importancia.
-Quinientos por ciento de aumento de capital, eso no lo había visto nunca. Representaba muchísimo dinero y era raro hacer una capitalización de esa manera.
A la tarde concurrió a su despacho Claudia Giménez otra vez con su hija, quien estaba feliz con una pequeña muñeca que parecía nueva, a juzgar por la caja. La mujer se veía recompuesta en comparación con la última vez que la había visto. Sin duda era bonita y la solicitud de ella hacia su hija chiquita ciertamente le daba un atractivo extra, pero no pensaba darle ninguna vuelta al asunto. Mariana le bastaba para alejar cualquier fantasía que se pudiera hacer.
-No tenemos opción, Claudia -dijo Martín- o compra usted o compran ellos.
-¿Quiénes son ellos? Mi cuñado no puede ser, no tiene con qué.
-No sabemos con certeza. Estamos tratando de averiguar pero nos falta información. De todas maneras tenemos una carta en la manga que pienso utilizar. ¿Tiene los papeles de comunicación de la opción de compra?
-Si aquí están.
¿Claudia, está dispuesta a vender su parte de las acciones?
-Si, si fuera razonable lo que ofrecen. No voy a regalar lo que mi padre logró en tantos años y mi marido ayudó a hacer crecer antes de morir. La verdad es que la relación con mi cuñado no tiene futuro, creo que es mejor así.
-Comprendo. Necesitaría ciertos datos, ¿Hay alguien dentro de la empresa en quien podamos confiar?
-Si, Anita era compañera mía del secundario, trabaja en compras.
-Bien. Por favor ubíquela en su casa, no en el trabajo, dígale que la voy a llamar yo.
-¿Algo más?
No, por ahora no.
-Bueno, creo que eso es todo, gracias.
Se fueron las dos acompañadas por Celia, que tenía una extraña sonrisa.
-Bueno -se dijo Martín- a trabajar con todos esos papeles.
Al otro día tendría que ver al psiquiatra. La idea le resultaba bastante incómoda pero estaba dispuesto a buscar ayuda como fuera.
Recordó el sueño de la noche anterior y quiso intentar despejar la duda con su tío Esteban.
-Hola Esteban ¿Cómo estás? Después de los saludos y de hablar sobre algunas cosas que tenían pendientes, Martín preguntó:
-Esteban ¿Mi madre hablaba inglés?
-¿Cómo?
-Que si recordás que mi madre hablara inglés.
-No, no sabía una palabra, pero hablaba muy bien francés ¿Por qué?
-No, nada, no tiene importancia.
Quedaron en comer todos juntos, Esteban insistió mucho en verlos a los tres.
Al anochecer llegó a su casa. Mariana lo recibió en la puerta otra vez. Al besarla lo notó y sonrió. Ese perfume en especial solo podía significar una cosa.

domingo, 2 de septiembre de 2007

21. Las dos caras – segunda parte.

Martín vio que Mariana había empezado a temblar y le colocó su chaqueta sobre los hombros. La tomó de la mano sin decir nada y fueron, escaleras arriba, al cuarto de los dos. Ella estaría más a gusto allí -pensó él- no como dos visitas en el hall de entrada de su propia casa.
Notó en esos ojos la sensación de desasosiego, de orfandad. Quiso abrazarla pero se contuvo.

-¿Te querés sentar?, le dijo él mientras se acomodaba sobre la cama.
-Buceando en esos ojos azules, ahora empañados y un poco enrojecidos, vio, de una sola vez, que lo que ella le había dicho era verdad. Se notaba, lo transmitía con todo su cuerpo, en sus movimientos, su silencio; la postura de sus manos esperando recibir algo… o a alguien. El había estado confundido y esa supuesta “parte de responsabilidad” que ella sugirió lo había sorprendido sobremanera. Jamás había visto las cosas así.
Entonces Martín le dijo: -Tenía pensado decirte todo de otra forma, pero lo de abajo fue… no sé que palabra usar… desconcertante… mente hermoso.
En estos días me pasaron muchas cosas ¿Sabés? Algunas de ellas inimaginables -recordó lo de Elena y lo que había hecho Eduardo -en realidad veo que fui muy tonto.
No tenía derecho a esconder qué estaba mal, que no sabía que hacer, pero es que yo tampoco lo entiendo demasiado, sigo sin comprenderlo del todo todavía.
-Mariana ¿Vos pensás que ya no te quiero? -Martín preguntó ansioso.
-Martín… decime vos…
-Siempre te amé. No hay otra mujer. Nadie. Nunca –hizo una pausa, no quería lastimarla con lo que seguía. Era ahora o nunca -Yo… de alguna manera pensaba que me elegiste porque Carlos…
-Martín… no… Yo te elegí porque quise. Ya antes de salir con Carlos me fijaba en vos. Pero bueno, a esa edad las cosas se confunden con facilidad. Me di cuenta que él no era para mi, aunque fuera el tipo que todas querían ¡A mi no me importaba! Me di cuenta que eras vos, desde ese momento nunca lo dudé. ¿Vos pensaste que…? ¿Por qué te valoras tan poco Martín? ¿Por qué no podés ver las mismas cosas que vi yo en vos?
-Él no supo que decir.
-Martín continuó -No dejo de quererte, es solo que comencé a verte de una manera diferente, como la contracara de lo que vos dijiste abajo, madre de los bebes, de lucía, ama de casa. Y mi Mariana, estaba como debajo de todo eso… No, no te estoy echando la culpa de nada. El paso del tiempo cambia algunas cosas y no supe darme cuenta. Soy yo y esa estúpida manera de no decir lo que siento la que me juega estas malas pasadas.
Me muero de vergüenza por decirte que no puedo no quererte más después de lo que acabás de hacer, de esa muestra de entrega, de abandono incierto en las manos de un tipo como yo. No te merezco Mariana, no te merezco y me odio por eso.
-Sabía la respuesta a lo que preguntaría a continuación, pero sentía la obligación de hacerla– ¿Querés… que sigamos o…? Yo si quiero y te prometo que…
-Mariana se acercó a él y lo besó de una manera que ya casi Martín no recordaba, muy tierna y dulce. Le pareció perderse en ese beso -¿Hace falta que te diga algo más? musitó ella acariciándole el pelo. Y estoy dispuesta a ayudar a éste tonto que no sabe expresar lo que le pasa.
-Martín quedó en silencio unos segundos, como saboreando lo que ella le había dicho.
-Después de lo que me dijiste allá abajo… Nada de lo que haga podrá igualar eso, estoy dispuesto a mendigarte que me quieras, porque no tengo derecho, ni es posible que el tiempo vuelva hasta esos años. Solo me atrevería a pedirte una parte nada más, que se parezca a lo de esa época.
-Se que soy hosco a veces. En realidad siempre fui así pero no es justificativo...
-Creo saber por qué sos así pero…las cosas son como son Martín y los porqués de eso nunca me importaron.
-Se miraron un rato en silencio.
-¿Seguís pensando que no te quiero? –Martín quería, necesitaba su respuesta.
-Ella le beso el cuello –Martín la abrazó, manteniéndola muy junto a él. –No me dejes -le dijo al oído en voz muy baja.
-No lo voy a hacer –dijo ella en el mismo tono de voz.
Se quedaron así, abrazados, un buen rato.
Mas tarde salieron a comer algo a un restaurante cerca de la avenida.
Hablaron de muchas cosas. Martín le contó lo que le había aconsejado Eduardo, ella lo alentó.
Pasó un chico vendiendo rosas, él le compró tres, con la timidez propia de un adolescente, lo cual hizo que Mariana se riera mucho, echando la cabeza hacia atrás, levemente inclinada hacia un lado. – ¡Cuánto me gusta cuando hace eso!- pensó él.
-Es una por cada día que no estuvimos juntos- le dijo.
Así, hablando, se hizo bastante tarde.

-No quiero volver a casa -dijo Martín.
-¿Porqué?
-Porqué no quiero que termine. Que no se termine esta noche.
-¿Qué nos impide que tengamos muchas de estas? O… mejores aún, le dijo Mariana.
-Nada- le contestó él, pasando suave y lentamente el capullo de una de las rosas por la frente, las mejillas y la boca de ella.
Los dos estaban agotados por la tensión de esos días y volvieron a su casa.
Así, cansados los dos, se durmieron. Ella con la cabeza en el pecho desnudo de él, pensando en cuánto lo quería y nada más. Él lo hizo diciéndose que Mariana era realmente una mujer excepcional y que quería hacer todo para que fuera feliz.
Esa noche Martín soñó y a la mañana siguiente lo recordó intrigado.

miércoles, 29 de agosto de 2007

20. Las dos caras - primera parte.

Martín no llegó a abrir la puerta cuando ya lo había hecho Mariana. Ella tenía una mirada serenamente extraña, como entregada a lo que le deparara ese anochecer lluvioso y frío. Se dieron un rápido beso.

Martín le dijo con calma -Quiero hablarte.
-Si yo también quería.
-Bueno, lo que…
-Esperá. No sé lo que me vas a decir pero te pido que por favor me dejes hablar primero a mí. –Lo iba a hacer sin importar las consecuencias. Necesitaba sincerarse y transmitirle lo que le tendría que haber dicho desde hacía tiempo. Mucho tiempo. Tal vez ya fuera tarde. Posiblemente quedaría como una idiota o una oportunista, pero –otra vez- se dijo que no le importaba.

Y Mariana dijo:

Te pido perdón, porque ahora soy consciente de que en alguna forma me fui alejando de vos. Entre los chicos y el trabajo, pasaste, sin haberlo querido, a otro plano. No se cuándo ni cómo empezó, no sabés cuánto me duele ahora que parece que ya es tarde y el daño hecho. Creo que yo te hice daño.
-Escuchame…
-Por favor, dejáme terminar.
Te voy decir algunas cosas no demasiado importantes que ahora te van a parece estúpidas pero igual me pareció que tenías que saberlas.
Quiero que sepas que te elegí y que nunca me arrepentí de eso, pero esa elección no tuvo mérito porque mientras más te conocía, más me enamoraba y mi libertad se quedaba chiquita al lado de cómo nos íbamos queriendo.
Estos días, haciendo memoria, tratando de ver cuándo había empezado a cambiar, a no darte lo de antes, de repente me acordé lo que me pasaba con vos hace unos años, antes de mi operación. Una mezcla agridulce de cariño, ansiedad, miedo a perderte, inexperiencia y alegría, todo al mismo tiempo.
¿Sabías que te espiaba cuando llegabas? Me escondía detrás de las ventanas para verte entrar y poder presentir ansiosamente tu beso, cariñoso, cansado, distraído, me daba igual, porque era tuyo.
Me sorprendía pensando durante el día qué estarías haciendo y me daba vergüenza llamarte para eso. Casi nunca lo hice y ahora sé que debí haberlo hecho. El trabajo desde la casa, con la pantalla y el teclado no me lo impedían.
Parecía que me hubieras embrujado. ¡Si cuando me tocabas me hacías temblar y yo como una tonta disimulaba para que no lo notaras! Me pasaba horas recordando tus manos grandes y fuertes en las mil maneras de acariciar que me inventaste. Alguna vez llegué a pensar que estaba loca por las cosas que hacía cuando te extrañaba y estabas de viaje; me quedaba en casa. A veces si me ofrecían salir, prefería estar sola... como velando, esperando tu vuelta.
Por momentos iba por los pasillos y presentía la colonia que usabas, y buscaba ese saco, esa camisa o ese pulóver y me quedaba ahí respirando aquella tela tuya. Me acostaba de tu lado de la cama, abrazaba fuerte la almohada y así me dormía.
-¿Porqué no traté de hablarte más, de comunicarme mejor, si sabía que te costaba muchísimo más que a mi? Qué tonta fui…
-Martín sintió el barullo de imágenes agitándose en su cabeza, tratando de pensar la forma de expresar lo que iba a decir, que parecía cambiar ante la oleada de emociones que subyugaban su lógica. Parado ahí en el hall de entrada, pudo ver los ojos brillosos por alguna lágrima contenida de ella, que sin embargo mantenía la vos serena y pausada.
-Te admire, te admiro. Admirar y querer llegaron a ser para mí lo mismo y no podía… no puedo… pensar en otra vida en la que no estés.
Sabés bien lo que lloré cuando supe que no iba a poder quedar embarazada otra vez. Nunca te dije que lo que más me dolió fue no poder darte gusto porque sabía lo que vos querías. ¡Las veces que hablamos de tener muchos chicos! Yo también lo quería y no te lo dije para que no sufrieras aún más.
Por eso surgió lo del Hogar de Tránsito. Tal vez eso fue bueno un tiempo pero también hizo que me distrajera de lo importante ¿Cuántos chicos pasaron por esta casa? Doce, recuerdo a cada uno. El amor que les diste a ellos ¡También me lo diste a mi! Lo llevo atesorado en mi corazón y nada ni nadie me lo podrán quitar.
-Hizo una pausa y finalizó diciendo -Te pido perdón otra vez. Pero ahora esto tal vez no tenga significado para vos.
Nada más -dijo Mariana abrazando sus propios brazos como sintiendo un repentino frío. Pasaron varios segundos, que a Mariana le parecieron los más largos de su vida, mientras Martín la miraba de una manera que ella se negaba a pensar que fuera real, esperando que tal vez él hablara.

domingo, 26 de agosto de 2007

19. Claroscuros

Seguía lloviendo. Ese lunes temprano, Martín vio a su médico. Inconscientemente, hubiera preferido tener “algo” que justificara

su estado, pero un poco de colesterol, que se reduciría con dieta o ejercicio no justificaba su estado de ánimo.
Antes de volver a la oficina compró algo en un local.
Llegó y saludó a Celia que le respondió con cierta cara de prevención.
Ah, hasta que apareciste –le dijo Eduardo.
-Buen día, hola, que hacés, cómo estás, tanto tiempo…
-No estamos para bromas.
-Qué pasa…
-¿Cómo “qué pasa”? ¿A vos te parece lógico lo que estás haciendo? -dijo Eduardo con una taza de café casi vacía en una mano, mientras cerraba la puerta del despacho de Martín con la otra.
Te desaparecés de tu casa, no atendés el teléfono. Te vas por ahí y a nosotros que nos parta un rayo.
-Martín intuía qué quería decir ese "nosotros". Caminó hasta la ventana y miró la plaza.
-Ya sabés que no estoy pasando un buen momento -dijo.
-Mirá enano. ¿Por qué tanta intriga? ¿Es la mujer esa la que te calienta la cabeza o hay otra?
-¿Qué…?
-Si, la viuda esa.
-Nada que ver.
-Entonces ¿Por qué no hablás? ¿Por qué no le decís a alguien qué carajo te pasa? ¿Pensás quedarte así y que todos sufran por tu culpa?
Y siguió: ¿Te parece que es fácil para una mujer llamar a otro tipo y decirle que no sabe lo que le pasa a su marido porque él no le dice nada? ¿Te gusta escuchar llorar a la mujer de un amigo pidiéndote ayuda por teléfono? No, el señor se desaparece, total, que su mujer piense que le meten los cuernos o que está loco. O que ella no le interesa más y que se vaya todo al diablo.
-Yo sabía…
-¿Qué sabías? ¿Que Mariana me llamó? Ella sabe pedir ayuda y yo no te lo iba a decir, pero buéh, ya está. ¡Qué querías que hiciera pobre, amenazarte con una pistola para que hablaras!
Eduardo fue levantando la voz. -¡Cuando yo estaba borracho por lo menos hablé con alguien para que me ayudara!, ¡La casualidad es que fuiste vos! ¡Pero se ve que fue eso, solo casualidad! ¿O es que no me hacés caso porque para vos sigo siendo un borracho? ¡En realidad sos un orgulloso arrogante que va a destrozar todo lo que tiene en su vida! ¡Y yo no te la voy a hacer fácil!
-¡Pará!
-La puerta se abrió de golpe. Era Celia –Eh… ¿Quieren algo? -dijo la mujer sin que le importara mucho la respuesta.
-¡Nada! -Contestaron los dos al mismo tiempo -Bueno, les traigo agua entonces -volvió a salir, con la cara casi sin colores.
-¡No pedís ayuda, siempre fuiste un soberbio, autosuficiente de mierda que cree que no necesita de nadie! -volvió a la carga Eduardo.
-¡Basta!
-¡Basta un carajo! ¿Quién te pensás que sos ahora? ¿Dios? ¡Sos un egoísta!, ¡Sos…un hijo de puta!
¡BASTA! –Martín se acercó a Eduardo con furia y lo tomó haciendo un revoltijo entre la camisa y la corbata, casi a la altura de su propia cara. No pudo moverlo más que unos centímetros y se aprestó a darle un derechazo.
-Eduardo, dejando hacer, pero con la respiración agitada, fruncía el ceño, y torciendo la cabeza, esperaba recibir estoicamente la recompensa de un puñetazo.
En ese momento Martín, con el brazo en alto y a punto de disparar el golpe, lo miró a los ojos y captó la escena en su significado.
Eduardo había hecho y dicho todo aquello para que reaccionara y ahí estaba él, a punto de partirle la cara por como lo había tratado y lo que le había dicho… algo de lo cual… bastante, era cierto.
-¿Y? ¿Qué estás esperando enano? –dijo Eduardo monocorde.
-Martín, lo soltó y mirando al suelo, luego de unos segundos, habló con un tono afable que desentonaba con el contenido de la frase – ¿Sabés que sos un gordo pelotudo?
-Bueno, ahora nos entendemos mejor.
-Martín sentado en su escritorio, se tapó avergonzado la cara. Celia amago a entrar con dos tazas. Eduardo le hizo una seña para que no lo hiciera.
-No te voy a considerar un maricón porque lagrimées un poco.
-Y Martín lloró como pocas veces recordaba haberlo hecho: en silencio, con la cara oculta en sus manos y delante de otra persona.
-No entiendo lo que me pasa. De verdad que no.
-Cuando se calmó, entró Celia con dos tes de tilo, que ellos no pensaban tomar, diciendo –¡Si no paraban iba a llamar a la policía pero antes iba a renunciar y les iba a hacer juicio por violencia psicológica! ¡A los dos!
-Ambos le sonrieron.
Eduardo sacó una tarjeta del bolsillo y se la dio a Martín.
-¿Quién es?
-El tipo que tenés que ver.
-¿De dónde lo sacaste?
-Tu amigo el cura Hugo lo recomendó. Ya no atiende, pero él le habló y te va a recibir.
-Mirando la tarjeta le dijo -No voy a ver a ningún psiquiatra.
-¿Empezamos de nuevo?
-Martín miró a Eduardo y recordó que esa misma situación, pero a la inversa, había sucedido en el mismo lugar unos años atrás y Eduardo había aceptado su consejo de ver a un psiquiatra…
-Si, ya sé enano, a mí también me costó en esa época. Probá. Si no parece servirte, veremos que hacemos.
-Bien –fue la lacónica respuesta de Martín que no estaba todavía del todo convencido.
Comieron algo afuera. La tarde pasó rápido.
-Tomá gordo, te había comprado esto para que no sigas engordando por no hacer más deporte -eran unas antiparras para nadar y un folleto del club de su barrio que tenía pileta de natación.
-Veo que al final, tan egoísta no eras -le dijo Eduardo burlonamente.
Más tarde, llevó a Martín a su casa en el auto. Ahora venía otra parte difícil e inevitable. Martín no sabía cómo podía terminar aquello.

miércoles, 22 de agosto de 2007

18. Segundo premio

Se despertó con dolor de cabeza e instintivamente, antes de abrir los ojos, estiró su brazo hacia el otro lado de la cama. Se incorporó con brusquedad. Mariana no estaba. Eran las once, estaba bastante oscuro, llovía. Habitualmente se despertaba más temprano. En realidad, los domingos ella lo despertaba.

La casa seguía vacía; volvió a acostarse mirando el techo. Sí que la extrañaba.
Se duchó, y con la máquina de afeitar en la mano recordó el beso que ella le daba aún con espuma en la cara.
Preparó la jarra entera de café, acostumbrado a la compañía de Mariana y de Lucía, pero esa mañana ellas no estarían.
Frente a su taza escuchaba el repiquetear de las gotas en la ventana, recordó lo que Eduardo decía en la época en que el alcohol lo tenía arruinado: “¿Porqué siempre lastimo a la gente que más quiero?” Ahora esa pregunta era suya.
El contestador marcaba que había tres mensajes, dos del día anterior y uno de hacía una hora. Los tres eran del mismo número: la casa de Eduardo. No quiso devolverle el llamado porque tuvo una imprecisa corazonada.
Al pasar con el auto por la estación vio a Elena que seguramente iba a tomar el tren. Fue bajando el vidrio del acompañante y le dijo -¿Para dónde vas?
-Ella forzando una sonrisa y tratando de evitar mojarse le dijo: -Al centro.
-Vamos, te llevo.
-Elena parecía cansada o por lo menos no tenía esa alegría natural que podía irradiar a su alrededor si lo deseaba.
-Veo que se mudaron.
-Si... todavía no arreglamos para que vengan a casa. Los quería invitar. Bueno, no se si vos vas a querer.
-La verdad es que, me gustaría olvidarme de aquello… -Los dos sabían que eso no era del todo cierto.
-Vos siempre tan comprensivo Martín -dijo ella con la mirada perdida en la lluvia que se desplazaba sobre el parabrisas.
Elena sabía parte del problema que habían tenido Martín y Eduardo en la época en que eran socios de Carlos en el Estudio. Carlos se había ido “cediéndoles” la parte de la oficina que tenían entre los tres y acabada de comprar con una hipoteca que figuraba a nombre de Eduardo, llevándose con él además al principal cliente. Eso hizo que los dos se quedaran algunos años bastante justos con el presupuesto y con muchas deudas. El problema del alcoholismo de Eduardo había empezado en esos años. La familia de él lo había pasado bastante peor que la suya, no solo por lo económico.
-Me acuerdo cuando me pasabas a buscar por casa con el auto de tu tío Esteban y mi hermano salía a la puerta a molestarte.
-¿Por qué me dice esto ahora? -pensó Martín.
-¿Sabés? Después de todos estos años no me olvido, tengo un hermoso recuerdo de cuando salíamos. Mirá, ¿Te acordás de esta crucecita que me regalaste para un cumpleaños?, todavía la sigo usando.
-Martín tratando de disimular su sorpresa, pensó –Hasta que decidiste dejarme por Carlos.
-Mariana te quiere mucho, yo lo se –dijo Elena de improviso.
-Ella notó el gesto de incomodidad de Martín. -Disculpáme, no pretendí molestarte, es que sos un gran tipo y bueno... Mariana tiene mucha suerte. Los dos se merecen.
-Martín dijo algo que pensaba pero que no hubiera querido expresar: -Este segundo premio lo sabe de sobra.
-Se dio cuanta de lo que había dicho y trató de arreglarlo con un: -Bueno, quiero decir que traté de estar a la altura y...
-Si, Martín entiendo todo, -Elena lo pescó al vuelo- vos no eras el segundo premio, que va. Mariana te eligió a vos de entre otros. Cuando empecé con Carlos ella estaba convencida de que eras el hombre ideal. Se dio cuenta… - Pero no terminó la frase.
-Martín se sorprendió aún más, porque siempre había creído algo diferente.
En esa época Carlos y Elena eran lo más populares de todo el grupo y que Mariana lo hubiera elegido a él, después de que Carlos la dejara, lo había hecho sentir como una especie de segundón, al que había aceptado porque el premio mayor lo había obtenido Elena. Carlos, el mejor jugador de su equipo de rugby, buscado por todas las chicas, siempre el ganador…
-Martín, me alegra mucho lo de ustedes, vos sabés que quiero a Mariana, me alegro también por vos, hacen una pareja fantástica. Nunca te lo había dicho.
-¿Y porqué me lo decís ahora? – dijo sonriendo Martín levemente.
-No sé, me pareció que tenía que decírtelo, le dijo mirándolo a los ojos.
-Bueno, gracias.
-De nada Martín.
Ella se bajó bastante antes de llegar a lo de Carmen.
Martín detuvo el auto unas calles antes de llegar. ¿Qué significaba lo que le había dicho Elena? Todo era bastante confuso.
Decidió volver. Ya de noche, llamó por teléfono.
-Hola Carmen ¿Está Mariana?
-Si, ya te paso, un beso.
-Hola Martín.
-¿Cómo estás?
-Bien ¿Y vos?
-Bien… ¿Volvés?
- Mañana… mejor mañana. Lo del bebe tampoco fue fácil sola –no había recriminación en su voz, extrañamente serena.
-¿No preferís que te vaya a buscar?
-No...
Tal vez fuera mejor en ese momento.
El quería que volviera, necesitaba que volviera. Tendría que juntar valor para hablarle y sabía que no le iba a ser fácil.
Se despidieron con un “hasta mañana”.

Mariana también había estado pensando, quería verlo. Se lo diría sin importarle lo que Martín pensara. Era la verdad.
Ella iba a hablar primero.

domingo, 19 de agosto de 2007

17. Equidistancias

Martín llegó a la costanera de Vicente López, huyendo de su casa, de Mariana, de todo. Dejó el auto en el estacionamiento de grava, casi no había gente, estaba nublado. Se sentó en el veredón
inclinado mirando a ese río sin fin. Solo escuchaba al viento y al agua, casi sin olas, acercándose y alejándose suavemente del borde. A lo lejos se veía un velero que un rayo furtivo de sol alcanzaba.

Cerró los ojos y trató de recordar esos momentos en los que había sido feliz. Los vio pero no pudo penetrar en ellos, no le era posible revivirlos. Era como si todo eso le hubiese pasado a otra persona, no a él.
¿Por qué se sentía solo si no lo estaba? ¿Qué era Mariana en su vida?
Cuarenta años, es lo que cumpliría en octubre. Y desde esa edad, mirando el pasado e imaginando el futuro, no podía ver ahora nada. Solo sombras coloreadas envueltas en una niebla de indiferencia o quizá fuera simplemente una momentánea impresión de lejanía.
Esas equidistancias terribles, brumosas, entre el pasado real y el futuro incierto le causaron mareo. ¿Así se sentía estar en la mitad de la vida, como caminando entre dos vacíos? No, no podía ser así.
Volvió a cerrar los ojos, la brisa fría desordenaba su pelo que ya había empezado a mostrar canas. Un chico jugaba con su padre por ahí con una pelota. Se sintió viejo, como si solo le faltara esperar la muerte inevitable por el transcurrir del tiempo. No tenía miedo de morir, era la sensación de no haber aprovechado con más intensidad su existencia lo que lo agobiaba.
¿Que había sido su vida? Vio, a través de sus ojos cerrados, a tío Esteban más joven y con la mirada perdida, a Elena sonriendo al sol… A una Mariana casi adolescente, a Lucía recién nacida. Su sufrimiento por aquella enfermedad de Mariana y él con Lucía chiquita de la mano esperando en el hospital; el problema con Carlos cuando se había ido del estudio. Se vio llevando, apoyado en su hombro, a Eduardo…borracho. Muchas otras cosas en una sucesión de imágenes pasadas que desfilaron frente a él como si tuvieran vida propia.
No se había quejado nunca, a pesar de que muchas veces le había parecido que llevaba algunas cargas demasiado solo. Ahora todo eso se le venía encima como la famosa piedra de Sísifo, pero que en este caso imaginaba que no se detendría en él, sino que lo aplastaría.
Recordó además caras de bebés y desde allí imaginó otros hijos suyos, sus padres llevándolo de la mano y unos hermanos sin rostro ni nombre. Otra mujer, otra casa, otro trabajo. Otra vida.
-Nada de eso existe –dijo en voz alta-.
-Mi papa dice que si -le dijo de repente el chico de la pelota que estaba parado a su lado desde no sabía desde hacía cuánto tiempo. No tendría más de seis años.
-¿Qué existe? Le preguntó Martín
-Mi papá me dijo que hay algo, como una magia que hace Dios, que si uno quiere las cosas con fuerza, al final las consigue -Martín miró por encima del chico y vio al padre que lo saludaba como pidiéndole disculpas por la supuesta molestia que significaba el chico.
-¿Y vos que querés? Le preguntó sin pensar demasiado.
-Yo quiero ser jugador de fútbol.
-Ah.
-¿Y vos?
-Martín se lo quedó mirando y no supo que responderle.
-Chau -le dijo el chico mientras se alejaba con la pelota, al escuchar el llamado de su padre.
-Adiós, contestó Martín en voz muy baja.
-Se examinó con insistencia: -¿Yo que quiero? En realidad no lo sabía. De lo que empezaba a convencerse era que la forma en que miraba su vida no lo llevaba a ninguna parte y tenía que hacer algo respecto a eso.
Se levantó y fue al auto. Había empezado a llover. Debía hablar con alguien.

Eduardo salió al jardín a tomar aire, respiró hondo dos veces. Estaba nervioso y no era para menos por el llamado que le había hecho Mariana. Levantó el vaso con ese empalagoso jugo sabor a manzana, estudiando su color y pensando. La poca luz del atardecer que las nubes lluviosas dejaban pasar, se filtraba por ese vidrio grueso, hasta que un repentino reflejo de faros de auto lo hicieron levantar la vista. Creyó reconocer al coche de Martín. Se adelantó a la calle y vio alejarse dos luces rojas en la lluvia.
Era Martín.
-Enano ¿Por qué te cuesta tanto hablar? No te animaste a verme -se dijo moviendo la cabeza con gesto negativo y cerrando la puerta detrás de sí.

Martín volvió a su casa. En el aparador vio una nota con la inconfundible letra de Mariana.
“Martín, no pude ubicarte, vino una pareja con alguien del juzgado para llevarse al bebe. Fui a acompañar a Lucía a lo de Carmen. Tenés algo preparado en la cocina. Tal vez me quede allí esta noche”. Notó la falta del beso de despedida en el papel, como era su costumbre, pero obviamente no podía reprochárselo.
Subió la escalera y fue a la habitación donde había estado el bebe. A pesar del poco lugar que el bebito había utilizado, se veía terriblemente vacía ahora. Toda la casa se veía muy vacía. Y se alegro súbitamente al darse cuenta de lo que echaba en falta.