miércoles, 12 de diciembre de 2007

50. La cola de la serpiente. Primera parte.

Lucía se había ido con su abuela Carmen. Su departamento era más seguro. Martín estaba convencido de que por el momento ella no era objetivo de nadie.

El papel de la caja fuerte era importante. Eduardo lo sacó de allí y se lo dio a Celia, que miraba de reojo las dos pistolas de tiro deportivo que allí guardaba y que a Martín no le gustaban nada. Ella lo llevaría, junto con otros papeles, a la caja de seguridad que tenían en el banco.
Sabía que la operación del Remanso no se llevaría a cabo. Claudia Giménez estaba al tanto y bastante preocupada. Pero todo lo que había pasado, lo de su hija, la velada a menaza de Carlos y lo que aún le faltaba saber, hicieron que quisiera continuar. ¿Qué papel tenía Carlos en todo esto? se preguntaba Martín, mientras lo llamaba por teléfono.
Después de los saludos de compromiso, él dijo –Carlos se acabó. No hay trato, se cancela la venta.
-Querés decir, por el tiempo que me pediste para pensarlo.
-No. No entendes. Se cancela definitivamente.
-Si es por el tema del pago, puedo hablar con Giménez para que acepte…
-Tengo un poder irrevocable por seis meses para la venta. Ella ahora está fuera de esto, en todo caso deberías seguir hablando conmigo pero no. No es por el tema del pago. Si ofrecieran diez veces el valor acordado sería rechazado igualmente. No queremos tratos con ustedes. Vamos a designar un administrador para que represente los intereses de la Sra. Giménez.
-Pero… ¡Vos no podés hacer esto!
-Si podemos y lo estoy haciendo. Avisale a tus mandantes.
-Martín. Te vas a arrepentir…
-Si, tenés razón. Ya me arrepentí de haber empezado a hablar con ustedes.
-Aunque no lo creas, esto no va a quedar así.
-Ya lo sé. Que sigas bien.
Ahora vendría la reacción. La tormenta, quién lo sabía.

En la fábrica vacía, mientras tanto: ¡Podemos haber sido tan estúpidos! ¿Y quién lo tiene?
-El tipo ese, por lo menos lo dicen los de Montevideo, solo vieron una parte que tenía él pero no todo. No el más importante.
-Me está hartando, ya me cansó. Avísenle al Beto que se lo traiga…como sea.

Al otro día por la mañana, dos autos vigilaban la casa de Martín.
Cuando él salió de allí, uno de los dos coches se puso en marcha y esperó. Cuando Martín llego, curiosamente, al mismo lugar en donde el aquel tipo había atrapado a Lucía, el auto se acercó y bajó el vidrio.
-Martín.
-Ah, Ortega, cómo le va.
-Quisiera que me acompañara a la comisaría, tenemos al que atacó a su hija. Está diciendo cosas y queremos que usted las oiga –le dijo el policía.
-Martín miró el reloj y recordó que esa mañana no tenía compromisos o reuniones más que el habitual trabajo de escritorio con papeles. El Remanso y todo eso. Le parecía algo un poco raro pero estaba dispuesto a seguir aquello.
Subió del lado del acompañante y enfilaron para el norte, hacia la comisaría.
En cierto lugar, una calle bastante tranquila, el auto se detuvo a media manzana. -Bueno Martín, Lo lamento. No vamos a la comisaría –dijo el hombre mientras sacaba de la nada y con su mano derecha, una pistola nueve milímetros.
-¿Las casualidades no existen verdad? -dijo Martín sin miedo.
-Ya le dije ayer que no pero ahora las preguntas las hago yo.
-¿Dónde está el papel?
-¿Qué papel? Preguntó Martín, sabiendo exactamente a cuál se refería.
-El que tiene los nombres y los números.
-Ah, ese. Está bien guardado. No queremos que se pierda. Además hay varias copias. Le puedo dar una si quiere…

-Creo que no está en condiciones de hacerse el gracioso conmigo.
-¿Quién le paga? ¿Para quién trabaja? ¿Quiénes son esos tipos?
Nunca pudo imaginar que la reacción de la gente del Remanso podía haber sido aquella. Brutal y contundente.
Mientras preguntaba todo eso, otro hombre se acercaba al auto y subía al asiento de atrás.
Martín, al verlo llegar, lo reconoció inmediatamente. Era el tipo que lo había llevado por delante con la moto en Montevideo. En ese momento comenzó a sentir un poco de miedo. Esto quería decir que lo venían siguiendo desde hacía rato. Pensó en Mariana que momentáneamente estaba sola en su casa… No tenía como avisarle nada y sintió más miedo aún.
-Veo que me reconoce. Aquella vez, solo pude tirarlo al piso, ahora puedo hacerle mucho más –dijo el tipo con una ladeada y falsa sonrisa.
Martín atinó a decir -ese papel ya lo vieron más de seis personas ¿Se los van a llevar a todos?
-Queremos el original, no las copias ¿Dónde lo tiene? Si me lo dice lo soltamos, si además promete callarse la boca, por supuesto.
Martín pensó que esa hoja era una especie de seguro, para él y su familia. Mientras el maldito papel estuviese seguro, ellos también lo estarían -¿Usted cree que se lo voy a dar así nomás? - dijo.
-Mire, usted no sabe con quien se metió, yo solo soy alguien que se gana la vida con esto y nada más. El otro tipo estaba muy impaciente atrás y había sacado su pistola también. -¡No oye lo que le dicen! ¡Díganos ya mismo dónde está ese papel!
Martín absorbió rápidamente la situación de peligro, ya tenía la camisa empapada y las manos pegajosas. El seguro del auto estaba colocado, no tenía posibilidades de escaparse. Además, el vidrio oscurecido impedía toda visión desde el exterior.
Esos tipos eran la cola de la serpiente cuya cabeza, vaya a saber quién o quiénes eran y lo que hacían.
-No se los voy a dar. Salvo que me den garantías de que van dejarnos en paz.
-No, no se las daremos -dijo el hombre de atrás. Con la culata de su pistola, le dio un golpe en la nuca que inmediatamente hizo que Martín perdiera el conocimiento.
-¡Pará animal, podés haberlo matado! -dijo Ortega, también conocido como “Beto” para esta clase de trabajos.
-A mi me ordenaron que lo llevara, pero no me aclararon si vivo o muerto –dijo el tipo riéndose.
-Un pequeño hilo de sangre salía desde algún punto de la cabeza del cuerpo que había caído hacia a delante, al lado del acompañante.

domingo, 9 de diciembre de 2007

49. Vértigo.

Por la ventana del escritorio de Martín, en el piso de arriba de la casa, se veía la calle bordeada de Tipas. El cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes pero muy luminoso. Allí estaban reunidos los cuatro. Había muchos recuerdos en aquella habitación, fotos y cosas que habían ido juntando con los años. El sitio era muy acogedor. De la reunión participaba Mariana que estaba allí por un motivo preciso. Ernesto, con los papeles desplegados sobre el escritorio, no paraba de hacer anotaciones en un block.

-Solo quiero saber si Lucía está segura y si esto va a volver a pasar. Me respondes eso y me voy –preguntó Mariana no sin ansiedad.
-Creo que no va a pasar, en realidad, querían advertirme a mí y la usaron a ella. Es por ese cliente que tenemos…
-¿Martín, vale la pena todo esto? –dijo ella mirándolo profundamente a los ojos.
Se quedó pensativo. La seguridad de su familia no era algo que pudiera arriesgar. –Mariana, creo que sí. Hay algo gordo detrás de esto y en lo personal creo que vale la pena. No es simplemente un asunto profesional más. Por estos días, de todas maneras, vamos a tomar ciertas medidas. Pero igual quiero que lo decidamos entre los dos. Si vos me decís que lo deje, lo dejo.

No demasiado lejos de allí, en una fábrica cerrada, se desarrollaba el siguiente diálogo. -¿Crees que el abogadito ese recibió el mensaje?
-Me parece que no, a nuestro hombre lo sacaron de la escena muy rápido. Ahí hubo un error de coordinación. No se si la hija le alcanzó a decir exactamente lo que queríamos que repitiera.
-Ya no importa, ahora mira lo que tengo. El hombre desplegó algunas fotos sobre un escritorio de madera.
-¡Qué interesante! ¿Qué hace este tipo en Buenos Aires? El custodio de los Jaramillo Andrade… Estas fotitos valen oro en polvo… Si está éste tipo… ¿Cómo se llamaba el cabrón? Creo que Francisco algo. Los patrones los odian a todos, lo escuché muchas veces. Y ese odio cotiza alto.
-¿50.000?
-Mucho más, te diría que el doble.
-100.000 dólares no está nada mal por unos… digamos media hora de trabajo, más la inteligencia previa, por supuesto. Nada que no hayamos hecho antes por mucho menos.

-Si me garantizas que a Lucía no le va a pasar nada por mí no hay problema.
-No solo es ella quien me preocupa.
Eduardo le hizo una seña a Ernesto –Nos vamos a tomar algo a la cocina. Permiso.
-Mariana, si no creyera que esto es importante no te lo pediría. Tenía pensado que ustedes dos se fueran a otro lado, con Carmen o… se me ocurrió otra cosa, pero preferiría dejarla para un caso estrictamente necesario.
-Bien. Martín, confío en vos. Si creés que vale la pena, adelante.

Mas tarde, Martín, Eduardo y Ernesto revisaban los papeles que habían llevado.
-Estos nombres estoy seguro que son importantes y los números también.
-Si Ernesto, ya te lo escuchamos –le dijo Eduardo, pero no tenemos nada más que tu pálpito.
-Eduardo, creo que Ernesto tiene razón. En veinte minutos llamamos al tipo de Montevideo. Nos dijo que lo hiciéramos a este número y a esa hora. Pero vamos a hacerlo desde otro lado.
Cuando salieron, Mariana les subió algo para comer. Ella sabía que no habían probado bocado desde temprano.
-Tenés cara de cansado -le dijo ella a Ernesto.

-Estos números me marean. Hace días que los miro tratando de entender lo que pueden significar. Ernesto tenía una fotocopia del papel con los números y los nombres. El original, junto a los de lo demás, estaba en la caja fuerte del estudio.
-El maravilloso mundo de los números. Si te puedo ayudar en algo…
-Son éstos.
-Cien –dijo Mariana.
-¿Cien qué? Le dijo Ernesto.
-Esos tres números suman cien.
-¿Cómo?
-Si, cien exacto. Se ve de un vistazo. Bueno, yo lo veo, soy Analista de Sistemas. Muchas de las cosas que hago tienen que sumar siempre cien. 35, 40 y 25, los tres suman eso.
A Ernesto se le iluminó la cara. -¿Qué podrían ser?
-Se me ocurre que podrían ser porcentajes…
En ese momento entraron Martín y Eduardo.
-Ernesto, tenías razón. Ese papel es importante porque se lo olvidaron los tipos que inscribieron la sociedad en el registro uruguayo. Esos nombres y esos números son una pista.
-Mariana dice que son porcentajes.
-Permiso… Ah, ahí tienen algo de comer -dijo ella escabulléndose. No quería saber de que estaban hablando. Los tres le dieron las gracias.
Martín lo pensó -Es posible. Si… Pueden ser… ¡Porcentajes de participación en El Remanso!
-Pero los que figuran en los papeles del registro son otros… -dijo Ernesto.
-¡Pero estos serían los dueños reales de cada parte! ¡Esos tres son los verdaderos dueños del Remanso!
-Y lo ocultan con los prestanombres uruguayos. Si, se suele hacer. Generalmente son jubilados, sin actividad económica, o gente muy humilde a las que se les ofrece pagarles algo para que acepten figurar. Casi nadie se resiste, se paga bien. Ellos no tienen idea para que se utilizan esas sociedades. Bueno, nosotros en este caso tampoco… -dijo Eduardo
Martín finalmente contestó –Creo que pronto lo vamos a saber.

¡Hicimos negocio! Y por 200.000, sólo para empezar.

-¿Por qué a ella? ¿Qué tiene que ver?
- ¿Es la mujer del tipo, no? Además que nos importa. Nos ocupamos del “paquete”. Nos llevamos nuestra parte y a otra cosa.
-No va a ser fácil.
-Solo hay que esperar un descuido, un pequeño descuido. Además no están advertidos.
-¿El auto que vigila al abogado sigue ahí?
-Si, claro, como todos los días.
-Además fuera de toda sospecha. Muy conveniente.
-Brindemos por la prosperidad de nuestro lucrativo negocio.
Los dos hombres chocaron los vasos de whisky para brindar por el nuevo crimen que cometerían.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

48. El mensaje.

Ningún auto pasaba. Media cuadra antes de llegar a su casa Lucía pensó que lo único que le quedaba por hacer era gritar. Comenzó a llenar sus pulmones pero antes de que pudiera emitir sonido alguno el hombre se le abalanzó, tapándole la boca. Con la otra mano la dobló el brazo izquierdo por detrás de la espalda.

-Quedate quieta muñequita y no grites. Por ahí vivís para contarlo.
Lucía trató de pensar rápido para que no le ganara el pánico que se había apoderado de ella. No se le ocurría que hacer. Estaba a media cuadra, solo a media cuadra…
-¿Con que ésta es la nena de papá? Bastante linda había sido… Antes de que terminara la frase escuchó la bocina de un auto que se acercaba.
Lucía respiró esperanzada. El hombre vio acercarse el auto, la soltó empujándola bruscamente contra la pared y corrió hacía el alambrado que separaba la calle de las vía del tren perdiéndose en la oscuridad.
El auto de la bocina se detuvo.
A Lucía comenzaron a temblarle las piernas. Se sentó en la vereda pegando su espalda a la pared de una casa que conocía bien. Estaba a metros de la suya y había pasado por allí mil veces. Estaba mareada, tenía ganas de vomitar.
-¿Estás bien? Le dijo el hombre que bajó del auto
-Si –es lo que pudo decir ella.
-¿Te lastimó, te robó?
-No, no… todo fue muy rápido… yo…
-¿Dónde vivís?
-Ahí, en la casa de la esquina.

Ya en la casa, el oportuno auxiliador se identificó como policía. Antes de dejarla ir le pidió que relatara varias veces lo que había pasado y lo que el hombre le había estado diciendo. Ella le respondió cada vez, que le había dicho que era linda y nada más. Mariana la acompañó a su cuarto y se quedó con ella. Hubiera querido sermonearla por no hacerle caso pero obviamente no era el momento.
El policía se identificó ante Martín como Norberto Ortega, extendiéndole su placa y una tarjeta de visita. No era muy alto, tenía alrededor de cincuenta años, y uno de esos bigotes entrecanos estilo cepillo que a algunos viejos policías les gustaba usar.
-¿Qué hace un Federal acá en provincia? –le preguntó Martín.
-Vigilamos las estaciones de tren, que son jurisdicción federal ¿No nos vio allí?
-Si. El tipo que atacó a mi hija ¿Era un ladrón o un maniático?
-No lo sé. Casi no lo pude ver y su hija mucho no nos dijo.
-¿Cree que volverá?, es decir, ¿Mi hija está asegura?
-Miré, le puedo conseguir protección, por lo menos por un par de días, de la policía de la provincia.
-Podría ser. Pero igual mañana quiero hacer la denuncia. Usted va a venir conmigo ¿No es así?
-Eh… si. Sería lo correcto.
-Agradezco la casualidad de que usted pasara por allí en ese momento.
-Las casualidades no existen. Se ve que tenía que pasar por allí en ese preciso instante.
-Supongo que si.

Al otro día Martín le dijo a Mariana que no dejara a Lucía ir a la Facultad. Ella decía estar bien y no tenía miedo. Había escuchado casos terriblemente peores al suyo. Y la había sacado muy barata…
Luego de hacer la denuncia, que el policía de turno tomó en una máquina de escribir mecánica, con hojas y papel carbónico que Martín había llevado, volvió a su casa. Lamentablemente tendría que regresar por la tarde con Lucía para ratificar y completar la declaración.
El policía federal lo acompañó y aportó su parte a la denuncia.
-¿Cómo estás? –le preguntó Martín a su hija.
-Bien, aunque hubiera preferido ir a la facultad para olvidarme de esto.
-Solo por hoy chiquita, a la tarde tenemos que ir a la comisaría.
-Papá, tratando de acordarme bien de lo que pasó, el tipo ese de ayer dijo si yo era “la nena de papá” y además agregó de una manera rara ”bastante linda había sido”, refiriéndose a mi, como si me conociera de antes… o como si te conociera a vos.
Martín entendió pero no dijo nada. Aquello había sido un aviso para él… a través de su hija… Se puso pálido. El Remanso…
-Papá ¿Te pasa algo?
-Si, me preocupas vos. El sabía bien que eso no era del todo cierto.
Pero faltaba algo más todavía.
Mariana apareció por la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano derecha con cara de no entender demasiado –Es Carlos… -le dijo como preguntando muchas cosas, pero sin decir nada más.
-Ah… dijo Martín
-Hola Martín.
-Hola.
-Disculpame pero, no te encontré en tu estudio, quería decirte que en la empresa están preocupados porque aún no se cerró el acuerdo.
-Ya veo.

-Deberíamos firmar esos papeles cuanto antes y acabar con el asunto.
Martín, no tenía energías ni estaba con todas sus luces encendidas esa mañana y le respondió –Perdoname Carlos, no entiendo. En la reunión quedamos en que ustedes debían considerar el pedido de mi cliente y que luego hablaríamos. Creo que…
-Mirá Martín, no aceptan cambiar nada… firmen de una vez.
La frase sonó aún más categórica por su contexto que por el tono empleado.
Martín prefirió por el momento dilatar el asunto y le dijo –Dennos un poco de tiempo.
-Ya no hay mucho. Preferiría que todo se hiciera por las buenas….Vos me entendés, sin líos de Tribunales…
Para salir del paso dijo –Lo voy a hablar con la señora Giménez.
-Si. Por favor –las palabras sonaron como una velada y extraña súplica.
Tenía que pensar. Todo se había puesto aún más turbio, pero por eso mismo algunas cosas empezaban a cerrarle. Ayer una durísima advertencia y hoy una amenaza. Ya no tenía dudas de que lo de Lucía había sido eso, una advertencia. ¿Quiénes eran esos tipos?
Llamó por teléfono y habló con Eduardo que estaba al tanto de todo. Le pidió que viniera con lo que tenían del Remanso y que se trajera también a Ernesto.
Lucía no le había hablado a su padre de la cadena con la rosa de plata esmaltada, regalo de su tío Esteban, que había perdido mientras se escapaba del tipo aquel.
No sabía cómo se arrepentiría unos días más tarde por no habérselo contado.

domingo, 2 de diciembre de 2007

47. Balance callejero.

Casi a mediodía, caminaba por la calle Montevideo pensando en todo lo de esa mañana. Había leído el listado de precursores químicos que le preparó Ernesto y luego se comunicó con Ana, la amiga de Claudia Giménez que trabajaba en la contaduría de la empresa, con la que ya había conversado en otra oportunidad. Según le dijo, algunos de los componentes se compraban, otros se fabricaban allí, pero le aseguró que era normal lo que entraba y lo que salía respecto de la producción y le dejó entrever, sin decírselo abiertamente, que había sobrefacturación en lo que vendían. Martín tomó precauciones para que esa conversación no se realizara desde teléfonos que alguien pudiera conocer. La mujer era discreta. Le aseguró que no había forma de que ella no supiera si había algún cambio en los procesos de producción que siempre implicaban grandes gastos y que hasta el momento no se habían producido. Además ella le dijo que tenía gente de confianza en la planta, con lo cual había podido comprobar que lo visto en los papeles, tenía su correlato en la realidad. Desde ese punto de vista podía quedarse tranquilo pero… igual había algo en todo aquello cosas sin explicación y no se detendría hasta saber que diablos estaba pasando.
Ernesto estaba casi obsesionado con lo del Remanso. Le insistía especialmente en que le permitiera averiguar qué significaba el papel manuscrito con aquellos nombres y números. Pensaba que probablemente significaran algo que les ayudaría a entender a esa sociedad uruguaya. Le pedía que le permitiera hablar con el hombre de Montevideo. Él le había dicho que esperara. Además el tipo no era fácil de encontrar en los lugares habituales. Recordó que le habían revuelto la oficina y que estaba un poco asustado la última vez que habló con él.
En realidad, Ernesto era bastante intuitivo. Le haría caso y llamaría a aquel hombre.
Al pasar por la puerta de la Iglesia frente a la plaza, ya antes de llegar, vio el aglomeramiento de gente. A llegar se dio cuenta de que una mujer de unos sesenta años era abrazada por otra, que parecía querer consolarla. La cara cubierta de lágrimas. Al mirarla a los ojos lo sintió. Una extraña sensación, como si aquella mujer le hubiera traspasado parte de su dolor. En pocos segundos pudo vivir la sensación de soledad en el sufrimiento, de pérdida de sentido de la vida. Había perdido a su marido y no encontraba consuelo. Probablemente lo aceptaba y creía que aquel hombre estaría gozando de una vida mejor, la asistencia a aquella ceremonia así lo sugería, pero ¿Qué llenaría esa parte faltante de si misma? ¿Qué sería de ella, ahora que estaba sola? ¿Cómo podría vivir los días que le quedaban sin ese hombre que había amado tantos años?
En su interior, Martín también captó el peso de todo ello y trató de contener las lágrimas que intentaron brotar naturalmente.
No pudo dejar de sorprenderse, mientras bebía de esa tristeza que misteriosamente compartía con aquella pobre mujer. El dolor de aquella alma era único pero él misteriosamente también lo vivía.
Se dio cuenta que ese clase de sufrimiento no se remediaba fácilmente. Era el desamparo del momento lo que más pesaba, no se podían evitar, ni transferir.
Pero allí estaban ellos, dos perfectos desconocidos compartiendo una pena. Pensó en detenerse y saludar a modo de consuelo a aquella mujer. Podía hacerlo, pasar por un conocido más pero, no, no tenía sentido, no la conocía; ella podía pensar que se había topado con un loco o quizás un ladrón.
Pasó de largo pegado a la pared y esquivando a la gente. Su puño izquierdo, tenso, rozó el acabado símil piedra del paredón perimetral del templo y se raspó, en donde acaba el dedo meñique y comenzó a sangrar. Buscó de un bolsillo un pañuelo para limpiarse.
Caminaba por un lugar por el que habitualmente no pasaba, conteniendo lágrimas y tratando de limpiarse una lastimadura que no le dolía, a diferencia de todo lo otro que estaba experimentando.
La encrucijada por la que pasaba aquella pobre mujer, no era suya, pero podía comprenderla. Se puede compartir la alegría, un beso, un pedazo de pan… pero no esa clase de dolor.
Si bien había perdido a sus padres y recientemente a Esteban, el padre que nunca tuvo, había estado cerca de perder a quien más quería, a Mariana, en aquella época de su enfermedad. Pensó que no podía soportar siquiera la idea de no tenerla.
Martín nunca olvidó a aquella mujer y no sería la última vez que le pasarían cosas como esa.

El tiempo le había pasado volando y no se dio cuenta de la hora. Salió de la biblioteca de la Facultad de Derecho de la UBA a las ocho de la noche. Ernesto ese día no cursaba materias y tenía que irse a casa sin él. Fue a Retiro a tomar el tren. Su madre le había advertido de no hacer sola el trayecto que separaba la estación de su casa. Lucía pensó que por una vez que lo hiciera no pasaría nada. Bajó del tren y caminó por la arbolada y fría calle que la llevaba directo a su casa. Por si acaso, miró hacía todos lados sin ver a nadie. No había gente, solo algún esporádico auto. Antes de llegar a la segunda cuadra creyó escuchar un ruido, como una tos humana, pero luego pensó que podía haber sido un perro. A la cuadra siguiente sintió pasos y vio una sombra entre la hilera de árboles que bordeaban la vereda. Apuró el suyo. La persona que parecía seguirla y que se escondía hizo lo mismo. El corazón empezó a latirle más deprisa y le vinieron a la cabeza las recomendaciones de su madre.

Caminó más rápido, se dio cuenta de que si no corría, quien fuera el que la seguía, terminaría por alcanzarla. Cambió su mochila de hombro y ésta se engancho con la cadena de la rosa blanca que había recibido de su tío Esteban, la que en ese instante se cortó y cayó a la vereda. Aminoró el paso para recogerla pero al darse vuelta sintió el terror de ver a un hombre, a unos treinta metros, que sonreía en la semi penumbra, caminando hacia ella. Volvió a apurar el paso, solo le faltaban dos cuadras para llegar. Tenía que correr. ¿Por qué no le había hecho caso a su madre? Ya era tarde para acordarse de lo que debería haber hecho. Corrió, pero el hombre estaba detrás, no muy lejos. Trató de sacar las llaves del bolsillo. Respiraba entrecortadamente, no sabía si por el susto o la agitación de la corrida. Pensó en sus padres, en Ernesto…
Le faltaba una cuadra para llegar y por eso supo que nada de lo que hiciera podía evitar que aquel hombre la alcanzara.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

46. Entre copas.

El coche de la embajada llegó puntual, a las ocho y treinta de la noche.
Martín estaba listo desde hacía rato pero Mariana no terminaba de arreglarse.
-Si no te apuras te doy un beso y te estropeo el maquillaje –le dijo él con pretendido enojo.
Después agregó -estas hermosa. Ella se había hecho un peinado alto que dejaba al descubierto su cuello blanco y de piel tan suave.
-Ayudame con el broche -así lo hizo y aprovechó para besarle justo donde apoyaba el collar. Ella giró para besarlo pero se dio cuenta de que efectivamente tendría que pintarse otra vez y, entre risas, le dijo -vení que te arreglo la corbata.
El chofer que esperaba en la puerta del auto era Francisco, el custodio de Sonia.
-Pero qué sorpresa, le dijo con un saludo Martín.
-Yo me ofrecí. La señora tiene quien la cuide en este momento.
-Bueno, muchas gracias.
En el salón de la embajada había aproximadamente cuarenta personas. Inmediatamente el coronel Alberto Jaramillo de Andrade y Sonia su mujer, se acercaron a saludarlos, luego, dijo –vengan por favor, quiero presentarles al embajador.
-Después de las presentaciones de rigor, el embajador hizo el comentario obligado -Vaya que su esposa se parece a Sonia, Martín.
-Si, ya nos lo han dicho varias veces dijo ella –inmediatamente, Sonia llevó a Mariana a presentarle a la mujer del embajador y a otras personas que estaban allí.
La conversación derivó del agradecimiento por la acción de Martín a la situación de Colombia. El embajador siguió hablando con otros grupos.
El Coronel y Martín charlaban con el Cónsul. En ese momento, se incorporó al grupo un empresario, presidente de una fábrica mediana de productos químicos.
-Cómo le va –lo saludó el cónsul.
-Muy bien, hace tiempo que no nos veíamos.
-Si, la última vez hablamos de los químicos de su empresa en nuestro país….
-Mire, nosotros no vendemos precursores químicos a Colombia. Lo que hagan los compradores, es asunto de ellos –dijo seriamente el hombre.
-¿Sabía que han aumentado los ingresos de tambores con los químicos que usted fabrica a nuestro país? De contrabando, por supuesto.
-No, no lo sabía.
-Martín miraba y escuchaba todo en silencio pero con cierta tensión.
-¿Pero no sabe acaso que lo que usted vende a esas “compañías internacionales” termina es Colombia?
-Eso no es problema mío. En todo caso deberían controlar más sus fronteras…
-Claro es cierto- dijo el cónsul con ironía- usted no tiene porque saber que Haití tiene una casi inexistente industria química. Si lo supiera no vendería a esas “empresas” que después envían todo a Colombia triangulando los embarques.
-El negocio también pasa por la exportación, pero no puedo saber que hacen los que compran los productos.
-Claro, lo comprendo –dijo el hombre mirándolo fijamente a los ojos.
-Con permiso –dijo finalmente el empresario que comenzó a alejarse con su copa de Chanpagne.
-Tal vez alguna vez sus hijos consumirán drogas procesadas con sus propios productos químicos… -dijo el cónsul a Martín y al Coronel. Mientras se retiraba agregó: -estos empresarios solo ven una cosa...

-La verdad es que no entendí ese diálogo– le dijo Martín a Jaramillo de Andrade.
-¿Sabía usted que su país es uno de los principales productores de precursores químicos para el procesamiento de drogas de toda América latina?
Y continuó: algunos empresarios hacen sus ganancias sin saber lo que representan los billetes que reciben: vidas destrozadas por la droga, sangre, muerte. Es cierto que no son los únicos que intervienen, pero parte de responsabilidad tienen. Digamos, una responsabilidad, por lo menos de tipo social. Solo les pedimos que sean más cuidadosos.
-No lo sabía. Pero ¿Cuáles son esos químicos de los que habla?
-La lista es larga, pero los más conocidos son el ácido clorhídrico, el sulfúrico, la acetona, el amoníaco y muchos otros.
A martín se le cruzó una idea como si fuera un destello y preguntó ¿Podrían utilizarse productos que comúnmente se emplean en la fabricación de detergentes o jabones como precursores químicos?
-Si claro, que si -fue la demoledora respuesta del coronel.
Martín se quedó pensando en eso.
-¿Lo pregunta por algo en especial?
-Curiosidad –dijo sin mentir.
-Tratamos de impedir que esos productos lleguen a las manos equivocadas. Ustedes tienen un registro de precursores químicos creado por una ley, pero a veces cuando salen del país… nadie sabe como van a parar al nuestro o a Bolivia.
-Ya veo.
Hace poco en Colombia participé en un operativo en donde destruimos varias toneladas de esos productos en una localidad del centro este del país… Playa Rica… murieron varios camaradas atacados por sorpresa. Ellos tuvieron varias bajas también.
-¿Quienes son “ellos”?
-Las FARC que protegen a los narcos a cambio de dinero, drogas, armas o todo a la vez. Parece que allí murió un hijo de algún jefe y… bueno, me la han jurado. Por eso estamos aquí con Sonia. Me enviaron para alejarme de todo eso. Bueno, hasta ahora parece que lo lograron –dijo, como hablando para si mismo.
Mariana estaba pasando una buena noche, parecía llevarse bien con Sonia y quedó en que la acompañaría a un médico especialista en algo que Martín no entendió bien.
A eso de las once menos cuarto, los dos llegaron nuevamente a su casa en el auto de la embajada.

Otro coche, distinto al del día anterior, los había seguido e incluso tomado algunas fotos del auto y de Francisco. Les llamó la atención la patente diplomática.
Martín no veía la hora en que pasara aquella noche y hacer algunas averiguaciones sobre qué clase de productos se utilizaban en la fábrica de su cliente.
Durmió mal y se despertó varias veces. Terminó levantándose muy temprano.
Antes de salir para el estudio llamó a Ernesto y le encargó que averiguara respecto de esos “precursores químicos” pero además llamó a Claudia Giménez, tenía que volver a hablar con esa amiga suya que trabajaba en contaduría de la empresa para tratar de cerciorarse de algunas cosas.
Temía estar comportándose como un paranoico pero todo el tema del Remanso le estaba preocupando bastante.

domingo, 25 de noviembre de 2007

45. Paloma o halcón.

Antes de salir, Mariana le había recordado que al día siguiente el militar colombiano y su mujer los habían invitado a un cocktail en la embajada de Colombia, como agradecimiento por lo que Martín había hecho por ellos. Les enviarían un auto con chofer para buscarlos.
En el estudio, Ernesto se había tomado muy en serio el tema del Remanso y estudiaba cada dato, cada documento y hacía todo tipo de suposiciones. Le intrigaba especialmente aquel papel manuscrito con nombres y números. Martín le explicó cómo lo había obtenido pero le dijo que no sabía nada más. Entre esas planillas llenas de cláusulas aburridísimas, aquel papel, llamaba la atención por ser manuscrito y por esos nombres. La letra era bastante rudimentaria y parecía estar escrita a los apurones. Los números parecían la combinación de una caja de seguridad: 35, 40 y 25. Faltarían los “a la derecha” y “a la izquierda”. Quizás había visto demasiadas películas de ladrones de cajas fuertes. Esos números quedaron dando vueltas en su cabeza.
Martín confirmó con Claudia Giménez que lo que había hecho le parecía correcto. Ambos sabían que la empresa sería fácil de vender si no llegaban a un acuerdo con aquella gente. Pero no estaba tranquilo, esperaba una movida de ellos en breve. Aunque tal vez aceptaran lo que se les había propuesto, tenía la corazonada de que no sería así.
A la tarde vio a Víctor.
Lo encontró más cansado, apoyado en su bastón.
¿Martín te importaría que salgamos a tomar un poco de aire? Acá nomás a la plaza.
-No hay problema. Caminaron despacio y se sentaron en un banco cerca de la calesita, ya casi llegando a Las Heras. No hacía frío, el sol había salido luego de la lluvia del día anterior.
-Bueno, cómo anda esa vida.

-Lo de ayer fue curioso. Pensaba que iba a pasar nervios, que me iba a equivocar y que Carlos me iba a pasar por encima. Pero no fue así. Mantuve mi plan inicial, dominé la situación y al final… creo que él sintió algo así como una derrota. Le debe haber costado bastante viniendo de mi…
-Tal vez el tenga una imagen de vos distinta a la que crees.
-Puede ser… No lo había pensado.
-Ibas a enfrentarte a un fantasma, a recuerdos mal digeridos, miedos… pero que en definitiva no tenían una dimensión real. ¿Te acordás de lo que hablamos sobre el pasado, el presente y el futuro? Esto es igual, en el presente él es como es, sin la mayoría de esas características que vos le adjudicás.
Las palomas de la plaza comían lo que les ofrecía un chiquito a quien sostenía una mujer. Les daba de a uno, unos granos de maíz pero las palomas le revoloteaban cerca de la cara y terminó dándoles todo el puñado por miedo a que lo lastimaran. Las demás se acercaron a comer lo que había caído al suelo.
-¿El monstruo lo fabriqué yo, quiere decir?
-Algo así. Pensá qué cosas, de las que temías, realmente se presentaron ayer. ¿Bastante pocas verdad?
Si… Lo peor es que después de haber disfrutado de eso, me sentí mal. Es como si el tipo real, es decir, el que estaba ahí, me hubiera dado lástima. Como si hubiera caído en su propia trampa.
-¿Compasión?
Uh, no sé si tanto.
-Bueno, tal vez alguna vez llegues a comprender porqué él era, es, así.
-Lo voy a seguir viendo, me parece que varias veces más.
-No creo que te comportes de una manera distinta a la que lo has hecho. Ya sabés cómo pueden ser sus reacciones o comportamientos.
-Todavía le desconfío.
-Es natural. Te ayuda a estar alerta y a preparar mejor el trabajo que tiene que ver con él. Esos sentimientos y sensaciones pueden ser utilizados con provecho.
Mirá ese chiquito de ahí enfrente. Pensaba que las palomas eran aves sin capacidad de hacerle daño pero aprendió por experiencia que podían tal vez lastimarlo. Después cambió su forma de ver a esos pájaros. Mirá como estira el brazo todo lo que puede para que no pasen cerca de su cara. Aprendió de una experiencia, si se quiere negativa, y puso un medio para arreglarlo. Algo así estás haciendo vos.

-La paloma, en este caso puede ser un halcón.
-Pero vos ya estás advertido y podes manejar la situación de tu imaginación para no darle entidad a esos pensamientos que te perturbaban. Lo redujiste a su estado normal ¡Un ser humano!
Ambos rieron.
Y Víctor agregó. Además nada ni nadie tiene que hacer que la confianza que tenés en vos mismo flaquée. Sos lo que recibiste y lo que escogiste ser. Creo, que has elegido bien. Nuestras elecciones están condicionadas y vos elegiste lo mejor que pudiste. Tenés todo los elementos necesarios para ser feliz, pero todo depende de lo que elijas, independientemente de lo que hagan los demás respecto a vos. Esa libertad no te la puede quitar nadie. Allí se libran esas pequeñas, o a veces grandes batallas que vivimos todos los días.
-Es cuestión de entrenamiento…
-Si, lo podríamos llamar así.
-Los últimos tiempos fueron mejores… Mariana me ayudó.
-Porque vos te dejaste ayudar y además buscaste ayuda cuando lo necesitaste.
-Aconsejado por los amigos.
-Y ahí nuevamente te dejaste ayudar y me viniste a ver. Son tus decisiones las que hacen tu vida, a pesar de todo Martín.
-Es verdad. Se hizo un silencio. El sol brillaba entre los árboles de la plaza. Los chicos jugaban.
-Pero bueno, esto es el final.
-¿De qué?
-Que ahora no me necesitás.
-Usted quiere decir que estoy curado o algo así.
-¿Pero quién te dijo que estabas enfermo? Tal vez confundido y triste, si. Las crisis de tu edad son difíciles a veces pero vos la estás manejando bien ahora y fijate cuántas decisiones acertadas has tomado.
-O sea que no necesito más ayuda...
-Siempre vamos a necesitar ayuda, hay que estar atentos para darnos cuenta cuándo nosotros o alguien cercano la requiere.
-Ya veo.
-Bueno, si querés acompañar a este viejo a tomar un poco de aire de vez en cuando te lo voy a agradecer.
-Tiene mi palabra.
Los dos caminaron por la plaza lentamente, como si el tiempo no existiera.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

44. Aguas Turbulentas.

Entró a la sala de reuniones de la fábrica, allí estaban el cuñado de Claudia Giménez, el contador, Carlos, un hombre que no conocía y al que curiosamente nadie le presentó, además de una secretaría.
El único que se levantó para saludarlo fue Carlos que le dio la mano. Elegante como siempre, tenía un traje gris impecable, una camisa blanca y una corbata bordó. Lo miró con esa sonrisa que nunca supo si era real o falsa.
Enfrente de cada lugar ocupado, había un vaso con agua y en el centro de la espaciosa mesa, una moderna jarra para que cada uno se sirviera más, si así lo quería.
-Nos reunimos hoy para tratar el tema de la proposición de la Sra. Giménez respecto a algunas objeciones que plantea respecto al modo de concretar la operación de venta de su parte de las acciones –especificó el contador.
-La posición de mi cliente es la necesidad de efectuar un cambio en la forma de pago. Desearía que en lugar de efectivo se hiciera una transferencia electrónica a una cuenta determinada en un banco en Nueva York –agregó Martín.
-Bueno, pensamos que las condiciones que se habían expresado eran claras. No vemos motivo para que deban cambiarse –añadió el contador.
-Desearía hacer una observación. Las condiciones no son impuestas por una sola de las partes. Esto es un acuerdo entre dos partes y mi cliente tiene necesidad de que esto sea realizado tal como expliqué.
- ¡Tenemos motivos… un cronograma que cumplir y esto sería un inconveniente que nos retrasaría! –dijo el contador levantando levemente la voz.
-Mi cliente tiene sobrados motivos para cambiar las condiciones en las que se realizará la venta, que como pueden ver, no implican nada extraordinario –dijo Martín bajando la voz y pausando cada palabra, dándole un tono absolutamente artificial a toda la frase.
¡Por qué Claudia es tan testaruda! – dijo el cuñado de la Sra. Giménez. Nadie le respondió. El contenido del vaso frente a Martín había empezado a oscilar. El nerciosismo se hacía sentir.
Martín lo miró, pero no dijo nada. Ya le había dicho su cliente qué clase de persona era el cuñado.
El contador dijo –Mire, esto nos toma por sorpresa y nos sería dificultoso efectuar modificaciones al respecto.
-Si ustedes no pueden resolver algo tan sencillo como eso, creo que podemos tomarnos, ambos, un tiempo más para pensar en cómo resolverlo ¿No les parece? Martín empezó a ordenar sus papeles como amagando retirarse de la reunión. La secretaria miraba nerviosa hacía los lados de la mesa.
-Martín –dijo Carlos- creo que no va a ser necesario que terminemos esto aquí. Para compensar a la Sra. Giménez por sus “molestias”, la Sociedad está dispuesta a resarcirla con un generoso porcentaje extra al realizar la operación.
Lo de agregar más dinero era una locura. Martín notó que era más que evidente que había tocado un punto sensible para ellos. Pero se veía que los dñolares no eran problema.
-Señores, pareciera que no han entendido que el problema de la Sra. Giménez no es de tipo económico, sino de otra naturaleza. Les repito que no se les está pidiendo nada inusual en una operación de estas características.
-Le recuerdo abogado que tenemos un preacuerdo, dijo Carlos.
-Si, un preacuerdo escrito que puede dejarse sin efecto por cualquiera de las partes si así lo vieran justo. Me parece que lo que propone mi cliente es justo, así que –Martín deliberadamente resaltó la frase- todo podría suspenderse hasta que todo se arregle o… definitivamente.
El agua se movía más dentro del vaso, llegando casi hasta los bordes.
-¿Me parece que ya es tarde para que nos echemos atrás verdad? –dijo Carlos seriamente.
-No veo porqué –respondió lacónicamente Martín.
Y siguió –Señores, creo que por lo que se ve, esto por ahora no está llegando a buen puerto. Deberían buscar la manera de poder acceder a lo propuesto. Mientras tanto creo que, por lo menos para mí, esta reunión ha terminado.
-El hombre que no le habían presentado golpeó la mesa con su puño derecho mientras miraba con los ojos fijos a la pared opuesta. Eso hizo que se derramara no solo el agua del vaso de Martín, sino la de todos los vasos que había sobre la mesa y que nadie había tomado.
Martín fingió no notar aquel episodio. Recogió sus papeles por segunda vez, los guardó en su carpeta y luego de saludar, bajó las escaleras hasta el estacionamiento de la fábrica.

Cuando se disponía a abrir la puerta de su coche, escuchó que alguien lo llamaba desde atrás.
Era Carlos –Martín, quiero que sepas que esta operación es importante para mi y…
-No Carlos, esto no es una cuestión personal, es un tema estrictamente profesional. Vos arregla las cosas con tus clientes, yo se lo que tengo que hacer por mi parte. No mezclemos las cosas, dejemos de lado lo personal –en realidad eso no era totalmente posible en su caso.
-Te recuerdo, -le dijo Carlos taimadamente- que en caso de que insistan con su postura podríamos ampliar el capital accionario y dejar a tu cliente en una posición absolutamente desventajosa. El precio de sus acciones bajaría mucho. Yo que vos lo pensaría…
Martín estaba preparado para aquello y le respondió –Si, pero ¿Eso tardaría mucho verdad? Me parece que tus clientes no tienen mucho tiempo para perder ¿O me equivoco? Además creo que tendrías que releer de nuevo los estatutos, porque, como seguramente lo recordarás, allí se indica que para la venta de acciones de alguna de las partes hace falta el consentimiento expreso de los otros accionistas y para la que hizo el cuñado de la Sra. Giménez al Remanso, no vi nada escrito ¿O sí? Además, vos sabés que esto puede llevar mucho tiempo en tribunales, un año, quizás tres…

La cara de Carlos palideció. Una gota de sudor corría casi imperceptiblemente por su sien derecha. Parecía que lo hubiesen golpeado. La sonrisa de aviso de crema dental había desaparecido.
-Bueno, ahora tengo que irme. Cualquier cosa me avisas.
Martín manejaba por la Panamericana y no pudo dejar de sentir satisfacción por cómo había salido aquello. Sabía que la situación se pondría difícil y que no terminaría allí.
Al entrar en su garaje, otro coche que estaba estacionado enfrente, abrió unos centímetros la ventanilla para arrojar una colilla de cigarrillo. Finalmente arrancó y se fue. Había estado allí todo el día desde antes de que Martín saliera, vigilando la casa.
Estaba por llover, pero Martín no pudo ver la tormenta que se acercaba por el horizonte y que caería indefectiblemente sobre su hogar.