miércoles, 8 de agosto de 2007

14. El Remanso S.A.

Martín había estudiado los papeles de Claudia Giménez y comprobó varias cosas. El cuñado habia transferido las acciones de su mujer con un poder especial, a una sociedad llamada el Remanso S.A., a su vez propiedad de otra radicada en Uruguay, llamada E.R. S.A., que tenia un objeto social amplísimo, inusual en la Argentina; se había quedado como gerente y le pagaban una remuneracion altísima, casi exorbitante. Claudia habia firmado las actas correspondientes. Los estatutos lo permitian. Se habia publicado en el Boletin Oficial la venta y los edictos. Martin pensó que todo era simplemente para reducir la carga impositiva que la aplicacion de las leyes uruguayas permitía.
Nada surgia de la documentacion existente sobre quiénes eran los dueños de El Remanso S.A.
Estaban exportando mucho de acuerdo a los números que vió. Un 45% más que el año pasado. Un gran aumento en realidad.
Había varias notificaciones de solicitud de aumento de capital de la empresa dirigidas a Claudia, pero eran cartas comunes, no tenian valor legal. Debia ocuparse de ese tema antes de que su cliente perdiera el 50% del capital y de los votos de la Asamblea de Accionistas. Eso debia resolverse en una próxima Asamblea con ella, su cuñado y un tercero que tenia el 3% de las acciones y que probablemente fuera era un prestanombre de su cuñado o de otro.
-Se ve que les esta yendo bien. Muy bien. Quieren ampliar el capital...
Le sonaba el nombre de El Remanso. Averiguaria más aunque le iba a costar porque la sociedad controlante estaba radicada en Uruguay.
-Che gordo, -dijo Martin asomándose al despacho de Eduardo que estudiaba una voluminosa carpeta.
-Enano no te olvides de que hoy te reviento en el frontón.
-Si, hasta estoy dispuesto a ir a menos para que no lo pases tan mal.
-No te agrandes, eh, que apenas me habrás ganado… unas… cuarenta veces este año. Te voy a dar una paliza como nunca en tu vida.
-Este juego es una de mis tareas caritativas de la semana. Además cuarenta, de cuarenta y cinco partidos que calculo jugamos este año, no está nada mal.
-No te hagas el vivo. ¿Qué hay? dijo Eduardo bufando.
-Necesito de tus contactos en Uruguay por los papeles de Giménez Lorea.
-La viudita...
-Si.
-Bueno dejáme ver si encuentro al tipo ese de Montevideo.
-Eduardo, al salir Martín, marcó un número de Montevideo, en la Ciudad Vieja. En realidad Eduardo era capaz de hacer cualquier cosa por Martín. Literalmente le había salvado la vida y sufría porque sabía que no su amigo no estaba bien ¿Sería esa mujer?. Se sentía un inútil tratándo de ayudarlo. –Soy demasiado bruto para estas cosas- se lamentaba, pero pensaba muy seguido qué cosa podía hacer por él.
A las siete empezaron a jugar a la paleta. A los quince minutos, Eduardo se detuvo en seco, parecía que hubiera metido una pierna en un agujero con cemento.
-Es la rodilla, me crujió y no la puedo mover –dijo con gesto de dolor Eduardo.
-Fueron al hospital en donde le sacaron radiografias y le hicieron una ecografía.
-Son los ligamentos- dijo el médico. No más paleta para Ud.
-Para tratar de distraerlo, Martín dijo: -Bueno gordo, podes jugar al ajedrez.
-Eduardo lo partió al medio con la mirada pero enseguida capto la intención de su amigo. Martín siguió -Ya algo se nos va a ocurrir ¿Natación: Cómo lo ves?
-Podría ser -dijo Eduardo con la voz apagada y mirando al suelo.
-Martín recordó que el lunes le tocaba a él ver a su médico.
Lo sentia por el gordo que disfrutaba especialmente de la actividad fisica. Además el deporte había sido uno de los pilares de su recuperación del alcoholismo y no quería dejarlo solo en ésta, era su amigo.
Martín tenía pocos amigos, pero se tomaba esa palabra muy en serio, casi le tenía respeto: Amigo.

domingo, 5 de agosto de 2007

13. Casi una suegra.

-Mamá no se qué le pasa a Martín. Nunca lo había visto así.
-Carmen, la madre de Mariana, se limpió las manos con un repasador de cocina.
-¿Hace cuanto tiempo que no salen juntos, solos, a algún lado?

-Bastante...
-Además este año no se fueron de vacaciones.
-Si, por el bebe, recién nos lo entregaban y era muy chiquito.
-Hace muchos años que tienen los bebes chiquitos. Ser un hogar de tránsito, exige mucho tiempo. Lo que hacen es muy bueno pero el costo sería muy alto si se resiente la relación. Además la idea es que los chicos tengan un hogar con padres y no dos personas que simplemente los cuiden.
-Bueno, es lo que tratamos.
-Por lo que me decís creo que es más importante por ahora que le des prioridad a Martín. Se que te esforzás mucho por hacer de madre con esos chiquitos pero Martín y vos están primero.
-Siempre lo ponés a Martín antes cuando hablas de los dos, ¿Lo notaste? -dijo Mariana.
-Si...
Carmen y Martín habían congeniado desde el instante en que se habían conocido. A Martín le gustaba la actitud racional, comprensiva y alentadora de su suegra y esa rara intuición.
Cuando Carmen enviudó, Martín iba a visitarla como si fuera su propia madre, incluso a veces Mariana no se enteraba de eso. Y hablaban. Además a él le gustaban los cuadros que pintaba su suegra, témperas u óleos, tenía varios de ella colgados en la casa y en el estudio.
-Yo también me estoy sintiendo un poco sola.
-Bueno entonces cuando entreguen este bebe, no reciban otro por un tiempo.
-Con Martín queríamos mucho esto.
-No tiene sentido que algo muy bueno termine siendo malo para ustedes ¿No?
-Mmm. A veces veo a Martín con la mirada perdida como en cosas lejanas u otras personas, no se...
-Mira, No creo que Martín esté con otra mujer, si a eso te referís -Se adelanto Carmen -Fijáte, este octubre cumple cuarenta años, no es un detalle menor. Se afectuosa, acompáñalo, no lo dejes solo. Martín es un hombre que no lo demuestra demasiado pero valora mucho el cariño.
-Si, pero parece cambiado, como impermeable a lo que hago en ese sentido.
-Con tu padre pasamos muchas cosas pero siempre salimos adelante juntos, aunque alguno haya tenido que llevar el peso de la relación afectada. Ese tiempo de mayor sacrificio me dio mucho más de lo que yo entregué. Fui muy feliz con él. ¿Sabés una cosa? Nos decíamos muchas veces que nos queríamos.
Si a ustedes les pasa algo malo lo voy a sentir por partida doble –Dijo Carmen, mirando por el ventanal que daba a un balcón terraza cerca de donde tenía el caballete y sus cosas de pintura.
-Mama, parece que Martín fuera tu hijo.
-No seas celosa, le dijo Carmen con aire de fingida severidad.
-Martín siempre dice que sos "casi" una suegra.
-Ya lo sé.
-Sonó el timbre. Era Lola la hija de la vecina de arriba, que tomaba clases de pintura al óleo con Carmen.
-Carmen definía a Lola como una artista en el sentido más amplio de la palabra. Tenía 25 años y su pelo oscurísimo contrastaba con la palidez y el verde opaco de sus ojos. Al principio Carmen pensó que, por su vestimenta un tanto estrafalaria y su forma de vivir, era un poco irresponsable con su vida, pero luego de conocerla entendió su actitud abierta a lo creativo independientemente de sus peculiaridades. Además le gustaba hacer artesanías, bailaba clásico, escribía poesías y quería aprender a pintar.
-Carmen le traje un regalito -dijo la chica- Se trataba de un collar largo hecho con distintos tipos de maderas, que formaban un conjunto bastante homogéneo dentro de su heterogeneidad. A Carmen le gustó.
-Muchas gracias Lola. ¿Conocés a Mariana?
-No, mucho gusto. Usted debe ser la hija de Carmen.
-Si. Como estás.
-Ah, ella me habla mucho de usted. Perdone Carmen pero se demoró mucho el colectivo. Salí en hora pero, bueno, no se que pasó con el tránsito.
No te preocupes.
-Bueno, las dejo así no perdés tu clase.
-Mariana lo decidió. el que ahora tenían era el último bebe que aceptarían; ya vería en el futuro. Ella amaba a Martín y quería que él la siguiese queriendo, no sacrificaría eso por nada del mundo. ¿Cuánto hacía que él no le decía que la quería? ¿Y ella?

miércoles, 1 de agosto de 2007

12. Es hora.

-Me llamaste.
-Vení, sentáte. ¿Querés tomar algo?


-Si, un poco de agua.
-Siempre tan sobrio vos. ¿No me acompañarías con algo más fuerte?
-Te acompaño con el agua. ¿Cómo te fue en tu viaje?
-De algo vinculado a eso quería que habláramos.
Su tío Esteban era quien lo había criado desde los cuatro años, cuando sus padres habían muerto en un accidente de tren rumbo a Rosario.
De su padre conservaba un crucifijo de metal, que había quedado doblado por el accidente. Una de las pocas cosas que tenía de él.
Martín pensaba en su tío como en un solterón. Lo juzgaba con cierta severidad e imaginó que había tenido muchas mujeres pero que en realidad no había conocido verdaderamente a ninguna.
Marino mercante retirado, contrabandista para sus amigos y gran lector, era, en definitiva, lo más cercano a un padre que había tenido. Cercano a veces, porque sus viajes, sus desapariciones, como las veía Martín, eran de tres… seis meses. A él lo cuidaba entonces doña María, una mujer bastante mayor que trabajaba para Esteban y que había fallecido hacía más de quince años.
En aquella época vivían en una casa cerca de la estación, a pocas calles de la suya actual. Ya no existía, la habían derribado hacía unos años.
Por muchos motivos había querido a Esteban y por otros no tanto. Nunca lo había entendido del todo.
-Quería que guardaras esto- dijo Esteban -y le entregó una llave de bronce labrada que Martín conocía bien porque era la del escritorio de su tío, la del único cajón que tenía llave.
-¿Te pasa algo? -le dijo Martín mostrándole la llave.
-Quiero que la tengas. Es que ya va siendo hora de arreglar ciertas cosas, ahí hay papeles y documentos. Sabés, me cansé de no estar en casa, de no verte a vos, a Lucía y a Mariana, de estar solo.
-Martín lo escuchó un tanto sorprendido pero no dijo nada.
-Yo se Martín que nunca fui un padre para vos, nunca pretendí ocupar el lugar del tuyo porque no hubiera podido. Traté de hacer lo que pude…
-Si –dijo en voz muy baja Martín.
- Lo que pude –Repitió Esteban con un gesto de dolor que Martín no vio, conociendo el viejo reproche que su sobrino nunca llegó a decirle con palabras.
-Te pido perdón si no fui como hubieras necesitado.
Martín le volvió a preguntar -¿Pero te pasa algo?
- Es que ya es hora.
- Ay, Ay, Esteban, nunca das explicaciones, es todo si, o no. Hay que hacer algo y se hace, pero vos apenas si aclarás algo.
Esteban, le hizo un gesto con la mano para que lo esperara y volvió enseguida con otra llave. Y se acercó a la vitrina aquella, la del cochecito azul.
La puso en la cerradura, le dio dos vueltas y tomó el auto primero con la mano derecha y luego con la otra, lo miró un momento y se lo dio a Martín.
Cuando lo tomó, Martín lo miró fijamente y...nada, fue como si hubiera esperado una conmoción o una victoria. Nada. Lo que había imaginado que sucedería desde su infancia, no tuvo lugar, simplemente no sucedió.
-¿Por qué hoy? ¿Por qué después de tantos años? –se escuchaba Martín pronunciar incrédulo esos “porqués” que pensaba desterrados.
-Esteban lo escuchó paciente y cuando supo que Martín no iba a preguntar más dijo:
-A tu padre, un muy buen ingeniero, le regalaron ese auto en Módena, por un trabajo que hizo para una empresa de allí. Así fue que compró la casa en la que hoy vivís. Pero por el esfuerzo y la creatividad que puso en eso, además le dieron esto que está catalogado como una obra maestra de las réplicas en miniatura. Es único, la escala es perfecta respecto de su original, el Bugatti modelo 37-A de 1929. Tenía un gran valor afectivo para él. Nunca supe bien cuál sería el momento de dártelo.
-Martín miró el auto largamente y caminó a la vitrina, se detuvo, lo contemplo otra vez y volvió a colocarlo en el lugar que ocupaba hasta hacía unos minutos.
-Creo que por ahora esta bien aquí, gracias Esteban – dijo Martín con cierta sequedad que intentaba disimular el verdadero estado interior que se estaba generando.
Su tío no entendió lo miraba paciente y en silencio.
No hablaron de mucho más esa tarde.
Al volver, manejando por Libertador, Martín dijo en voz alta: -No quiero llorar– pero no pudo evitar que se le humedecieran lo ojos. -¿Todas las cosas que en mi vida no entiendo tendrán una explicación tan inesperada y emotiva como ésta? –No le gustaba llorar.
-El agua de lluvia se escurría por el parabrisas del auto, mientras pensaba en ese viejo cochecito azul que tío Esteban guardaba en la vitrina de su living del departamento de Belgrano y que siempre había estado esperándolo.

domingo, 29 de julio de 2007

11. Dos cafés.

Ese lunes Martín se levantó temprano, no desayunó, fue a ver al médico y se hizo unos análisis.
Llego al estudio a eso de las once con una docena de medialunas. Celia les añadió un jarro de café.
Al rato llego Eduardo que no se había afeitado la barba.
-¿Y la afeitada?


-Verónica se convenció de que soy absolutamente irresistible así.
-Se vé que tardaste un poco en convencerla porque mirá la hora que es -le dijo Martín riéndose.
-Es que fuí a llevar las armas a limpiar.
Eduardo era aficionado al tiro deportivo desde que uno de sus clientes, un tanto alterado por una causa penal que no había salido como hubiera querido, le había puesto una cuarenta y cinco milímetros en la sien derecha y al irse había decorado el frente de su casa con tres tiros.
-No me gustan las armas, ya lo sabés.
-Si, pero las traje a la caja fuerte de mi despacho, en casa no las dejo, por los chicos.
-Mmm. contáme lo de Bioalimentos.
Eduardo le expuso la situación del cliente de Córdoba, mostró alguna documentación y opinó sobre lo que le parecía que debían hacer.
-Doctor esta presente la Sra. Giménez de Lorea -Les avisó Celia con cierta afectación en la voz.
-Los dos hombres captaron la indirecta y se miraron como preguntándose qué iba a pasar ahora.
-Yo me arreglo -dijo Martín.
-Cualquier cosa me chistás, igual voy a estar escuchando detrás de la puerta -dijo en broma Eduardo.
-Si, claro y hacéle un lugar a Celia de paso.
-Ella no necesita estar para saber lo que va a pasar acá porque es bruja.
-¡Ya lo escuché! -gritó Celia desde afuera.
No había arreglado ver a la mujer, solo que le mandaría unos documentos,
Apareció en el despacho una muñequita rubia de no más de seis anos, con un tapado celeste y un gracioso flequillito que le llegaba casi hasta los ojos, de un color azulino semejante a los de su madre.
Claudia avanzó hacia él con una tímida sonrisa y le presentó a su hija menor.
La muñequita le extendió la mano como si fuera una princesa. Los dos rieron.
Martín no dejo de notar que Claudia se veía mas tranquila que la última vez que la había visto, lo que le daba un aire lánguido y un raro... un no se qué.
Agradeció para sus adentros que no hubiera venido sola, en ciero modo la presencia de la hija de Claudia lo tranquilizaba, le evitó el nerviosismo del encuentro anterior.
-Le traje lo que me pidió y mañana le hago llegar el poder. -Dijo la mujer con tono de estar haciendo su parte de la tarea. Hablaron sobre la empresa de su padre y de su cuñado que seguía sin darle explicaciones sobre lo que hacia con el negocio familiar.
Se despidieron. En la puerta estaba Eduardo que forzó la presentación.
-Ahora entiendo más, no esta nada mal la viudita. –Dijo Eduardo, socarrón.
Entró Celia: -¿Quieren un café o agua helada? –dijo con tono de "Si, soy una bruja ¿Y qué?".
Los dos abogados se miraron y soltaron una sonora carcajada. Celia los conocía bien a los dos.
-Martín, llamó su tío Esteban- dijo la mujer-. No quiso interrumpir, y pidió que lo llamara después.
-Gracias Celia, el agua no hace falta, mejor ¿Pueden ser dos cafés?.

miércoles, 25 de julio de 2007

10. El cochecito azul.

Allí estaría sin duda.
No puedo recordarlo sin pensar en todo aquello, aunque ya no signifique lo mismo.
Lo deseé muchas noches y muchos días interminables.

Lejanas habían quedado las lágrimas por ese cochecito azul de colección, que tío Esteban guardaba en la vitrina de su living del departamento de Belgrano.
Se lo había pedido. Había rogado, suplicado.
Si apenas hubiera podido tenerlo en mis manos por un instante, hubiera sido completamente feliz. Así lo creí.
Ese pequeño juguete fue dilatando mi deseo en un anhelo de posesión absoluta, ansioso y creciente.
Sabés que no habría podido robártelo. No hubiera sido lo mismo. Lo quería, pero deseaba además que vos me lo dieras.
¿Por qué nunca lo hiciste? ¿Por qué jamás quisiste prestármelo ni por un minuto siquiera?
Imaginaba que podías tener todos los modelos, colores y tamaños. Llegué hasta a pensar que, si querías, habrías tenido el original de cada uno.
Me diste otras cosas. Aviones a escala, barcos antiguos, trenes que serpeaban su vapor por incontables metros de vía y otros coches, muchos. Juguetes carísimos y a veces exóticos de Shangai, Singapur o Yokohama; de Alejandría, Trieste o Nápoles; Amberes, Liverpool o Hamburgo, adonde viajabas durante meses y nunca pude acompañarte.
Soñé con ése pequeño fuego azul. ¿Sabías que me despertaba llorando muchas noches?
¿Alguna vez supiste que otras tantas lo hacía preguntándome porqué no querías dármelo?
¿Sabías que me lastimabas y que esa herida se agrandaba cada vez más?
Creía, bien se ahora que eso no era cierto, que mi cariño por vos hubiera sido perfecto si me lo hubieras dado.
Mucho tiempo, tal vez eras, tuvieron que pasar para que me prohibiera hacerte esa pregunta hasta que aprendí a no decir ni pensar en el porqué.
Me engañaba tratando de convencerme de que jamás te iba a interrogar otra vez.
Allá a lo lejos quedó mi cara caliente y mojada mirando la vitrina. Con mis dedos tocaba el vidrio, apenas lo alcanzaba. Esos centímetros que me faltaban para llegar hasta él se convertían en distancias inimaginables. Desde allí presentí desiertos tormentosos, montañas oscuras y mares interminables, sucediéndose unos a otros. Siempre.
No hay cosa que haya dejado de hacer para que supieras que lo quería.
Tu cara imperturbable de gesto lejano me confundía.
Llegué a pensar en un castigo, que yo era para vos una carga indeseable, o tal vez en el odio. Pero me demostraste luego que estaba equivocado.
Imaginé también que me veías malo. No, no fue así.
Y después crecí. Otros lugares, otros amores se sucedieron, pero en el fondo, después de todos mis días, de los meses que separan las primaveras de los otoños, seguí recordando ese cochecito azul que todavía está en la vitrina de tu living del departamento de Belgrano.

lunes, 23 de julio de 2007

9. Domingo

Había arreglado ver al Padre Hugo antes de la Misa de 12. Mariana iría a la iglesia por su cuenta.
Antes de salir trató de ordenar un poco elrompecabezas de su mente y de distinguir aquellas cosas que eran sentimientos, de las meras impresiones y de los hechos. Sobre todo trató de aclararse respecto de Claudia Giménez de Lorea, que ya no era más de Lorea, ahora era viuda. En fin.
-Martín que gusto verte -le dijo el cura, dándole el antebrazo en vez de la mano. Las tenía grasosas, lo que le daba aún más aspecto de mecánico de autos que el que tenía de costumbre. A veces habían bromeado sobre eso y el cura le había dicho que le hubiera gustado arreglar motores, si Dios no le hubiera pedido que lo ayudara a arreglar almas.
-Esperá que me lavo un poco, estuve tratando de aceitar algunas puertas que hacian ruido. No vaya a ser que alguien piense que hay fantasmas- dijo campechano.
-El cura era hijo de italianos, retacón, con bastante poco pelo y parecía no tener frío con la chomba gris que usaba en ese día invernal.
-Aparecíó al cabo de un rato con una camisa limpia, su clergyman y bien peinado.
- ¿Te querés confesar?
- Me gustaría hablar primero.
-Vení vamos al despacho.
El despacho del cura estaba lleno de libros y diarios. En el escritorio de veia una edición en español del Obsservatore Romano, junto a una pila de boletas, facturas y una hoja oficio escrita a mano, que ocupando un espacio central, probablemente fuera la homilía del día.
-Bueno, te escucho Martín.
-Trato de expresarse como mejor pudo. El acudía a confesarse con frecuencia, se consideraba un cristiano practicante, pero esta vez tenía una inquietud interior diferente.
Le contó primero lo de Gimenez de Lorea, la falta de comunicación fuera de lo común con Mariana, la sensación de hastío o desencanto en varios aspectos de su vida, el agobio por la rutina, su mal humor y todo lo demás.
El cura lo escuchaba muy concentrado e iba asintiendo con la cabeza.
Martín recalcó que se sentía vacío, casi abandonado por Dios y aunque sabía que era solo una impresión, le resultaba molesta. Era como si ambos, Dios y él, se estuvieran reprochando algo; sabía que no tenía derecho a pensar así, pero no lo podía evitar.
- Eduardo me sugirió que viera a un médico…
- Eduardo. Hace rato que no me viene a ver.
- Él está bien, pero igual le voy a decir que se de una vuelta, dijo Martín riéndose.
- Lo del médico es buena idea, para ir descartando posibles causas de lo que te pasa.
Cuando Martín terminó, el cura le hizo un par de preguntas sobre Mariana, el trabajo, Lucía, y otras cosas.
-Finalmente le dijo. –Mirá Martín yo no veo nada que tenga que ver con algún aspecto espiritual sobre el que trabajar. Agregaría que no confundas los sentimientos por tu cliente con algo que no es; Puede ser posible que te enredes en ese aspecto por el estado en el que estás. Tratá de que los sentimientos no te atropellen.
Lo que te pasa con Dios está probablemente atado a algún proceso interior por el que estás pasando. No te olvides que El participa de tu proceso también. Ah, y apoyate en tus afectos, no los descuides.
-Finalmente le dio una serie de consejos netamente espirituales que Martín valoró.
-Muchas gracias Hugo -le dijo.
Otra cosa más, cuando hayas ido al médico volvemos a hablar. Tal vez sea solo cansancio lo que tengas, pero veremos.
Ah, ¿Cómo está tu tío Esteban?
-De viaje, hace tiempo que no lo veo.
Al terminar se fue a la nave central y se sentó frente a la imagen se San José que siempre había admirado. Era una talla en madera de tamaño natural sin pintar. Tenía al Niño en brazos. Siempre había admirado la fuerza que el escultor había impreso a esa imagen. Lo había hecho jóven, con una barba poblada y con aspecto de artesano. Desde abajo parecía mucho más grande de lo que en realidad era. Realmente se veía como un carpintero habituado a usar el martillo, la sierra y a cargar tablones.
Se quedó pensando en una parte del Evangelio de San Lucas que el padre Hugo leyó en la Misa en donde Jesús dice: “…Fijaos en los pájaros del cielo: ni siembran ni siegan, ni tienen dispensa ni granero y, sin embargo, Dios los alimenta. Y ¡cuánto más valéis vosotros que los pájaros!... Fijaos en los lirios del campo: ni hilan ni tejen, y os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como cualquiera de ellos…”.
Se fue caminando despacio a su casa. Almorzaría con Mariana y Lucía.

miércoles, 18 de julio de 2007

8. Un oso de peluche.

Al llegar a su casa le preguntó a Mariana por Lucía, ella le señaló el piso de arriba con cara de "sería bueno que le hablaras y le pidieras disculpas".
Martín tocó la puerta del cuarto de su hija.
-¿Se puede?.
-Si.
-¿Podemos hablar?
-Si –dijo Lucía abriendo la puerta.
-¿Me vas a perdonar…?
-¿Porqué lo hiciste?
-No se. Probablemente… por celos.
-Celos… ¿De Ernesto papá?
Martín decía, la verdad. Pero esa verdad era más grande de lo que estaba dispuesto a admitir ante su hija. Tenía celos de ese chico que estudiaba lo que él había estudiado, que trabajaba y ayudaba a su familia, a sus padres y hermanos. Padres y hermanos que él nunca había tenido.
Además ese chico en realidad le había caído bien, había tolerado el maltrato, no había perdido la paciencia y le había contestado con respeto pero con firmeza. La firmeza de carácter era algo que admiraba en la gente y mucho más en el caso de que pretendíera tener algo que ver con su hija.
También le gustó que fuera deportista y hubiera elegido dejar eso para dedicarse a trabajar y estudiar. En realidad no podía pedir más, no tenía derecho y lo sabía.

Notó que en el cuarto de su hija ya no estaba ese oso enorme de peluche que él le había regalado… hacía ¿Cuánto?... cinco… seis años… ¿Más…? Estaba dispuesto a dejar que ella le dijera lo que pensara porque se había portado como un estúpido.
Papá -le dijo Lucía- Se que estás mal y haría cualquier cosa para ayudarte pero igual quiero que sepas que lo de ayer me dolió, porque fuiste injusto con Ernesto, todavía no lo conocés. La idea de que viniera a casa no fue mía, fue de él y a mi también me pareció bien…
-Disculpame mi chiquita -le dijo Martín abrazándola y apoyando su cabeza sobre el pelo castaño de su hija.
¡Cuánto había crecido! Pero si hasta hacía poco la ayudaba con los deberes del colegio y ahora… justo en este momento que a él le parecía que su vida estaba casi vacía.
La aparición de ese chico era eso, un signo del paso del tiempo y, aunque no le gustaran las interpretaciones psicológicas de todo, ese chico era de alguna manera quien pretendía reemplazarlo. Y le había molestado más aún porque le pareció que el tipo daba la talla…
-Papá vos siempre fuiste justo y me enseñastre a serlo, te pido que le des una oportunidad, es muy bueno y responsable y además… en muchas cosas me hace acordar a vos…
-Martín tuvo que contenerse para no llorar y se quedó abrazado a ella, hamacándola como cuando era una nena.
Luego de un largo silencio dijo: ¿Tendría que pedirle disculpas no?
-No pa, no hace falta… yo ya le dije…
Ella ya le había explicado todo a Ernesto. Que su papá estaba mál, que lo entendiera, además le pidió que le diera otra oportunidad. Ernesto había pensado que era más realista darle una oportunidad al tipo del que Lucía hablaba con tanta admiración.
-Si, creo que sí. Igual no pienses que te voy a regalar al primero que pase.
-Ay, papá, no me estoy yendo… y lloró en los brazos de su padre.
-Bueno además no me gusta lo del Mac Donald´s -dijo Martín para quebrar el clima que se había generado.
-Basta papa, ¡Otra vez no! -le dijo Lucía entendiendo la broma, riéndose entre lágrimas y agregando- Es el mánager del local. A los 18 años tiene a su cargo a más de treinta personas, es la primera vez que alguien de esa edad llega a ese trabajo, que es muy valorado ahí.
-Igual no me gustan esas hamburguesas. -dijo Martín mientras pensaba- A la flauta, parece que da la talla en serio.
Esa noche comieron los tres solos, Lucía no iba a salir, porque
Ernesto tenía que trabajar, pero ni loca le iba a decir eso a su padre.
-Un problema menos -pensó Mariana– De a uno por vez.
-Martín le preguntó a Lucía mientras comían -¿Dónde está el oso de peluche?