domingo, 19 de agosto de 2007

17. Equidistancias

Martín llegó a la costanera de Vicente López, huyendo de su casa, de Mariana, de todo. Dejó el auto en el estacionamiento de grava, casi no había gente, estaba nublado. Se sentó en el veredón
inclinado mirando a ese río sin fin. Solo escuchaba al viento y al agua, casi sin olas, acercándose y alejándose suavemente del borde. A lo lejos se veía un velero que un rayo furtivo de sol alcanzaba.

Cerró los ojos y trató de recordar esos momentos en los que había sido feliz. Los vio pero no pudo penetrar en ellos, no le era posible revivirlos. Era como si todo eso le hubiese pasado a otra persona, no a él.
¿Por qué se sentía solo si no lo estaba? ¿Qué era Mariana en su vida?
Cuarenta años, es lo que cumpliría en octubre. Y desde esa edad, mirando el pasado e imaginando el futuro, no podía ver ahora nada. Solo sombras coloreadas envueltas en una niebla de indiferencia o quizá fuera simplemente una momentánea impresión de lejanía.
Esas equidistancias terribles, brumosas, entre el pasado real y el futuro incierto le causaron mareo. ¿Así se sentía estar en la mitad de la vida, como caminando entre dos vacíos? No, no podía ser así.
Volvió a cerrar los ojos, la brisa fría desordenaba su pelo que ya había empezado a mostrar canas. Un chico jugaba con su padre por ahí con una pelota. Se sintió viejo, como si solo le faltara esperar la muerte inevitable por el transcurrir del tiempo. No tenía miedo de morir, era la sensación de no haber aprovechado con más intensidad su existencia lo que lo agobiaba.
¿Que había sido su vida? Vio, a través de sus ojos cerrados, a tío Esteban más joven y con la mirada perdida, a Elena sonriendo al sol… A una Mariana casi adolescente, a Lucía recién nacida. Su sufrimiento por aquella enfermedad de Mariana y él con Lucía chiquita de la mano esperando en el hospital; el problema con Carlos cuando se había ido del estudio. Se vio llevando, apoyado en su hombro, a Eduardo…borracho. Muchas otras cosas en una sucesión de imágenes pasadas que desfilaron frente a él como si tuvieran vida propia.
No se había quejado nunca, a pesar de que muchas veces le había parecido que llevaba algunas cargas demasiado solo. Ahora todo eso se le venía encima como la famosa piedra de Sísifo, pero que en este caso imaginaba que no se detendría en él, sino que lo aplastaría.
Recordó además caras de bebés y desde allí imaginó otros hijos suyos, sus padres llevándolo de la mano y unos hermanos sin rostro ni nombre. Otra mujer, otra casa, otro trabajo. Otra vida.
-Nada de eso existe –dijo en voz alta-.
-Mi papa dice que si -le dijo de repente el chico de la pelota que estaba parado a su lado desde no sabía desde hacía cuánto tiempo. No tendría más de seis años.
-¿Qué existe? Le preguntó Martín
-Mi papá me dijo que hay algo, como una magia que hace Dios, que si uno quiere las cosas con fuerza, al final las consigue -Martín miró por encima del chico y vio al padre que lo saludaba como pidiéndole disculpas por la supuesta molestia que significaba el chico.
-¿Y vos que querés? Le preguntó sin pensar demasiado.
-Yo quiero ser jugador de fútbol.
-Ah.
-¿Y vos?
-Martín se lo quedó mirando y no supo que responderle.
-Chau -le dijo el chico mientras se alejaba con la pelota, al escuchar el llamado de su padre.
-Adiós, contestó Martín en voz muy baja.
-Se examinó con insistencia: -¿Yo que quiero? En realidad no lo sabía. De lo que empezaba a convencerse era que la forma en que miraba su vida no lo llevaba a ninguna parte y tenía que hacer algo respecto a eso.
Se levantó y fue al auto. Había empezado a llover. Debía hablar con alguien.

Eduardo salió al jardín a tomar aire, respiró hondo dos veces. Estaba nervioso y no era para menos por el llamado que le había hecho Mariana. Levantó el vaso con ese empalagoso jugo sabor a manzana, estudiando su color y pensando. La poca luz del atardecer que las nubes lluviosas dejaban pasar, se filtraba por ese vidrio grueso, hasta que un repentino reflejo de faros de auto lo hicieron levantar la vista. Creyó reconocer al coche de Martín. Se adelantó a la calle y vio alejarse dos luces rojas en la lluvia.
Era Martín.
-Enano ¿Por qué te cuesta tanto hablar? No te animaste a verme -se dijo moviendo la cabeza con gesto negativo y cerrando la puerta detrás de sí.

Martín volvió a su casa. En el aparador vio una nota con la inconfundible letra de Mariana.
“Martín, no pude ubicarte, vino una pareja con alguien del juzgado para llevarse al bebe. Fui a acompañar a Lucía a lo de Carmen. Tenés algo preparado en la cocina. Tal vez me quede allí esta noche”. Notó la falta del beso de despedida en el papel, como era su costumbre, pero obviamente no podía reprochárselo.
Subió la escalera y fue a la habitación donde había estado el bebe. A pesar del poco lugar que el bebito había utilizado, se veía terriblemente vacía ahora. Toda la casa se veía muy vacía. Y se alegro súbitamente al darse cuenta de lo que echaba en falta.

4 comentarios:

Makiavelo dijo...

Hola Vill, estoy muy preocupado por la cordura de Martín, creo que no debería permanecer a solas mucho tiempo.


Muy bueno el relato, me tiene enganchado.

Dalma dijo...

Perdon por caer en el gastado cliché de "uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde", pero me parece que se adecua a este capítulo.
Me gusta tu forma de describir sensaciones. Supongo que lo que le sucede a Martin nos ha sucedido a todos en algun momento,no?
Me hizo pensar tu post...que no es poca cosa.

Laura Berra dijo...

"Notó la falta del beso...", lo estaba buscando. Uf, me puso melancólica.
Saludos,

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

Notable mejoría, vill.

Las fotos traen más visitas (guiño).

Un abrazo.

Esas equidistancias terribles, brumosas, entre el pasado real y el futuro incierto le causaron mareo. ¿Así se sentía estar en la mitad de la vida, como caminando entre dos vacíos? No, no podía ser así.



Excelente.