domingo, 18 de noviembre de 2007

43. La antesala.

Si bien no alcanzó a perder el conocimiento, su cabeza golpeó al caer, pero la amortiguación de su hombro derecho, hizo que su frente no diera secamente contra el suelo. Esos pocos segundos perdieron dimensión real.

Al tratar de sentarse, vio la calle con una brillantez y vivacidad que asoció con la expresión ver las estrellas. Sentía dolor en el brazo izquierdo, pero lentamente comenzó a moverlo, sin que pareciera que aquel golpe de la motocicleta hubiera sido algo serio. Mientras trataba de incorporarse de a poco cerca del borde de la vereda, una voz femenina le habló.
-¿Está bien Martín? ¿Se lastimó? -era Dalma, la mujer del barco.
En su estado de aturdimiento inicial, no lograba relacionar aquella cara y esos bucles colorados con el lugar en donde se encontraba. El motociclista había desaparecido y no había más que tres personas a su lado, contando a la mujer. A esa hora de la tarde, la calle estaba casi vacía para los parámetros que conocía.
Al erguirse, vio sus papeles desparramados por el piso. Intentó recogerlos, pero la mujer le dijo –usted tómese las cosas con calma- yo recojo eso. Los hombres la ayudaron y en un momento sus papeles habían vuelto a la carpeta de cartulina.
-Me parece que debería ir a un hospital para que lo revisen…
-No, no hace falta. Creo que me distraje cruzando y ese motociclista no me vio… Por cierto, se fue y no paró…
-Ay, que cosa –la mujer miró hacia uno y otro lado. No había rastros del vehículo por ninguna parte.
Dalma le volvió a preguntar -¿Está bien?- parecía tener una real preocupación.
-Si, un poco aturdido pero nada más. Se tocó el brazo que todavía le molestaba un poco y sacudiéndose el polvo que le había quedado en la parte baja de su saco, le dijo –Pero qué casualidad, usted por aquí.
-¿Se acuerda que le dije que trabajaba cerca? La oficina de la empresa japonesa para la que trabajo esta ahí a la vuelta. Pero no creo en las casualidades, era necesario que estuviera aquí para ayudarlo.
-Si, puede ser. Dicen que las casualidades no existen.
-¿Quiere que lo acompañe a un hospital o a su hotel?
-No ya estoy bien. Muchas gracias.
-bueno, pero camino con usted unas cuadras, aunque sea para quedarme tranquila.
-Bueno, como quiera -le dijo él con una sonrisa. Tardaron pocos minutos en llegar.
-Bueno, ahora si, por lo menos llegó bien. Le agradeció otra vez y ella se despidió. Le notó algo extraño en la mirada… No sabía nada de aquella mujer, solo lo que le había dicho.
Al llegar a la habitación se quitó el saco, y se lavó la cara.
El brazo no le dolía pero sí la cabeza. Buscó entre sus cosas un analgésico. Se dio cuenta de que no había comido nada.
Mientras miraba los papeles que tenía, se quedó dormido.
¡Mire por donde cruza! -se despertó sobresaltado. Era lo que le había gritado el motociclista que lo llevó por delante. Muy curioso, pero el sueño le recordó esa cara y lo que le había dicho. Se dio una ducha y bajó a comer algo.
La verdad es que no tenía sentido quedarse hasta el otro día y si llamaba, tal vez podía reservar pasaje para volver en el último barco del día a Buenos Aires. Llamó por teléfono y lo consiguió.
Llegó a su casa a las once y media de la noche. Mariana lo esperaba con algo para comer.
Le contó brevemente lo de Montevideo y el pequeño accidente. Se durmió rápido. Ella lo arropó y le dio un beso en la frente antes de dormirse también.
Al otro día en la oficina, revisando los papeles que había traído, vio aquella media hoja de cuaderno manuscrito con los nombres de tres personas y unos números al lado de cada uno. Memorizó los nombres, pero no puso demasiada atención a esos números y terminó poniéndolo, junto con los demás documentos que había traído de Montevideo.
Allí estaba él preparando esa reunión en donde debería defender el interés de su cliente, tratando además de entender a los compradores. O por lo menos quiénes eran. ¿Acaso debería importarle eso? No lo sabía bien.
Allí, en su despacho, se sentía como en la antesala de un tribunal en donde sería juzgado y puesto a prueba. Tenía que encontrarse con el abogado de la contraparte. La presencia intimidante de Carlos objetivamente no podría perjudicarlo a él o a su cliente. Era uno de esos fantasmas del pasado que debía enfrentar, como si aquello fuera una necesidad vital.
La última vez que se habían visto, aquella olvidable noche en la que Lucía había llevado a su casa a Ernesto para presentárselo, se lo cruzó cuando salía a comprar unas botellas de vino, mientras Carlos manejaba ese llamativo Porsche. Habían cruzado dos palabras pero nada más.
Era la carga subjetiva del personaje la que le molestaba. Sabía que no debía dejarse llevar por esa visión pero era difícil hacerlo.
No le había querido contar nada a Mariana de lo que la aparición de Carlos significaba, pero sin ánimo de ocultárselo. Había aprendido dolorosamente que debía compartir más las cosas con ella. La otra forma casi había destruido la relación de ambos. Además ella le había demostrado que mientras más el se abría, ella mejor lo ayudaba. Pero en este caso presentía que el camino debía recorrerlo solo.
¿Era el miedo a darse cuenta de que tal vez no era tan buen abogado como Carlos? No, no era eso.
De todas maneras le parecía que estudiando bien el caso podría sortear con cierto éxito la situación, cualquiera que fuera.
Si ellos no aceptaban cambiar la forma y el lugar de pago del precio de las acciones, tenía algo que podría usar, como ya le había adelantado a su cliente.
El teléfono sonó, era Eduardo –Gordo quiero que escuches al tipo de Uruguay, está en la línea, te lo paso.
-Ah… si hola. Le hablo rápido porque estoy en un teléfono prestado. Anoche entró gente a mi oficina y me la dieron vuelta. Revisaron absolutamente todos los cajones y estanterías. No se lo que buscaban.
-¿Usted está bien?
-Si. Tenía miedo de que hicieran lo mismo en mi casa, por eso llevé a mi mujer a lo de su madre. Que revisen lo que quieran. Jamás llevo trabajo a mi casa. No voy a avisar a la Policía, me harían demasiadas preguntas… No sé lo que buscaban. La verdad es que esa sociedad de la que usted me pidió datos es la más rara de todas… bueno, las otras no son demasiado transparentes… pero esa es especial. Ya sabe… mis contactos, lo que le dije… No sé si tiene algo que ver con usted pero me pareció que le tenía que avisar.
-Por favor, cualquier cosa, vuelva a llamar. Gracias por comunicarse.
Martín cortó. Algo podía no andar del todo bien.

5 comentarios:

Dalma dijo...

mmmhhh..se esta poniendo peligroso esto, habra sido el accidente...accidental?. Demasiada cosa turbia, muy interesante :)

elanonimosoy dijo...

Decile a Martin que vaya buscando el chofer ese, el colombiano, me parece que le va a hacer falta !!!

Laura Berra dijo...

Confieso hice trampa, quiero decir leí dos capítulos seguidos (no pude parar). En el anterior pensaba que el accidente no fue tal, ahora me parece confirmarlo.
Me gustan las intrigas.
Muchos saludos,

Makiavelo dijo...

Menos mal que a Martín le asiste un angel que lo protege de las ruedas.

Macana Entertainment dijo...

Buenísima la narración! me gusta cuando los autores vas describiendo los rasgos de la cara, sensaciones internas, etc...

Excelente!

Un saludo...


Macana Entertainment.