domingo, 7 de octubre de 2007

31. Regreso a Choique.

El viaje transcurrió soleado, sin contratiempos. Pararon en el camino a comer, ya en Córdoba, a los pies de las sierras.
-Que bueno que hayas venido –le dijo él mirándola profundamente a través de esos ojos azules.

-¿Hace cuánto que no tomamos algo solos en un bar? –dijo ella sonriente.
-Martín se tapó la cara con las dos manos como asumiendo la vergonzante culpa de lo que había pasado la última vez en la costanera de Vicente López… pero ella le dijo: –Empecemos a contar desde hoy y dentro de un año, me lo preguntás vos a mí. Hoy vale por la primera.
A eso de las seis de la tarde llegaron a La Cumbre. Decidieron que antes de alojarse pasarían a ver la casa. Preguntaron por la dirección. Avanzaron por aquella calle ancha, Avenida Argentina se llamaba, a cuyos lados había viejas casonas y plátanos, casi sin hojas, las que se arremolinaban por el viento en aquella tarde de agosto.
-Avenida Argentina y Boucherville, en la esquina, dijo Mariana.
-Si, es aquí, dijo él señalando la casa y sonriéndole.
Allí estaba, sobre la puerta de entrada al jardín había un cartel curvado, de metal, en donde con letras pintadas de esmalte blanco podía leerse “Choique”. Parecía un típico chalet inglés de principios del siglo pasado pero con detalles en granito. Bajó del auto. No quiso utilizar las llaves que tenía y decidió tocar el timbre.
A los pocos minutos se asomó desde el jardín un chico, que no tendría más de dieciocho años y que le dijo –Usted debe ser el señor Martín.
-Si.
-Avisaron que vendría. ¿Quiere pasar?
-Martín miró a Mariana que bajaba del auto con decisión.
-Vamos por la puerta que da al jardín de la otra calle, que es la que tengo abierta y…

-Pero Martín, ya no escuchó más porque estaba allí. Era la misma.
La hamaca de cadenas, casi en un rincón, como en el sueño, con su tabla gastada por el sol. El césped un poco más seco de lo que recordaba, tal vez por la época de año. Se acercó a ella mientras Mariana miraba a su lado.
Martín se paró frente a ella palpando esas viejas cadenas y trató de recordar algo más, pero no pudo.
El chico los siguió y se quedó un poco atrás, pensando simplemente en que esas dos personas estaban revisando la propiedad.
-Ya estuve aquí –dijo Martín.
-¿Cómo?
-Que ya estuve aquí. No se hace cuantos años ni porqué, pero recuerdo este lugar perfectamente.
-Mariana no dijo nada.
-Entraron en la casa que parecía bien mantenida pero con signos de no haber sido ocupada por mucho tiempo. Estaba muy limpia, de todas formas.
La sala tenía muebles antiguos pero no lujosos. Había algunos cuadros con láminas de caballos o escenas campestres, algún óleo y varias fotografías. En una mesa, al lado de un sillón y junto a una lámpara, había un retrato. Martín lo tomó y observó con atención esa fotografía.
Se dirigió al chico -¿Sabés quién es la persona de este retrato?
-No, no sé, pero mi abuelo seguro que sabe porque trabajaba para el dueño de la casa. Mañana le puedo decir que venga si usted quiere.
-Eh… no, no por ahora no hace falta, gracias.
-De todas maneras me dijo que le gustaría verlo cuando viniera.
Una vez recorrido el piso de abajo le preguntaron al chico si podían subir.
Martín se interesó por el escritorio, de la planta alta. La escalera de madera crujía como la de su casa. La multitud de fotos que se agolpaban a su vista le daban una respuesta pero inicialmente no la pudo ver.
Había fotos de sus padres, de Esteban, de la mujer del sueño, de fiestas, reuniones familiares, viajes, La torre de Londres y otros lugares que no conocía. Pero Martín vio todo eso fragmentado sin una unidad que le diera sentido lógico. La emoción nublando a la razón, situación en la que se sentía muy incómodo.
Mariana de un solo golpe de vista vio lo mismo que Martín pero su intuición la llevó mucho más lejos. Reparó en una de las fotografías. Una mujer joven que en su cuello llevaba la cadena con la rosa que Esteban le había dejado a Lucía. La mujer se veía muy pálida y delgada pero sus facciones eran vivaces y tenía un pañuelo que cubría su cabello. Ella entendió lo que esa foto significaba y sufrió. Nadie como ella para comprenderla porque, de alguna manera y con algunos claros, había podido cerrar ese círculo que parecía la vida de Esteban. Una nube de angustia le oscureció el semblante y se quedó allí, como adolorida.
Martín obnubilado como estaba, no la vio y se acercó al escritorio amplio y de muchos cajones. Casi como pidiendo permiso, a Esteban que no estaba allí, los fue abriendo y encontró algunas cosas que le resultaron familiares: una lapicera que recordaba, un reloj de bolsillo. Había allí también cajas con cartas muy bien atadas y envueltas en varios grupos.
Decidió desatar uno de los paquetes. El remitente era siempre el mismo: Mary Webster. Ese nombre no le decía nada…
Mariana le pidió a Martín si podían volver al otro día porque se había sentido descompuesta.
-No es nada, es por el viaje –le dijo ella, sabiendo que probablemente no fuera cierto y que todo se debiera a la impresión por lo que había visto y entendido.
-Él la vio pálida y guardó todo en los cajones preparándose a salir.
Volverían allí mañana temprano.
Martín no entendía por qué ella le había tomado fuerte del brazo los diez o quince minutos que habían tardado en llegar hasta el lugar en donde se hospedarían.
-Vení abrazame fuerte -le dijo ella, ya en la habitación.
-Prometéme que no te vas a poner mal mañana. Es decir, no hay nada por que preocuparse, pero prometéme que no vas a sufrir…
Mariana nunca imaginó que el pasado que esa casa mostraba, de alguna manera, la había alcanzado. Se sentía vulnerable, quería dejar de abrazarlo pero no podía y pensó incluso que lo aprisionaba más junto a sí.
-No entiendo mi amor –le dijo acariciándole el pelo y apartando las lágrimas de sus ojos- ¿Qué te pasa? ¿Qué viste?
-Nada, es que soy una tonta -y volvió a poner su cara en el pecho de él.
-Estoy un poco cansada… Mañana… prometéme…
-Martín dijo sabiendo que lo hacía a ciegas -Lo que quieras mi amor. Te lo prometo.
Por lo menos ahora sabía que la mujer que se le aparecía en sueños era la que había visto en el retrato en la casa. Pero no era su madre.

8 comentarios:

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

El mejor capítulo hasta el momento, mi querido.

¿Qué advirtió Mariana?
Me muero por decir lo que pienso pero no quiero arruinarte el suspenso que fue logrado tan brillantemente.

Feliz finde.

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

solamente yo, canto pri?

Laura Berra dijo...

Coincido con Lu, es el mejor capítulo. Lo leí dos veces (no voy a hacer el chiste de la segunda no lo entendí), pero no logro darme cuenta qué supone Mariana.
Buenísimo, hasta el miércoles.
Saludos,

Carolina dijo...

Qué brillante Vill!!!!!!!!!!!

makiavelojohn dijo...

Nos quedamos con la boca abierta babeando, cuanto misterio, la pobre mujer parece llena de prejuicios ¿tiene miedo a los fantasmas?

Un saludo.

gabrielaa. dijo...

yo también me di cuenta, yo también! MUY BIEN vill_!!!

Dalma dijo...

Pah, que arbol genealogico complicado, peor que el mio.

No salgas ahora con que Mariana se dio cuenta que ella y Martin son hermanos porque me muero... ;)

Dalma dijo...

No te lo dije: buenisimo este capitulo, Vill :)