domingo, 9 de diciembre de 2007

49. Vértigo.

Por la ventana del escritorio de Martín, en el piso de arriba de la casa, se veía la calle bordeada de Tipas. El cielo estaba cubierto por una fina capa de nubes pero muy luminoso. Allí estaban reunidos los cuatro. Había muchos recuerdos en aquella habitación, fotos y cosas que habían ido juntando con los años. El sitio era muy acogedor. De la reunión participaba Mariana que estaba allí por un motivo preciso. Ernesto, con los papeles desplegados sobre el escritorio, no paraba de hacer anotaciones en un block.

-Solo quiero saber si Lucía está segura y si esto va a volver a pasar. Me respondes eso y me voy –preguntó Mariana no sin ansiedad.
-Creo que no va a pasar, en realidad, querían advertirme a mí y la usaron a ella. Es por ese cliente que tenemos…
-¿Martín, vale la pena todo esto? –dijo ella mirándolo profundamente a los ojos.
Se quedó pensativo. La seguridad de su familia no era algo que pudiera arriesgar. –Mariana, creo que sí. Hay algo gordo detrás de esto y en lo personal creo que vale la pena. No es simplemente un asunto profesional más. Por estos días, de todas maneras, vamos a tomar ciertas medidas. Pero igual quiero que lo decidamos entre los dos. Si vos me decís que lo deje, lo dejo.

No demasiado lejos de allí, en una fábrica cerrada, se desarrollaba el siguiente diálogo. -¿Crees que el abogadito ese recibió el mensaje?
-Me parece que no, a nuestro hombre lo sacaron de la escena muy rápido. Ahí hubo un error de coordinación. No se si la hija le alcanzó a decir exactamente lo que queríamos que repitiera.
-Ya no importa, ahora mira lo que tengo. El hombre desplegó algunas fotos sobre un escritorio de madera.
-¡Qué interesante! ¿Qué hace este tipo en Buenos Aires? El custodio de los Jaramillo Andrade… Estas fotitos valen oro en polvo… Si está éste tipo… ¿Cómo se llamaba el cabrón? Creo que Francisco algo. Los patrones los odian a todos, lo escuché muchas veces. Y ese odio cotiza alto.
-¿50.000?
-Mucho más, te diría que el doble.
-100.000 dólares no está nada mal por unos… digamos media hora de trabajo, más la inteligencia previa, por supuesto. Nada que no hayamos hecho antes por mucho menos.

-Si me garantizas que a Lucía no le va a pasar nada por mí no hay problema.
-No solo es ella quien me preocupa.
Eduardo le hizo una seña a Ernesto –Nos vamos a tomar algo a la cocina. Permiso.
-Mariana, si no creyera que esto es importante no te lo pediría. Tenía pensado que ustedes dos se fueran a otro lado, con Carmen o… se me ocurrió otra cosa, pero preferiría dejarla para un caso estrictamente necesario.
-Bien. Martín, confío en vos. Si creés que vale la pena, adelante.

Mas tarde, Martín, Eduardo y Ernesto revisaban los papeles que habían llevado.
-Estos nombres estoy seguro que son importantes y los números también.
-Si Ernesto, ya te lo escuchamos –le dijo Eduardo, pero no tenemos nada más que tu pálpito.
-Eduardo, creo que Ernesto tiene razón. En veinte minutos llamamos al tipo de Montevideo. Nos dijo que lo hiciéramos a este número y a esa hora. Pero vamos a hacerlo desde otro lado.
Cuando salieron, Mariana les subió algo para comer. Ella sabía que no habían probado bocado desde temprano.
-Tenés cara de cansado -le dijo ella a Ernesto.

-Estos números me marean. Hace días que los miro tratando de entender lo que pueden significar. Ernesto tenía una fotocopia del papel con los números y los nombres. El original, junto a los de lo demás, estaba en la caja fuerte del estudio.
-El maravilloso mundo de los números. Si te puedo ayudar en algo…
-Son éstos.
-Cien –dijo Mariana.
-¿Cien qué? Le dijo Ernesto.
-Esos tres números suman cien.
-¿Cómo?
-Si, cien exacto. Se ve de un vistazo. Bueno, yo lo veo, soy Analista de Sistemas. Muchas de las cosas que hago tienen que sumar siempre cien. 35, 40 y 25, los tres suman eso.
A Ernesto se le iluminó la cara. -¿Qué podrían ser?
-Se me ocurre que podrían ser porcentajes…
En ese momento entraron Martín y Eduardo.
-Ernesto, tenías razón. Ese papel es importante porque se lo olvidaron los tipos que inscribieron la sociedad en el registro uruguayo. Esos nombres y esos números son una pista.
-Mariana dice que son porcentajes.
-Permiso… Ah, ahí tienen algo de comer -dijo ella escabulléndose. No quería saber de que estaban hablando. Los tres le dieron las gracias.
Martín lo pensó -Es posible. Si… Pueden ser… ¡Porcentajes de participación en El Remanso!
-Pero los que figuran en los papeles del registro son otros… -dijo Ernesto.
-¡Pero estos serían los dueños reales de cada parte! ¡Esos tres son los verdaderos dueños del Remanso!
-Y lo ocultan con los prestanombres uruguayos. Si, se suele hacer. Generalmente son jubilados, sin actividad económica, o gente muy humilde a las que se les ofrece pagarles algo para que acepten figurar. Casi nadie se resiste, se paga bien. Ellos no tienen idea para que se utilizan esas sociedades. Bueno, nosotros en este caso tampoco… -dijo Eduardo
Martín finalmente contestó –Creo que pronto lo vamos a saber.

¡Hicimos negocio! Y por 200.000, sólo para empezar.

-¿Por qué a ella? ¿Qué tiene que ver?
- ¿Es la mujer del tipo, no? Además que nos importa. Nos ocupamos del “paquete”. Nos llevamos nuestra parte y a otra cosa.
-No va a ser fácil.
-Solo hay que esperar un descuido, un pequeño descuido. Además no están advertidos.
-¿El auto que vigila al abogado sigue ahí?
-Si, claro, como todos los días.
-Además fuera de toda sospecha. Muy conveniente.
-Brindemos por la prosperidad de nuestro lucrativo negocio.
Los dos hombres chocaron los vasos de whisky para brindar por el nuevo crimen que cometerían.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

48. El mensaje.

Ningún auto pasaba. Media cuadra antes de llegar a su casa Lucía pensó que lo único que le quedaba por hacer era gritar. Comenzó a llenar sus pulmones pero antes de que pudiera emitir sonido alguno el hombre se le abalanzó, tapándole la boca. Con la otra mano la dobló el brazo izquierdo por detrás de la espalda.

-Quedate quieta muñequita y no grites. Por ahí vivís para contarlo.
Lucía trató de pensar rápido para que no le ganara el pánico que se había apoderado de ella. No se le ocurría que hacer. Estaba a media cuadra, solo a media cuadra…
-¿Con que ésta es la nena de papá? Bastante linda había sido… Antes de que terminara la frase escuchó la bocina de un auto que se acercaba.
Lucía respiró esperanzada. El hombre vio acercarse el auto, la soltó empujándola bruscamente contra la pared y corrió hacía el alambrado que separaba la calle de las vía del tren perdiéndose en la oscuridad.
El auto de la bocina se detuvo.
A Lucía comenzaron a temblarle las piernas. Se sentó en la vereda pegando su espalda a la pared de una casa que conocía bien. Estaba a metros de la suya y había pasado por allí mil veces. Estaba mareada, tenía ganas de vomitar.
-¿Estás bien? Le dijo el hombre que bajó del auto
-Si –es lo que pudo decir ella.
-¿Te lastimó, te robó?
-No, no… todo fue muy rápido… yo…
-¿Dónde vivís?
-Ahí, en la casa de la esquina.

Ya en la casa, el oportuno auxiliador se identificó como policía. Antes de dejarla ir le pidió que relatara varias veces lo que había pasado y lo que el hombre le había estado diciendo. Ella le respondió cada vez, que le había dicho que era linda y nada más. Mariana la acompañó a su cuarto y se quedó con ella. Hubiera querido sermonearla por no hacerle caso pero obviamente no era el momento.
El policía se identificó ante Martín como Norberto Ortega, extendiéndole su placa y una tarjeta de visita. No era muy alto, tenía alrededor de cincuenta años, y uno de esos bigotes entrecanos estilo cepillo que a algunos viejos policías les gustaba usar.
-¿Qué hace un Federal acá en provincia? –le preguntó Martín.
-Vigilamos las estaciones de tren, que son jurisdicción federal ¿No nos vio allí?
-Si. El tipo que atacó a mi hija ¿Era un ladrón o un maniático?
-No lo sé. Casi no lo pude ver y su hija mucho no nos dijo.
-¿Cree que volverá?, es decir, ¿Mi hija está asegura?
-Miré, le puedo conseguir protección, por lo menos por un par de días, de la policía de la provincia.
-Podría ser. Pero igual mañana quiero hacer la denuncia. Usted va a venir conmigo ¿No es así?
-Eh… si. Sería lo correcto.
-Agradezco la casualidad de que usted pasara por allí en ese momento.
-Las casualidades no existen. Se ve que tenía que pasar por allí en ese preciso instante.
-Supongo que si.

Al otro día Martín le dijo a Mariana que no dejara a Lucía ir a la Facultad. Ella decía estar bien y no tenía miedo. Había escuchado casos terriblemente peores al suyo. Y la había sacado muy barata…
Luego de hacer la denuncia, que el policía de turno tomó en una máquina de escribir mecánica, con hojas y papel carbónico que Martín había llevado, volvió a su casa. Lamentablemente tendría que regresar por la tarde con Lucía para ratificar y completar la declaración.
El policía federal lo acompañó y aportó su parte a la denuncia.
-¿Cómo estás? –le preguntó Martín a su hija.
-Bien, aunque hubiera preferido ir a la facultad para olvidarme de esto.
-Solo por hoy chiquita, a la tarde tenemos que ir a la comisaría.
-Papá, tratando de acordarme bien de lo que pasó, el tipo ese de ayer dijo si yo era “la nena de papá” y además agregó de una manera rara ”bastante linda había sido”, refiriéndose a mi, como si me conociera de antes… o como si te conociera a vos.
Martín entendió pero no dijo nada. Aquello había sido un aviso para él… a través de su hija… Se puso pálido. El Remanso…
-Papá ¿Te pasa algo?
-Si, me preocupas vos. El sabía bien que eso no era del todo cierto.
Pero faltaba algo más todavía.
Mariana apareció por la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano derecha con cara de no entender demasiado –Es Carlos… -le dijo como preguntando muchas cosas, pero sin decir nada más.
-Ah… dijo Martín
-Hola Martín.
-Hola.
-Disculpame pero, no te encontré en tu estudio, quería decirte que en la empresa están preocupados porque aún no se cerró el acuerdo.
-Ya veo.

-Deberíamos firmar esos papeles cuanto antes y acabar con el asunto.
Martín, no tenía energías ni estaba con todas sus luces encendidas esa mañana y le respondió –Perdoname Carlos, no entiendo. En la reunión quedamos en que ustedes debían considerar el pedido de mi cliente y que luego hablaríamos. Creo que…
-Mirá Martín, no aceptan cambiar nada… firmen de una vez.
La frase sonó aún más categórica por su contexto que por el tono empleado.
Martín prefirió por el momento dilatar el asunto y le dijo –Dennos un poco de tiempo.
-Ya no hay mucho. Preferiría que todo se hiciera por las buenas….Vos me entendés, sin líos de Tribunales…
Para salir del paso dijo –Lo voy a hablar con la señora Giménez.
-Si. Por favor –las palabras sonaron como una velada y extraña súplica.
Tenía que pensar. Todo se había puesto aún más turbio, pero por eso mismo algunas cosas empezaban a cerrarle. Ayer una durísima advertencia y hoy una amenaza. Ya no tenía dudas de que lo de Lucía había sido eso, una advertencia. ¿Quiénes eran esos tipos?
Llamó por teléfono y habló con Eduardo que estaba al tanto de todo. Le pidió que viniera con lo que tenían del Remanso y que se trajera también a Ernesto.
Lucía no le había hablado a su padre de la cadena con la rosa de plata esmaltada, regalo de su tío Esteban, que había perdido mientras se escapaba del tipo aquel.
No sabía cómo se arrepentiría unos días más tarde por no habérselo contado.

domingo, 2 de diciembre de 2007

47. Balance callejero.

Casi a mediodía, caminaba por la calle Montevideo pensando en todo lo de esa mañana. Había leído el listado de precursores químicos que le preparó Ernesto y luego se comunicó con Ana, la amiga de Claudia Giménez que trabajaba en la contaduría de la empresa, con la que ya había conversado en otra oportunidad. Según le dijo, algunos de los componentes se compraban, otros se fabricaban allí, pero le aseguró que era normal lo que entraba y lo que salía respecto de la producción y le dejó entrever, sin decírselo abiertamente, que había sobrefacturación en lo que vendían. Martín tomó precauciones para que esa conversación no se realizara desde teléfonos que alguien pudiera conocer. La mujer era discreta. Le aseguró que no había forma de que ella no supiera si había algún cambio en los procesos de producción que siempre implicaban grandes gastos y que hasta el momento no se habían producido. Además ella le dijo que tenía gente de confianza en la planta, con lo cual había podido comprobar que lo visto en los papeles, tenía su correlato en la realidad. Desde ese punto de vista podía quedarse tranquilo pero… igual había algo en todo aquello cosas sin explicación y no se detendría hasta saber que diablos estaba pasando.
Ernesto estaba casi obsesionado con lo del Remanso. Le insistía especialmente en que le permitiera averiguar qué significaba el papel manuscrito con aquellos nombres y números. Pensaba que probablemente significaran algo que les ayudaría a entender a esa sociedad uruguaya. Le pedía que le permitiera hablar con el hombre de Montevideo. Él le había dicho que esperara. Además el tipo no era fácil de encontrar en los lugares habituales. Recordó que le habían revuelto la oficina y que estaba un poco asustado la última vez que habló con él.
En realidad, Ernesto era bastante intuitivo. Le haría caso y llamaría a aquel hombre.
Al pasar por la puerta de la Iglesia frente a la plaza, ya antes de llegar, vio el aglomeramiento de gente. A llegar se dio cuenta de que una mujer de unos sesenta años era abrazada por otra, que parecía querer consolarla. La cara cubierta de lágrimas. Al mirarla a los ojos lo sintió. Una extraña sensación, como si aquella mujer le hubiera traspasado parte de su dolor. En pocos segundos pudo vivir la sensación de soledad en el sufrimiento, de pérdida de sentido de la vida. Había perdido a su marido y no encontraba consuelo. Probablemente lo aceptaba y creía que aquel hombre estaría gozando de una vida mejor, la asistencia a aquella ceremonia así lo sugería, pero ¿Qué llenaría esa parte faltante de si misma? ¿Qué sería de ella, ahora que estaba sola? ¿Cómo podría vivir los días que le quedaban sin ese hombre que había amado tantos años?
En su interior, Martín también captó el peso de todo ello y trató de contener las lágrimas que intentaron brotar naturalmente.
No pudo dejar de sorprenderse, mientras bebía de esa tristeza que misteriosamente compartía con aquella pobre mujer. El dolor de aquella alma era único pero él misteriosamente también lo vivía.
Se dio cuenta que ese clase de sufrimiento no se remediaba fácilmente. Era el desamparo del momento lo que más pesaba, no se podían evitar, ni transferir.
Pero allí estaban ellos, dos perfectos desconocidos compartiendo una pena. Pensó en detenerse y saludar a modo de consuelo a aquella mujer. Podía hacerlo, pasar por un conocido más pero, no, no tenía sentido, no la conocía; ella podía pensar que se había topado con un loco o quizás un ladrón.
Pasó de largo pegado a la pared y esquivando a la gente. Su puño izquierdo, tenso, rozó el acabado símil piedra del paredón perimetral del templo y se raspó, en donde acaba el dedo meñique y comenzó a sangrar. Buscó de un bolsillo un pañuelo para limpiarse.
Caminaba por un lugar por el que habitualmente no pasaba, conteniendo lágrimas y tratando de limpiarse una lastimadura que no le dolía, a diferencia de todo lo otro que estaba experimentando.
La encrucijada por la que pasaba aquella pobre mujer, no era suya, pero podía comprenderla. Se puede compartir la alegría, un beso, un pedazo de pan… pero no esa clase de dolor.
Si bien había perdido a sus padres y recientemente a Esteban, el padre que nunca tuvo, había estado cerca de perder a quien más quería, a Mariana, en aquella época de su enfermedad. Pensó que no podía soportar siquiera la idea de no tenerla.
Martín nunca olvidó a aquella mujer y no sería la última vez que le pasarían cosas como esa.

El tiempo le había pasado volando y no se dio cuenta de la hora. Salió de la biblioteca de la Facultad de Derecho de la UBA a las ocho de la noche. Ernesto ese día no cursaba materias y tenía que irse a casa sin él. Fue a Retiro a tomar el tren. Su madre le había advertido de no hacer sola el trayecto que separaba la estación de su casa. Lucía pensó que por una vez que lo hiciera no pasaría nada. Bajó del tren y caminó por la arbolada y fría calle que la llevaba directo a su casa. Por si acaso, miró hacía todos lados sin ver a nadie. No había gente, solo algún esporádico auto. Antes de llegar a la segunda cuadra creyó escuchar un ruido, como una tos humana, pero luego pensó que podía haber sido un perro. A la cuadra siguiente sintió pasos y vio una sombra entre la hilera de árboles que bordeaban la vereda. Apuró el suyo. La persona que parecía seguirla y que se escondía hizo lo mismo. El corazón empezó a latirle más deprisa y le vinieron a la cabeza las recomendaciones de su madre.

Caminó más rápido, se dio cuenta de que si no corría, quien fuera el que la seguía, terminaría por alcanzarla. Cambió su mochila de hombro y ésta se engancho con la cadena de la rosa blanca que había recibido de su tío Esteban, la que en ese instante se cortó y cayó a la vereda. Aminoró el paso para recogerla pero al darse vuelta sintió el terror de ver a un hombre, a unos treinta metros, que sonreía en la semi penumbra, caminando hacia ella. Volvió a apurar el paso, solo le faltaban dos cuadras para llegar. Tenía que correr. ¿Por qué no le había hecho caso a su madre? Ya era tarde para acordarse de lo que debería haber hecho. Corrió, pero el hombre estaba detrás, no muy lejos. Trató de sacar las llaves del bolsillo. Respiraba entrecortadamente, no sabía si por el susto o la agitación de la corrida. Pensó en sus padres, en Ernesto…
Le faltaba una cuadra para llegar y por eso supo que nada de lo que hiciera podía evitar que aquel hombre la alcanzara.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

46. Entre copas.

El coche de la embajada llegó puntual, a las ocho y treinta de la noche.
Martín estaba listo desde hacía rato pero Mariana no terminaba de arreglarse.
-Si no te apuras te doy un beso y te estropeo el maquillaje –le dijo él con pretendido enojo.
Después agregó -estas hermosa. Ella se había hecho un peinado alto que dejaba al descubierto su cuello blanco y de piel tan suave.
-Ayudame con el broche -así lo hizo y aprovechó para besarle justo donde apoyaba el collar. Ella giró para besarlo pero se dio cuenta de que efectivamente tendría que pintarse otra vez y, entre risas, le dijo -vení que te arreglo la corbata.
El chofer que esperaba en la puerta del auto era Francisco, el custodio de Sonia.
-Pero qué sorpresa, le dijo con un saludo Martín.
-Yo me ofrecí. La señora tiene quien la cuide en este momento.
-Bueno, muchas gracias.
En el salón de la embajada había aproximadamente cuarenta personas. Inmediatamente el coronel Alberto Jaramillo de Andrade y Sonia su mujer, se acercaron a saludarlos, luego, dijo –vengan por favor, quiero presentarles al embajador.
-Después de las presentaciones de rigor, el embajador hizo el comentario obligado -Vaya que su esposa se parece a Sonia, Martín.
-Si, ya nos lo han dicho varias veces dijo ella –inmediatamente, Sonia llevó a Mariana a presentarle a la mujer del embajador y a otras personas que estaban allí.
La conversación derivó del agradecimiento por la acción de Martín a la situación de Colombia. El embajador siguió hablando con otros grupos.
El Coronel y Martín charlaban con el Cónsul. En ese momento, se incorporó al grupo un empresario, presidente de una fábrica mediana de productos químicos.
-Cómo le va –lo saludó el cónsul.
-Muy bien, hace tiempo que no nos veíamos.
-Si, la última vez hablamos de los químicos de su empresa en nuestro país….
-Mire, nosotros no vendemos precursores químicos a Colombia. Lo que hagan los compradores, es asunto de ellos –dijo seriamente el hombre.
-¿Sabía que han aumentado los ingresos de tambores con los químicos que usted fabrica a nuestro país? De contrabando, por supuesto.
-No, no lo sabía.
-Martín miraba y escuchaba todo en silencio pero con cierta tensión.
-¿Pero no sabe acaso que lo que usted vende a esas “compañías internacionales” termina es Colombia?
-Eso no es problema mío. En todo caso deberían controlar más sus fronteras…
-Claro es cierto- dijo el cónsul con ironía- usted no tiene porque saber que Haití tiene una casi inexistente industria química. Si lo supiera no vendería a esas “empresas” que después envían todo a Colombia triangulando los embarques.
-El negocio también pasa por la exportación, pero no puedo saber que hacen los que compran los productos.
-Claro, lo comprendo –dijo el hombre mirándolo fijamente a los ojos.
-Con permiso –dijo finalmente el empresario que comenzó a alejarse con su copa de Chanpagne.
-Tal vez alguna vez sus hijos consumirán drogas procesadas con sus propios productos químicos… -dijo el cónsul a Martín y al Coronel. Mientras se retiraba agregó: -estos empresarios solo ven una cosa...

-La verdad es que no entendí ese diálogo– le dijo Martín a Jaramillo de Andrade.
-¿Sabía usted que su país es uno de los principales productores de precursores químicos para el procesamiento de drogas de toda América latina?
Y continuó: algunos empresarios hacen sus ganancias sin saber lo que representan los billetes que reciben: vidas destrozadas por la droga, sangre, muerte. Es cierto que no son los únicos que intervienen, pero parte de responsabilidad tienen. Digamos, una responsabilidad, por lo menos de tipo social. Solo les pedimos que sean más cuidadosos.
-No lo sabía. Pero ¿Cuáles son esos químicos de los que habla?
-La lista es larga, pero los más conocidos son el ácido clorhídrico, el sulfúrico, la acetona, el amoníaco y muchos otros.
A martín se le cruzó una idea como si fuera un destello y preguntó ¿Podrían utilizarse productos que comúnmente se emplean en la fabricación de detergentes o jabones como precursores químicos?
-Si claro, que si -fue la demoledora respuesta del coronel.
Martín se quedó pensando en eso.
-¿Lo pregunta por algo en especial?
-Curiosidad –dijo sin mentir.
-Tratamos de impedir que esos productos lleguen a las manos equivocadas. Ustedes tienen un registro de precursores químicos creado por una ley, pero a veces cuando salen del país… nadie sabe como van a parar al nuestro o a Bolivia.
-Ya veo.
Hace poco en Colombia participé en un operativo en donde destruimos varias toneladas de esos productos en una localidad del centro este del país… Playa Rica… murieron varios camaradas atacados por sorpresa. Ellos tuvieron varias bajas también.
-¿Quienes son “ellos”?
-Las FARC que protegen a los narcos a cambio de dinero, drogas, armas o todo a la vez. Parece que allí murió un hijo de algún jefe y… bueno, me la han jurado. Por eso estamos aquí con Sonia. Me enviaron para alejarme de todo eso. Bueno, hasta ahora parece que lo lograron –dijo, como hablando para si mismo.
Mariana estaba pasando una buena noche, parecía llevarse bien con Sonia y quedó en que la acompañaría a un médico especialista en algo que Martín no entendió bien.
A eso de las once menos cuarto, los dos llegaron nuevamente a su casa en el auto de la embajada.

Otro coche, distinto al del día anterior, los había seguido e incluso tomado algunas fotos del auto y de Francisco. Les llamó la atención la patente diplomática.
Martín no veía la hora en que pasara aquella noche y hacer algunas averiguaciones sobre qué clase de productos se utilizaban en la fábrica de su cliente.
Durmió mal y se despertó varias veces. Terminó levantándose muy temprano.
Antes de salir para el estudio llamó a Ernesto y le encargó que averiguara respecto de esos “precursores químicos” pero además llamó a Claudia Giménez, tenía que volver a hablar con esa amiga suya que trabajaba en contaduría de la empresa para tratar de cerciorarse de algunas cosas.
Temía estar comportándose como un paranoico pero todo el tema del Remanso le estaba preocupando bastante.

domingo, 25 de noviembre de 2007

45. Paloma o halcón.

Antes de salir, Mariana le había recordado que al día siguiente el militar colombiano y su mujer los habían invitado a un cocktail en la embajada de Colombia, como agradecimiento por lo que Martín había hecho por ellos. Les enviarían un auto con chofer para buscarlos.
En el estudio, Ernesto se había tomado muy en serio el tema del Remanso y estudiaba cada dato, cada documento y hacía todo tipo de suposiciones. Le intrigaba especialmente aquel papel manuscrito con nombres y números. Martín le explicó cómo lo había obtenido pero le dijo que no sabía nada más. Entre esas planillas llenas de cláusulas aburridísimas, aquel papel, llamaba la atención por ser manuscrito y por esos nombres. La letra era bastante rudimentaria y parecía estar escrita a los apurones. Los números parecían la combinación de una caja de seguridad: 35, 40 y 25. Faltarían los “a la derecha” y “a la izquierda”. Quizás había visto demasiadas películas de ladrones de cajas fuertes. Esos números quedaron dando vueltas en su cabeza.
Martín confirmó con Claudia Giménez que lo que había hecho le parecía correcto. Ambos sabían que la empresa sería fácil de vender si no llegaban a un acuerdo con aquella gente. Pero no estaba tranquilo, esperaba una movida de ellos en breve. Aunque tal vez aceptaran lo que se les había propuesto, tenía la corazonada de que no sería así.
A la tarde vio a Víctor.
Lo encontró más cansado, apoyado en su bastón.
¿Martín te importaría que salgamos a tomar un poco de aire? Acá nomás a la plaza.
-No hay problema. Caminaron despacio y se sentaron en un banco cerca de la calesita, ya casi llegando a Las Heras. No hacía frío, el sol había salido luego de la lluvia del día anterior.
-Bueno, cómo anda esa vida.

-Lo de ayer fue curioso. Pensaba que iba a pasar nervios, que me iba a equivocar y que Carlos me iba a pasar por encima. Pero no fue así. Mantuve mi plan inicial, dominé la situación y al final… creo que él sintió algo así como una derrota. Le debe haber costado bastante viniendo de mi…
-Tal vez el tenga una imagen de vos distinta a la que crees.
-Puede ser… No lo había pensado.
-Ibas a enfrentarte a un fantasma, a recuerdos mal digeridos, miedos… pero que en definitiva no tenían una dimensión real. ¿Te acordás de lo que hablamos sobre el pasado, el presente y el futuro? Esto es igual, en el presente él es como es, sin la mayoría de esas características que vos le adjudicás.
Las palomas de la plaza comían lo que les ofrecía un chiquito a quien sostenía una mujer. Les daba de a uno, unos granos de maíz pero las palomas le revoloteaban cerca de la cara y terminó dándoles todo el puñado por miedo a que lo lastimaran. Las demás se acercaron a comer lo que había caído al suelo.
-¿El monstruo lo fabriqué yo, quiere decir?
-Algo así. Pensá qué cosas, de las que temías, realmente se presentaron ayer. ¿Bastante pocas verdad?
Si… Lo peor es que después de haber disfrutado de eso, me sentí mal. Es como si el tipo real, es decir, el que estaba ahí, me hubiera dado lástima. Como si hubiera caído en su propia trampa.
-¿Compasión?
Uh, no sé si tanto.
-Bueno, tal vez alguna vez llegues a comprender porqué él era, es, así.
-Lo voy a seguir viendo, me parece que varias veces más.
-No creo que te comportes de una manera distinta a la que lo has hecho. Ya sabés cómo pueden ser sus reacciones o comportamientos.
-Todavía le desconfío.
-Es natural. Te ayuda a estar alerta y a preparar mejor el trabajo que tiene que ver con él. Esos sentimientos y sensaciones pueden ser utilizados con provecho.
Mirá ese chiquito de ahí enfrente. Pensaba que las palomas eran aves sin capacidad de hacerle daño pero aprendió por experiencia que podían tal vez lastimarlo. Después cambió su forma de ver a esos pájaros. Mirá como estira el brazo todo lo que puede para que no pasen cerca de su cara. Aprendió de una experiencia, si se quiere negativa, y puso un medio para arreglarlo. Algo así estás haciendo vos.

-La paloma, en este caso puede ser un halcón.
-Pero vos ya estás advertido y podes manejar la situación de tu imaginación para no darle entidad a esos pensamientos que te perturbaban. Lo redujiste a su estado normal ¡Un ser humano!
Ambos rieron.
Y Víctor agregó. Además nada ni nadie tiene que hacer que la confianza que tenés en vos mismo flaquée. Sos lo que recibiste y lo que escogiste ser. Creo, que has elegido bien. Nuestras elecciones están condicionadas y vos elegiste lo mejor que pudiste. Tenés todo los elementos necesarios para ser feliz, pero todo depende de lo que elijas, independientemente de lo que hagan los demás respecto a vos. Esa libertad no te la puede quitar nadie. Allí se libran esas pequeñas, o a veces grandes batallas que vivimos todos los días.
-Es cuestión de entrenamiento…
-Si, lo podríamos llamar así.
-Los últimos tiempos fueron mejores… Mariana me ayudó.
-Porque vos te dejaste ayudar y además buscaste ayuda cuando lo necesitaste.
-Aconsejado por los amigos.
-Y ahí nuevamente te dejaste ayudar y me viniste a ver. Son tus decisiones las que hacen tu vida, a pesar de todo Martín.
-Es verdad. Se hizo un silencio. El sol brillaba entre los árboles de la plaza. Los chicos jugaban.
-Pero bueno, esto es el final.
-¿De qué?
-Que ahora no me necesitás.
-Usted quiere decir que estoy curado o algo así.
-¿Pero quién te dijo que estabas enfermo? Tal vez confundido y triste, si. Las crisis de tu edad son difíciles a veces pero vos la estás manejando bien ahora y fijate cuántas decisiones acertadas has tomado.
-O sea que no necesito más ayuda...
-Siempre vamos a necesitar ayuda, hay que estar atentos para darnos cuenta cuándo nosotros o alguien cercano la requiere.
-Ya veo.
-Bueno, si querés acompañar a este viejo a tomar un poco de aire de vez en cuando te lo voy a agradecer.
-Tiene mi palabra.
Los dos caminaron por la plaza lentamente, como si el tiempo no existiera.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

44. Aguas Turbulentas.

Entró a la sala de reuniones de la fábrica, allí estaban el cuñado de Claudia Giménez, el contador, Carlos, un hombre que no conocía y al que curiosamente nadie le presentó, además de una secretaría.
El único que se levantó para saludarlo fue Carlos que le dio la mano. Elegante como siempre, tenía un traje gris impecable, una camisa blanca y una corbata bordó. Lo miró con esa sonrisa que nunca supo si era real o falsa.
Enfrente de cada lugar ocupado, había un vaso con agua y en el centro de la espaciosa mesa, una moderna jarra para que cada uno se sirviera más, si así lo quería.
-Nos reunimos hoy para tratar el tema de la proposición de la Sra. Giménez respecto a algunas objeciones que plantea respecto al modo de concretar la operación de venta de su parte de las acciones –especificó el contador.
-La posición de mi cliente es la necesidad de efectuar un cambio en la forma de pago. Desearía que en lugar de efectivo se hiciera una transferencia electrónica a una cuenta determinada en un banco en Nueva York –agregó Martín.
-Bueno, pensamos que las condiciones que se habían expresado eran claras. No vemos motivo para que deban cambiarse –añadió el contador.
-Desearía hacer una observación. Las condiciones no son impuestas por una sola de las partes. Esto es un acuerdo entre dos partes y mi cliente tiene necesidad de que esto sea realizado tal como expliqué.
- ¡Tenemos motivos… un cronograma que cumplir y esto sería un inconveniente que nos retrasaría! –dijo el contador levantando levemente la voz.
-Mi cliente tiene sobrados motivos para cambiar las condiciones en las que se realizará la venta, que como pueden ver, no implican nada extraordinario –dijo Martín bajando la voz y pausando cada palabra, dándole un tono absolutamente artificial a toda la frase.
¡Por qué Claudia es tan testaruda! – dijo el cuñado de la Sra. Giménez. Nadie le respondió. El contenido del vaso frente a Martín había empezado a oscilar. El nerciosismo se hacía sentir.
Martín lo miró, pero no dijo nada. Ya le había dicho su cliente qué clase de persona era el cuñado.
El contador dijo –Mire, esto nos toma por sorpresa y nos sería dificultoso efectuar modificaciones al respecto.
-Si ustedes no pueden resolver algo tan sencillo como eso, creo que podemos tomarnos, ambos, un tiempo más para pensar en cómo resolverlo ¿No les parece? Martín empezó a ordenar sus papeles como amagando retirarse de la reunión. La secretaria miraba nerviosa hacía los lados de la mesa.
-Martín –dijo Carlos- creo que no va a ser necesario que terminemos esto aquí. Para compensar a la Sra. Giménez por sus “molestias”, la Sociedad está dispuesta a resarcirla con un generoso porcentaje extra al realizar la operación.
Lo de agregar más dinero era una locura. Martín notó que era más que evidente que había tocado un punto sensible para ellos. Pero se veía que los dñolares no eran problema.
-Señores, pareciera que no han entendido que el problema de la Sra. Giménez no es de tipo económico, sino de otra naturaleza. Les repito que no se les está pidiendo nada inusual en una operación de estas características.
-Le recuerdo abogado que tenemos un preacuerdo, dijo Carlos.
-Si, un preacuerdo escrito que puede dejarse sin efecto por cualquiera de las partes si así lo vieran justo. Me parece que lo que propone mi cliente es justo, así que –Martín deliberadamente resaltó la frase- todo podría suspenderse hasta que todo se arregle o… definitivamente.
El agua se movía más dentro del vaso, llegando casi hasta los bordes.
-¿Me parece que ya es tarde para que nos echemos atrás verdad? –dijo Carlos seriamente.
-No veo porqué –respondió lacónicamente Martín.
Y siguió –Señores, creo que por lo que se ve, esto por ahora no está llegando a buen puerto. Deberían buscar la manera de poder acceder a lo propuesto. Mientras tanto creo que, por lo menos para mí, esta reunión ha terminado.
-El hombre que no le habían presentado golpeó la mesa con su puño derecho mientras miraba con los ojos fijos a la pared opuesta. Eso hizo que se derramara no solo el agua del vaso de Martín, sino la de todos los vasos que había sobre la mesa y que nadie había tomado.
Martín fingió no notar aquel episodio. Recogió sus papeles por segunda vez, los guardó en su carpeta y luego de saludar, bajó las escaleras hasta el estacionamiento de la fábrica.

Cuando se disponía a abrir la puerta de su coche, escuchó que alguien lo llamaba desde atrás.
Era Carlos –Martín, quiero que sepas que esta operación es importante para mi y…
-No Carlos, esto no es una cuestión personal, es un tema estrictamente profesional. Vos arregla las cosas con tus clientes, yo se lo que tengo que hacer por mi parte. No mezclemos las cosas, dejemos de lado lo personal –en realidad eso no era totalmente posible en su caso.
-Te recuerdo, -le dijo Carlos taimadamente- que en caso de que insistan con su postura podríamos ampliar el capital accionario y dejar a tu cliente en una posición absolutamente desventajosa. El precio de sus acciones bajaría mucho. Yo que vos lo pensaría…
Martín estaba preparado para aquello y le respondió –Si, pero ¿Eso tardaría mucho verdad? Me parece que tus clientes no tienen mucho tiempo para perder ¿O me equivoco? Además creo que tendrías que releer de nuevo los estatutos, porque, como seguramente lo recordarás, allí se indica que para la venta de acciones de alguna de las partes hace falta el consentimiento expreso de los otros accionistas y para la que hizo el cuñado de la Sra. Giménez al Remanso, no vi nada escrito ¿O sí? Además, vos sabés que esto puede llevar mucho tiempo en tribunales, un año, quizás tres…

La cara de Carlos palideció. Una gota de sudor corría casi imperceptiblemente por su sien derecha. Parecía que lo hubiesen golpeado. La sonrisa de aviso de crema dental había desaparecido.
-Bueno, ahora tengo que irme. Cualquier cosa me avisas.
Martín manejaba por la Panamericana y no pudo dejar de sentir satisfacción por cómo había salido aquello. Sabía que la situación se pondría difícil y que no terminaría allí.
Al entrar en su garaje, otro coche que estaba estacionado enfrente, abrió unos centímetros la ventanilla para arrojar una colilla de cigarrillo. Finalmente arrancó y se fue. Había estado allí todo el día desde antes de que Martín saliera, vigilando la casa.
Estaba por llover, pero Martín no pudo ver la tormenta que se acercaba por el horizonte y que caería indefectiblemente sobre su hogar.

domingo, 18 de noviembre de 2007

43. La antesala.

Si bien no alcanzó a perder el conocimiento, su cabeza golpeó al caer, pero la amortiguación de su hombro derecho, hizo que su frente no diera secamente contra el suelo. Esos pocos segundos perdieron dimensión real.

Al tratar de sentarse, vio la calle con una brillantez y vivacidad que asoció con la expresión ver las estrellas. Sentía dolor en el brazo izquierdo, pero lentamente comenzó a moverlo, sin que pareciera que aquel golpe de la motocicleta hubiera sido algo serio. Mientras trataba de incorporarse de a poco cerca del borde de la vereda, una voz femenina le habló.
-¿Está bien Martín? ¿Se lastimó? -era Dalma, la mujer del barco.
En su estado de aturdimiento inicial, no lograba relacionar aquella cara y esos bucles colorados con el lugar en donde se encontraba. El motociclista había desaparecido y no había más que tres personas a su lado, contando a la mujer. A esa hora de la tarde, la calle estaba casi vacía para los parámetros que conocía.
Al erguirse, vio sus papeles desparramados por el piso. Intentó recogerlos, pero la mujer le dijo –usted tómese las cosas con calma- yo recojo eso. Los hombres la ayudaron y en un momento sus papeles habían vuelto a la carpeta de cartulina.
-Me parece que debería ir a un hospital para que lo revisen…
-No, no hace falta. Creo que me distraje cruzando y ese motociclista no me vio… Por cierto, se fue y no paró…
-Ay, que cosa –la mujer miró hacia uno y otro lado. No había rastros del vehículo por ninguna parte.
Dalma le volvió a preguntar -¿Está bien?- parecía tener una real preocupación.
-Si, un poco aturdido pero nada más. Se tocó el brazo que todavía le molestaba un poco y sacudiéndose el polvo que le había quedado en la parte baja de su saco, le dijo –Pero qué casualidad, usted por aquí.
-¿Se acuerda que le dije que trabajaba cerca? La oficina de la empresa japonesa para la que trabajo esta ahí a la vuelta. Pero no creo en las casualidades, era necesario que estuviera aquí para ayudarlo.
-Si, puede ser. Dicen que las casualidades no existen.
-¿Quiere que lo acompañe a un hospital o a su hotel?
-No ya estoy bien. Muchas gracias.
-bueno, pero camino con usted unas cuadras, aunque sea para quedarme tranquila.
-Bueno, como quiera -le dijo él con una sonrisa. Tardaron pocos minutos en llegar.
-Bueno, ahora si, por lo menos llegó bien. Le agradeció otra vez y ella se despidió. Le notó algo extraño en la mirada… No sabía nada de aquella mujer, solo lo que le había dicho.
Al llegar a la habitación se quitó el saco, y se lavó la cara.
El brazo no le dolía pero sí la cabeza. Buscó entre sus cosas un analgésico. Se dio cuenta de que no había comido nada.
Mientras miraba los papeles que tenía, se quedó dormido.
¡Mire por donde cruza! -se despertó sobresaltado. Era lo que le había gritado el motociclista que lo llevó por delante. Muy curioso, pero el sueño le recordó esa cara y lo que le había dicho. Se dio una ducha y bajó a comer algo.
La verdad es que no tenía sentido quedarse hasta el otro día y si llamaba, tal vez podía reservar pasaje para volver en el último barco del día a Buenos Aires. Llamó por teléfono y lo consiguió.
Llegó a su casa a las once y media de la noche. Mariana lo esperaba con algo para comer.
Le contó brevemente lo de Montevideo y el pequeño accidente. Se durmió rápido. Ella lo arropó y le dio un beso en la frente antes de dormirse también.
Al otro día en la oficina, revisando los papeles que había traído, vio aquella media hoja de cuaderno manuscrito con los nombres de tres personas y unos números al lado de cada uno. Memorizó los nombres, pero no puso demasiada atención a esos números y terminó poniéndolo, junto con los demás documentos que había traído de Montevideo.
Allí estaba él preparando esa reunión en donde debería defender el interés de su cliente, tratando además de entender a los compradores. O por lo menos quiénes eran. ¿Acaso debería importarle eso? No lo sabía bien.
Allí, en su despacho, se sentía como en la antesala de un tribunal en donde sería juzgado y puesto a prueba. Tenía que encontrarse con el abogado de la contraparte. La presencia intimidante de Carlos objetivamente no podría perjudicarlo a él o a su cliente. Era uno de esos fantasmas del pasado que debía enfrentar, como si aquello fuera una necesidad vital.
La última vez que se habían visto, aquella olvidable noche en la que Lucía había llevado a su casa a Ernesto para presentárselo, se lo cruzó cuando salía a comprar unas botellas de vino, mientras Carlos manejaba ese llamativo Porsche. Habían cruzado dos palabras pero nada más.
Era la carga subjetiva del personaje la que le molestaba. Sabía que no debía dejarse llevar por esa visión pero era difícil hacerlo.
No le había querido contar nada a Mariana de lo que la aparición de Carlos significaba, pero sin ánimo de ocultárselo. Había aprendido dolorosamente que debía compartir más las cosas con ella. La otra forma casi había destruido la relación de ambos. Además ella le había demostrado que mientras más el se abría, ella mejor lo ayudaba. Pero en este caso presentía que el camino debía recorrerlo solo.
¿Era el miedo a darse cuenta de que tal vez no era tan buen abogado como Carlos? No, no era eso.
De todas maneras le parecía que estudiando bien el caso podría sortear con cierto éxito la situación, cualquiera que fuera.
Si ellos no aceptaban cambiar la forma y el lugar de pago del precio de las acciones, tenía algo que podría usar, como ya le había adelantado a su cliente.
El teléfono sonó, era Eduardo –Gordo quiero que escuches al tipo de Uruguay, está en la línea, te lo paso.
-Ah… si hola. Le hablo rápido porque estoy en un teléfono prestado. Anoche entró gente a mi oficina y me la dieron vuelta. Revisaron absolutamente todos los cajones y estanterías. No se lo que buscaban.
-¿Usted está bien?
-Si. Tenía miedo de que hicieran lo mismo en mi casa, por eso llevé a mi mujer a lo de su madre. Que revisen lo que quieran. Jamás llevo trabajo a mi casa. No voy a avisar a la Policía, me harían demasiadas preguntas… No sé lo que buscaban. La verdad es que esa sociedad de la que usted me pidió datos es la más rara de todas… bueno, las otras no son demasiado transparentes… pero esa es especial. Ya sabe… mis contactos, lo que le dije… No sé si tiene algo que ver con usted pero me pareció que le tenía que avisar.
-Por favor, cualquier cosa, vuelva a llamar. Gracias por comunicarse.
Martín cortó. Algo podía no andar del todo bien.